miércoles, 3 de octubre de 2012

Mujer a leguas.

El frío anuda su garganta,
su sollozo le martilla el pecho,
sus lágrimas recogen tristeza,
esa niña sufre lento.

No tiene algo que comer,
el amor no es suficiente,
desesperanza fortuita
que retumba en el corazón,
la niña llora.

No hubo remedio de eso,
creció con carencia,
nadie pudo amarla,
linda criatura indefensa,
es débil ante el mundo.

Siempre será una niña
llorando por dentro,
esa mujer a leguas se nota
que su niña sigue llorando. 

martes, 2 de octubre de 2012


Todos dicen que tienes que esconder tu amor.
Ahora ella ya no quiere ocultarlo, se ha dado cuenta que quiere revelarlo.
Le expuso todo su sentir, a él no le importo ni lo mas mínimo, sólo buscaba una distracción, y ella sería la suya… Eso es algo que ella nunca hubiese querido, ser el amor oculto de alguien.

La han obligado a esconderse detrás de diferentes mascaras, la han forzado a agachar la mirada ante la gente. Ya no quiere esconderlo, pero la han callado con una bofetada. Ha sido horriblemente ridiculizada.

Perdió esa esencia única, que la hacía ser ella, “la chica” ahora sólo es una niña asustada.
Han logrado que ella se esconda esta noche, creyendo que pronto pasará este mal momento. Su música triste no la ha ayudado mucho, lo sigue recordando, y ya no se ocultara sólo esta noche, se esconderá por muchas más. Se ha perdido en el vacío.

Han pasado días desde aquel encuentro, se ha quedado sola otra vez.


Por Arai G.

lunes, 1 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (I).


I

Cuando Ernesto Serrano se despertó en la madrugada, escuchó por la ventana el crujir intermitente de un montón de ramas. El chirrido se propagó como ventisca sonora por toda la calle, y aquel ruido estridente se repitió  de vez en vez entre el cántico difuso de los grillos en la penumbra y el maullido aislado de un gato en el tejado. Ernesto se levantó de la cama sorprendido, atribulado por el extraño retintín que retumbaba en el exterior. Miró por la ventana con los ojos entreabiertos que se deslizaban entre el mundo de la realidad y la intempestiva soñolencia, el soplar silencioso del viento. Se talló los ojos hasta conseguir la nitidez necesaria para vislumbrar el desgastado poste del alumbrado público que reposaba en la otra esquina de su calle, y no vio nada. Ni una solitaria alma transitaba entre las casas de ladrillo cocido y verjas de metal, cubiertas de celosía y secretos de familias olvidadas. Las nubes cubrían el cielo negro, grisáceo, mojado. Y la sensación de peligro inminente comenzó a llenar a Ernesto desde el centro de sus emociones hasta sus extremidades con una desazón incierta y turbia.

            Salió de su cuarto y se dirigió a la cocina entre el tic toc del reloj que repiqueteaba sin cesar, y la resonancia del refrigerador que zumbaba constante en las tinieblas. Sacó un vaso de vidrio cristalino de una repisa donde guardaba sus galletas favoritas, y se sirvió con presteza un líquido chorreante y espumoso. Lo bebió apresurado hasta casi ahogarse, y cuando terminó, repitió la acción hasta que la saciedad abrazara por completo su acongojado cuerpo. La repetición del acto lucía atemorizante. Ernesto Serrano no dejó de beber el líquido espumoso sino hasta que el recipiente se vació por completo. Un miedo, un presentimiento terrible se apoderó de él.

            De repente,  como una premonición, el crujir de las ramas regresó a sus oídos. Se asomó corriendo de nuevo a la ventana: no vio nada, no oyó nada, por segunda vez consecutiva. Su esposa despertó extrañada. “Qué te pasa Neto. Por qué no puedes dormir”, preguntó consternada. La impresión de escuchar la voz de su esposa lo hizo dar un pequeño salto en su lugar. La existencia de otra voz humana en la misma habitación lo exaltó de forma incomprensible. “Qué no escuchas las ramas”, respondió después de varios segundos. Su esposa se quedó pasmada con la interrogante. Él interpretó su silencio. “Anda Gabriela, vuelve a dormir. Voy a la tienda por más leche”, dijo  Ernesto con voz cortante mientras escuchaba maravillado, el rechinido latente de un montón de plantas en la ventana.

Alan Santos.

domingo, 30 de septiembre de 2012

"Lluvia" de Juan Gelman

Lluvia

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él

y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/                                 (Buenos Aires, 1930)
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

Soneto XXXIII

I
Que no hay verdades absolutas dicen
Quienes entienden de conocimiento
Y hasta dicen, con atrevimiento
Que tampoco hay hombres que las prioricen

II
Epistemólogos ¡Banderas Hizen!

Y orgullosos véanlas ondear al viento
Gritando al mundo su descubrimiento:
Que no hay verdades que se profundicen

III
Y así, confiados, no se darán cuenta
Que la niña que amo los afrenta
Con solo la hermosura que derrama

IV
Porque el amor que siento hacia mi dama
Tan grande es, que su teoría refuta:
Que la quiero, es verdad absoluta




Por Esteban Jiménez.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Lluvia


Hoy llueve mucho, mucho, 
y pareciera que están lavando el mundo 
mi vecino de al lado mira la lluvia 
y piensa escribir una carta de amor/ 
una carta a la mujer que vive con él 
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él 
y se parece a su sombra/ 
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la 
mujer/ 
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/ 
por una puerta se entra a muchos sitios/ 
al trabajo, al cuartel, a la cárcel, 
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/ 
ni a una mujer/ni al alma/ 
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/ 
como hoy/que llueve mucho/ 
y me cuesta escribir la palabra amor/ 
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/ 
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/ 
y cuándo/y cómo/ 
pero el alma qué puede explicar/ 
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/ 
palabras que naufragan/ 
palabras que no saben que hay sol porque nacen y 
mueren la misma noche en que amó/ 
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca 
escribirá/ 
como el silencio que hay entre dos rosas/ 
o como yo/que escribo palabras para volver 
a mi vecino que mira la lluvia/ 
a la lluvia/ 
a mi corazón desterrado/

Por Juan Gelman (1930).

viernes, 28 de septiembre de 2012

Soneto XXI

I
Como mil flechas salen de mi boca
Dulces palabras hacia tus oídos
Que escuchan apenados esta loca
Confesión de mis amores prohibidos

II
Con la fuerza del cielo mi alma toca

Degusta y estremece tus sentidos
Y en tus mejillas un cambio provoca
De tonos albos a rojos encendidos

III
¡Ay Divina! La sangre tan bendita
Que tus mejillas colorea suave
Mejor debiera correr infinita

IV
Ágil, libre, cuanta en tus venas cabe
Para dar aún mas vida a tan bonita
Hija de Amor y de alegría llave

Por Esteban Jiménez.