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lunes, 7 de enero de 2013

Bianca y el portafolio misterioso.


Bianca es tan hermosa a la luz de la noche. Su deslumbrante y resplandeciente figura resalta en el suburbano horizonte. El contorno de su figura es de un color blanco como la leche espumosa, y sus ojos almendrados color turquesa son inimitables en el mundo terrenal.

Siempre carga ese misterioso e insólito portafolio negro, tan viejo como la vida misma, tan maltratado como el mundo que nos rodea. Así es aquel maletín extraño de bordes plateados y estropeados que suele formar parte de ella como una extensión de su cuerpo. Su esbelto trasero, sus magníficos senos, su delgada cintura y sus inmejorables labios carmesí, crean junto al portafolio un ser que no puede ser separado; que funciona como un todo, como un reloj suizo en sincronía perfecta. Al caminar y al mostrar su excelente porte de suntuosa dama convierte su organismo en la maquinaria impecable de seducción.

La noche se adueña de Villa Cruz y los gatos pardos y callejeros salen de sus escondites para maullar sus canciones sonámbulas a la luna. No hay ni una sola señal de vida humana en la calle. El silencio de la noche es abrumador y extenuante. Únicamente es posible apreciar los ligeros susurros del viento nocturno y a los diminutos grillos, eternos barítonos de la penumbra. Ellos son los afortunados seres irracionales que contemplan a Bianca en toda su magnificencia, en el cenit de su esplendor.

Pero… ¿Qué hace tan bella chica a tan altas horas de la noche? Ella observa el cielo. Contempla las pocas estrellas en el cielo desierto. Las aprecia con la mirada y juega con ellas transformándolas en su mente, retozando con las figuras y formas. Aquel corazón apenas palpita, con dificultad se contrae una y otra vez. Su color es pálido y desabrido: es blanca como la harina. Si no fuera por su débil respiración que apenas se aprecia asimilándose a pequeños susurros de mosquito que sólo los caninos de gran oído pueden captar, la confundirían con un cadáver. Con un hermoso cadáver.  
 
Su cándida mirada se pierde en el cielo, en el manto negro de la noche que la rodea. Es el eterno observador de lo que sucede en la tierra. De lo que hacen las criaturas y los hombres. Al final ella reacciona, se mueve, despierta como de un largo sueño sin sentido y decide utilizar sus extremidades para moverse a un compás de musa por la calle que la llama. Que le dice: «Bianca ven. Continúa tu interminable periplo. No te detengas más, no aguardes nada. Sólo sigue el camino que tienes predestinado. Espera. Detente. No olvides el portafolio. No olvides tu alma. Recuerda que aun tienes cosas que hacer. Tu limbo espera, te habla, no pretendas ignorarlo porque de él no puedes huir. No puedes escapar como un mortal no puede engañar a la muerte».
 
Alan Santos.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Sánchez, sus discursos públicos.


Al señor Sánchez, presidente de la república, dictador omnipresente del pueblo, le fascina dar discursos públicos sobre las acciones de gobierno, los valores inherentes del Estado y sobre el camino que se ha trazado en torno al progreso y al desarrollo de la nación. Su residencia, imponente palacio de grandes ventanales bordeados por cortinas de seda cuyas orillas puntiagudas y suaves relucían líneas delgadas de oro;  y las habitaciones, muebles de terciopelo importados de alguna ciudad templada del mediterráneo, probablemente de Francia  o de España, con vajillas de plata y demás utensilios domésticos de porcelana, demostraban la clase privilegiada y ostentosa de la que el señor presidente era el principal líder. La servidumbre se paseaba por el palacio con gracia y delicadeza: si su presencia era requerida se oía una campana resonando en algún cuarto oscuro, y las muchachas y hombres al servicio de la familia presidencial, se deslizaban con pies de siervos como si estuviesen en la pradera, hasta satisfacer las necesidades portentosas de las y los señores pertenecientes a la estirpe del jefe del ejercito y cabeza del ejecutivo.

            “Señoras y señores, hombres de buena voluntad pertenecientes a esta gran nación americana”, dijo el señor Sánchez al hablar desde su balcón y admirar a la multitud enardecida que gritaba desde abajo, “es para mi un honor dirigirme a ustedes como presidente de la republica, como líder del ejecutivo, haciendo honor a mis antecesores, los cuales velaron por el interés del pueblo y por salvaguardar las instituciones públicas de nuestro país, que como cabeza de este país noble y soberano, reconozco desde siempre mi obligación moral de velar por los intereses de todos los ciudadanos, por generar los empleos necesarios para todos, por garantizar la educación…”. Mientras hablaba por el micrófono del balcón, la gente desde el otro lado, desde la gran plaza de origen colonial y majestuosidad barroca escuchaba atenta las palabras del presidente. Los sonidos que emanaban de su boca de forma articulada, sus gestos de hombre decidido, sus movimientos corporales con vaivén estruendoso, se mostraban contundentes y certeros al hablar del rumbo que su patria habría de seguir. ¿O no? ¿Por qué habría de mentirle el señor Presidente al pueblo? ¿Por qué no habría de hacerlo? Hablaba de salvaguardar el interés del pueblo ¿Era verdad? ¿O era un truco, una estratagema vacía, uno de los muchos discursos sin sentido que el señor Sánchez ha dado y que no han pretendido mostrar la realidad social? Corrupción, desconfianza en las instituciones, nepotismo, empleomanía ¿No son también males que se deben erradicar?  

            Los cuestionamientos fluían como una lluvia torrencial sobre las cabezas de los disidentes del régimen, que escuchaban impotentes el discurso presidencial desde sus establecimientos públicos, hogares, o desde las calles mientras portaban sus audífonos de marcas internacionales y reconocidas, en el tráfico capitalino que se extiende por corredores y corredores interminables donde el sol quemaba y hacía sudar las carnes de la multitud que coreaba el nombre del señor Sánchez en la plaza. Sin embargo, como respaldo de aquél discurso vehemente, de los vocablos expresados con parsimonia, el régimen vivía momentos interesantes: la economía comenzaba a crecer de forma clara, las condiciones de vida de muchas familias parecían mejorar y las barrigas de los niños que corrían descalzos por los campos de cultivo devastados y olvidados parecían llenarse. ¿Era la estabilidad económica y el desarrollo más importante que la libertad y la democracia? La genta decía que sí sin decirlo, gritando bajo las campanas de la catedral, muy cerca del palacio legislativo, el nombre del hombre que los había llevado al progreso.

Y con un apabullante: “Y agradezco al pueblo de este gran país americano, haberme escogido como su representante, como aquél encargado de hacer valer las leyes y las normas que mantienen la seguridad de todos los ciudadanos. Que viva nuestro país, que vivan sus habitantes, que vivan las instituciones. Muchas gracias pueblo soberano, por escuchar mis palabras”, el presidente se consagraba una vez más y la gente lo apoyaba con chiflidos al ondear sus banderas de colores brillantes. Las señoras gigantescas gritaban como locas y sus voces hacían un eco sobrenatural que retumbaba entre las ramblas, y los hombres bebían y fumaban, guardándose para sí alientos y proclamaciones para el presidente: “este es el bueno” susurraban; y los niños de grandes labios y cachetes rosados correteaban por la plaza sin comprender nada, desentendiéndose por completo de la política y sus actores, porque era más divertido, mucho más entretenido soñar e imaginar. Vivir en mundos alternos, llenos de piratas y tesoros, de vaqueros y caballeros, todo menos que en la realidad. Alejarse de esa lastimera existencia repleta de discursos y palabrerías del hombre que controlaba todo lo que se llegue a encontrar dentro de los límites de aquél Estado dictatorial sin nombre,  de aquél rincón del mundo que se escondía sutilmente entre recónditas selvas y misteriosos arrecifes.

Alan Santos.

martes, 20 de noviembre de 2012

Encuentro inesperado.


Un señor de ásperas canas y mirada cansada caminó por las calles del centro de su ciudad sin preocupación, silbando  con soltura una canción popular de su tierra árida y canicular. Al vislumbrar la esquina de una calle y seguirse de largo, olvidó, como un infante descuidado, mirar hacia ambos lados antes de cruzarla. Un automóvil rojo y deslumbrante, con un conductor distraído que acababa de salir huyendo de su casa por un pleito épico con su mujer, se agachó por un instante para prender un cigarrillo sin filtro, y arrolló al señor con embestida brutal. El cuerpo de aquél hombre voló por los cielos hasta caer, atraído por la fuerza que ejerce la tierra sobre los objetos, contra la acera grisácea de la calle. Un tumulto de curiosos se acercó espantado al  automóvil asesino por el espectáculo acontecido, sin embargo el señor, que yacía tirado en el suelo, abrió los ojos y al contemplar a toda la gente a su alrededor emitió un gemido y se levantó sorprendido sin rasguño alguno. Los demás seres curiosos lo admiraron asombrados.

            El señor de ásperas canas recogió sus lentes con movimientos sutiles, y al colocarlos en sus ojos, admiró a detalle la figura siniestra de la muerte que lo señalaba con el dedo. “Te he dejado escoger esta ocasión”, dijo la muerte, “de ti depende, quieres seguir viviendo o te llevo conmigo para que le hagas compañía a tus padres”, concluyó con rauda voz. “Quiero seguir viviendo”, dijo el hombre canoso, “no planeo irme todavía. Aún tengo tanto que hacer”, aseveró mientras se limpiaba el polvo y la tierra del pantalón. “Asumirás las consecuencias de quedarte más tiempo del que debes”, respondió la muerte; y tras estas palabras, aquella sombra siniestra desapareció escondiéndose entre la multitud que caminaba absorta por la banqueta, buscando como cazador otra víctima inocente que pretenda huir de sus temibles fauces.

            El hombre regresó a su casa, contento por haber sobrevivido a tal accidente. Abrió la puerta de su apartamento y cuando pretendía darle un beso de buenas noches a su esposa que se encontraba recostada en la cama, los labios se le helaron y exteriorizó una sensación terrible que emanaba de sus entrañas. Su esposa había muerto de un infarto pocas horas antes de su llegada. Una nota terrible se leía sobre una repisa: “asume las consecuencias”, decía el recado. Vaya sorpresa se llevó el señor de ásperas canas y mirada cansada.
 
Alan Santos.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El corazón hace runrún (Prólogo a un cuento).


A Martín Cabrera, por el deseo interminable de ganar miles y no sólo pesos.

 

El último día de noviembre, cuando el frío creció y las hojas cayeron al suelo, Mario Canteros salió de su casa con tan solo una bufanda en el cuello, una chaqueta de cuero negra y miles de ilusiones en los bolsillos. Se sintió desplazado, solitario como un ermitaño chileno oculto por los ríos y montañas de la Patagonia. De su boca brotaba un halito que se percibía por el acrecentado frío que bajaba a la ciudad, helando todo con su singular paso. Las manos glaciales en los bolsillos de la chaqueta eran arremetidas por la insoportable frialdad del ambiente, y su cara, pálida y escueta, de la cual sobresalía su abultado bigote negro, no presentaba signos de alteración alguna.

¿Qué sintió Mario, qué lo acongojó, qué lo forzó a sentirte tan desdichado en esta vida tan efímera y maldita? ¿Es acaso el haber perdido un hijo, criatura tan delicada y diminuta, precoz e inocente, lo que lo hizo sentirse de esa manera tan terrible? ¿O es aquella perversa enfermedad, cúmulo de tragedias que le succionó la vida como un parasito virulento, desgraciado, lo que lo obligó a dirigirse a la desdicha y la tristeza? Caminó intensamente entre las calles y avenidas del centro de la ciudad: Lorenzo Boturini, dos pasos y hacia la derecha. Alto. Y vislumbró el semáforo y los coches pasar con su música estruendosa y canciones populares de Vicente Fernández, José Alfredo Jiménez y artistas desconocidos pero inolvidables. Llegó a Bolívar y se desplazó absorto, aletargado. Sus pensamientos no lo dejaban ni un instante, ni una milésima de segundo para decir: “Estoy aquí. Aún sigo vivo, no he muerto. O eso quiero creer, eso pretendo decirme a mí mismo, aunque sé que no es verdad. No soy yo, ni lo volveré a ser desde que perdí a mi hijo, mi retoño, una de mis razones de ser”. Arribó después de cruzar una gasolinera el Eje Central Lázaro Cárdenas, y al maravillarse con la imponente estatua de este singular personaje en un parquecillo, símbolo de la historia nacional, se sentó en una banquita a contemplar el girar del mundo, mismo que no se detendría por un ser tan pequeño, tan diminuto y microscópico, tan Mario Canteros sentado en una desguarnecida y desierta banqueta de escondrijo.

Colocado sobre el soporte metálico del asiento, después de reflexionarlo miles de veces en el espejo del baño, decidió, con la velocidad de una centella, que no moriría en un aburrido y grisáceo cuarto de hospital. “Me compré una moto”, recordó haberle dicho a su esposa, “me voy a rodarla hasta que me acabe las ruedas”, dijo poco antes de salir calladamente de su hogar. Debajo de la estatua, con la sensación de estar liberándose de las aprensivas ataduras de la vida, el moribundo hombre tomó la decisión más complicada e inexplicable de su vida. Al menos inexplicable para todo aquel que prefiere quedarse acostado a esperar la muerte.

Divisó una silueta acercándose a la distancia, recorriendo Ángel de la Peña como una ráfaga veloz y desesperada. Un runrún aleteó aproximándose a la dehesa. Y en el momento en el que se detuvo, justo en frente de Mario, el destino se había sellado con las marcas de los neumáticos en el pavimento.

Mario, aquí tengo tu cachivache”, declaró la voz amigable de Javier Santana, amigo inseparable de su infancia. “Gracias, amigo mío. Te debo una”, contestó Mario, tomando deprisa las llaves del vehículo de dos ruedas y montándose en él, poseído por el deseo incontenible de la libertad motorizada. “A dónde vas”, preguntó Javier. “A encontrarme con el significado de mi existencia, camarada”, dijo Mario con una voz opacada, venida a menos por el atronador ruido del motor de la motocicleta. El motorista se colocó con prontitud el casco, un par de guantes negros deslavados y con una afable señal se despidió de su amigo, quizás para siempre, entre las calles del centro de la ciudad, lugar de tragedias y donde los motociclistas como Mario Canteros, al igual que Mario Canteros, corren libres con la ventisca del otoño.


Alan Santos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Muerte sobre muerte.


Imagínense como se sintió Federico cuando descubrió, al abrir los ojos, que ya estaba muerto. Un hálito de desesperación y tristeza le recorrió el cuello y al voltear, descubrió a su esposa recargada, con un rosario en la mano, sobre la cama donde se apreciaba un cuerpo inerte y desprotegido. Ese soplo en el cuello era caliente, espeso, como un chorro de vida que se esfumaba para siempre con el viento. Intentó soplar y sólo exteriorizó un asombro tremendo al observar que nada salía por su boca. “Los muertos no respiran, no seas tonto”, se dijo a sí mismo mientras se daba golpecitos en la cabeza. No sentía dolor alguno. “Con que ésta es la muerte”, dijo en un monologo sin audiencia, seco y para sí. Qué aburrida la muerte, qué aburrida. Todo se termina como empieza: un día estás ahí, sonriéndole a la vida y disfrutando de una coca-cola con hielos y una charla de mil horas con los amigos y parientes sobre temas irrelevantes porque la vida es efímera, y al otro estiras la pata y se acabó; y entonces descubriste que no hiciste nada de tu vida y te entristeces, lloras y pataleas, luego se te pasa, das el último aliento, y ves la luz.

            Un sinfín de lucecillas de múltiples colores rondaron por el alma de Federico, la cual yacía indiferente sobre su cuarto, el cuarto de la casa donde alguna vez durmió con su esposa y donde veía la televisión, las noticas y por supuesto el fútbol, nunca puede faltar el fútbol. Las lucecillas verdes, azules, anaranjadas, lo levantaron hacia el infinito y cuando llegó al cielo, se halló a sí mismo repleto de un montón de almas, espíritus inmutados que daban vueltas de un lado a otro. Notó una silueta familiar y cuando se acercó, manifestó una sorpresa al encontrarse con su padre, muerto hace más de veinte años. “De modo que este es el cielo”, aseveró Federico. “Más o menos”, respondió su padre, “es más como un ir y venir interminable de almas que giran una sobre otra por la eternidad. Muerte sobre muerte se acumula en este limbo infinito hasta explotar”, dijo el alma de un padre que poseía una mirada perdida, entristecida por dar vueltas sin rumbo durante tanto tiempo. “Qué frustración”, contestó Federico, indignado, preocupado por ese terrible destino. “No es tan malo”, dijo su padre, “es como la vida: te quedas en el limbo, esperando tu turno para llegar al final del camino cuando ¡puff! Tu alma se desvanece y te conviertes en energía y alimentas a alguna estrella lejana. A Raymond, mi amigo desde hace quince años, el cual se hallaba enfrente de mí le sucedió eso hace ya tiempo, un día mientras esperábamos como siempre en la fila. A fin de cuentas hijo mió, así es la muerte por lo que debes irte acostumbrando”, afirmó aquel padre a su hijo mientras observaban, a la distancia, a dos personas, una mujer oronda y horripilante, y a un hombre que parecía ser su esposo, desintegrarse en millones de partículas, como una lluvia de diamantina excelsa  y brillante que alimentará a los astros por la eternidad.
 
Alan Santos.

lunes, 22 de octubre de 2012

Pasional 2. Sensaciones



Y se deleitan bajo las cobijas como dos seres extraños. Una caricia ajena choca contra la piel tersa, el pecho firme. Otra mano baja desde un rostro fino hasta una cadera sensual, hasta el monte de venus que se asoma. Y las manos juegan unas contra otras apretándose, estrujándose hasta encontrase entrelazadas mientras los labios se interconectan y claman un lenguaje sin palabras excelso. Discursos que se argumentan con los labios y la saliva hasta recibir los aplausos de las manos que buscan lugares prohibidos. El éxtasis se eleva cuando el acto empieza: choque de fluidos, amalgama de emociones que concluyen en el delirio permanente de dos cuerpos que se funden en uno mismo, al igual que dos gotas de agua encontrándose en el parabrisas de un automóvil sin rumbo.

Alan Santos.

lunes, 15 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (III).


III

“Qué andas tú haciendo por acá a estas horas”, replicó un ser escondido entre las sombras al mantener firme su mano contra el hombro de Ernesto. “Nada en especial, creo que me he perdido”, dijo asustado, impresionado tras sentir la helada mano del hombre acariciándole el hombro con una sutileza inexpresable. “¿Te has perdido, o no te has encontrado?” contestó el ser nocturno. Ernesto no respondió al cuestionamiento como si las palabras lo traicionaran y se escurrieran de su boca al tratar de expresarlas con sus tímidos labios hundidos.

            El individuo errante trató de portarse amable y comenzó a señalar la ubicación de los lugares más cercanos: desde la fuente de piedra y mosaicos con la imponente figura de un fiero león de la sábana africana, hasta la tienda de Don Rigoberto, hombre que gusta de ofrecer una servicio las veinticuatro horas y que se aparece en la tienda por sorpresa al detectar un posible comprador hurgando entre sus productos. La inmensa barba del interlocutor noctámbulo centró su atención y empezó a imaginarse formas ocultas en la negritud de su barbilla. El hombre hablaba y hablaba, pero Ernesto ya no escuchaba o no pretendía escuchar nada en absoluto, puesto que las palabras se le deslizaban por los oídos hasta quebrantarse con el piso o con cualquier otro objeto inanimado. La figura de la criatura humanoide se difuminó conforme hablaba, y antes de partir, con la celeridad de un rayo, prendió un cigarrillo sin filtro y se despidió de manera cortés y amable. “Recuerda mis palabras, no te pierdas en la inconsciencia de los sentidos, no olvides los caminos que te señalé”, dijo mientras caminaba en sentido contrario a Ernesto hasta desaparecer, con el canto barítono de los grillos, en la penumbra estéril de las calles veladas de una ciudad sin nombre.

            Ernesto Serrano no reaccionó sino hasta escuchar el sonido de un montón de ramas que se precipitaron al otro lado de la calle. No se inmutó ni un instante hasta que el chirrido molesto retumbó en sus oídos con terrible furia. Caminó hacia el sonido, como atraído por lo desconocido, hasta encontrase con una luz de estrellas oculta detrás de una rimero de arboles. Era un anuncio. “Bienvenidos al lugar donde no encuentran lo que buscaban y terminan llevándose lo que querían”, se leía en el anuncio que brillaba con una incandescencia despampanante. Ernesto se acercó al lugar. Vislumbró la entrada al establecimiento y sin dudar, penetró por la puerta y localizó de inmediato un mostrador. No había nadie. Admiró de un lado a otro la diversidad de productos que se ofrecían en la tienda: papitas, refrescos, chocolates, panes de dulce y salados, huevos, tortillas, leche. Tocó con suavidad el mostrador y al sentir el frio congelante del metal, una voz lo sorprendió desde el otro lado, y unos ojos cansados lo otearon sin cesar. “Bienvenido Ernesto, que necesitas esta noche. Te damos lo de siempre, o deseas comprar algo diferente. Vamos, vamos sin miedo, que en la tienda de Don Rigoberto siempre hay algo diferente que escoger”.

Alan Santos.

lunes, 8 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (II).

II

Un sonido de arbustos tintineó en el oído de Ernesto cuando salió de su departamento en la madrugada. Pasmado, tiró las llaves de la puerta de entrada y estas causaron un sonido que crujió en el edificio con un eco latente y estruendoso. El gato pardo que se escondía detrás de la maceta saltó del susto y huyó despavorido hasta desaparecer en la oscuridad nocturna. Ernesto se quedó pensativo frente a su puerta. Se sentía diferente, pesado, abrumado por una sensación titánica de profundo peligro. «La luz se escondió esta noche y no quiere salir a jugar», pensó mientras bajaba las escaleras de un tercer piso. Un hombre anciano lo saludó en el pasillo. “Buenas, doctor”, dijo el vetusto de facciones arrugadas y piel descolorida. “Buenas noches”, respondió Ernesto como por instinto, como si el ser escuchado en el abrumador silencio de las sombras fuese una necesidad absoluta. “Cuidado con los noctívagos, andan muy sueltos esta noche”, replicó el anciano con agobiante acento. Ernesto no comprendió por completo las palabras del hombre decrepito y esquelético que parecía un esbelto cadáver, de esos a los se les echan tierra y se les sepulta cuatro metros para olvidar el sufrimiento y el dolor de la pérdida.

            Las pisadas de Ernesto se escucharon fuertes cuando se dirigió a la calle. Un chillido molesto se percibió cuando abrió la puerta de la entrada del edificio. «A estas bisagras les falta aceite», pensó mientras cerraba la puerta y se apresuraba a guardar sus manos en los bolsillos de la chaqueta de lana.

            Dio varios pasos por los callejones y escondrijos que oscilaban cerca de su casa y se percató, tras varios minutos, que no tenía ni la menor idea de hacia dónde se dirigía. « ¿Y la tienda, no recuerdo dónde está?» se dijo así mismo sin encontrar en algún andurrial de su memoria, la respuesta a la incógnita planteada. La confusión le arrebató los ánimos. Volteó a todos lados sin saber exactamente donde se encontraba. La luna comenzó a distinguirse sonriendo entre las nubes. Un halito le acarició el cabello escaso en su cabeza. Se levantó los lentes que se caían impulsados por la gravedad desde su nariz. El desorden invadió sus pensamientos y comenzó a delirar posibles rutas para salir del embrollo. Ninguna lo convenció. No recordaba ni la ubicación exacta de su edificio, ni la familiaridad de las casas y calles de donde se hallaba.  El sonido fastidioso de los arbustos lo rodeó como un caos irascible que pasmó sus sentidos. Se desorientó. Perdió los deseos de encontrar una salida. Una mano le tocó el hombro. “No te pierdas en la oscuridad de la noche porque no hay nada más peligroso que quedar abandonado en la ignorancia de nuestros temores”, dijo la mano, o el ser extraño, la otredad encarnada al hablarle por la espalda y causarle un resquemor que ni veinte años de terapia continúa, podrían curar.
 
Alan Santos.

lunes, 1 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (I).


I

Cuando Ernesto Serrano se despertó en la madrugada, escuchó por la ventana el crujir intermitente de un montón de ramas. El chirrido se propagó como ventisca sonora por toda la calle, y aquel ruido estridente se repitió  de vez en vez entre el cántico difuso de los grillos en la penumbra y el maullido aislado de un gato en el tejado. Ernesto se levantó de la cama sorprendido, atribulado por el extraño retintín que retumbaba en el exterior. Miró por la ventana con los ojos entreabiertos que se deslizaban entre el mundo de la realidad y la intempestiva soñolencia, el soplar silencioso del viento. Se talló los ojos hasta conseguir la nitidez necesaria para vislumbrar el desgastado poste del alumbrado público que reposaba en la otra esquina de su calle, y no vio nada. Ni una solitaria alma transitaba entre las casas de ladrillo cocido y verjas de metal, cubiertas de celosía y secretos de familias olvidadas. Las nubes cubrían el cielo negro, grisáceo, mojado. Y la sensación de peligro inminente comenzó a llenar a Ernesto desde el centro de sus emociones hasta sus extremidades con una desazón incierta y turbia.

            Salió de su cuarto y se dirigió a la cocina entre el tic toc del reloj que repiqueteaba sin cesar, y la resonancia del refrigerador que zumbaba constante en las tinieblas. Sacó un vaso de vidrio cristalino de una repisa donde guardaba sus galletas favoritas, y se sirvió con presteza un líquido chorreante y espumoso. Lo bebió apresurado hasta casi ahogarse, y cuando terminó, repitió la acción hasta que la saciedad abrazara por completo su acongojado cuerpo. La repetición del acto lucía atemorizante. Ernesto Serrano no dejó de beber el líquido espumoso sino hasta que el recipiente se vació por completo. Un miedo, un presentimiento terrible se apoderó de él.

            De repente,  como una premonición, el crujir de las ramas regresó a sus oídos. Se asomó corriendo de nuevo a la ventana: no vio nada, no oyó nada, por segunda vez consecutiva. Su esposa despertó extrañada. “Qué te pasa Neto. Por qué no puedes dormir”, preguntó consternada. La impresión de escuchar la voz de su esposa lo hizo dar un pequeño salto en su lugar. La existencia de otra voz humana en la misma habitación lo exaltó de forma incomprensible. “Qué no escuchas las ramas”, respondió después de varios segundos. Su esposa se quedó pasmada con la interrogante. Él interpretó su silencio. “Anda Gabriela, vuelve a dormir. Voy a la tienda por más leche”, dijo  Ernesto con voz cortante mientras escuchaba maravillado, el rechinido latente de un montón de plantas en la ventana.

Alan Santos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Parada del Bus.


 

Me desperté como de costumbre a las seis de la mañana. El bullicio capitalino me levantó como  todos los días: con sus cláxones, gritos desenfrenados, y ruidos intermitentes de  automóviles al pasar. Runrún runrún se escuchaba por mi ventana. Entré al baño aletargado y con una delicadeza y suavidad irresistible, acaricie los bordes de la llave que abrió como un chasquido, la regadera. De ella brotó un líquido frío que se fue matizando hasta volverse caliente, abrasador. Me sumergí en él y descubrí la profundidad de mis pensamientos bajo la lluvia cálida que escurría por mi cara hasta chocar y disiparse en el suelo. Como un androide que se mueve automáticamente, fui limpiando, enjuagando y frotando todas y cada una de las partes de mi cuerpo. El jabón rechinaba pulcro contra mi espalda. El shampoo de frutas se deslizaba por mis cabellos. Y al terminar de asearme, sequé mi figura con la docilidad de un gato siamés.

            Me recosté perdiéndome en la oscuridad de mis parpados, hasta que los ladridos de un perro me hicieron reaccionar como un transeúnte que ha sido sorprendido por un intrépido ladrón. Bajé las escaleras de la casa asimilando el caminar de un zombi, y me serví veloz un plato con cereal y algunos pedazos de plátano cortado. Comí desganado la sustancia sin sabor, admirando el tic toc del reloj que me indicaba que mi tiempo se reducía a pasos agigantados. Dejé los platos en su lugar. Tomé un poco de jugo de naranja, y cogí mi portafolios café cual bólido hasta arribar a la puerta. La abrí; y la puerta crujió. Se escuchó un chillido demencial y la cerré tras de mí, implorando llegar a tiempo a mi destino: la insoportable y eterna parada del bus.

            Corrí azuzado a la parada, y me detuve al perder el aliento frente a una señora oronda y más inmensa que el  mundo. La miré con recelo y sorpresa, y ella lanzó una oteada de desconsuelo. Nos sentamos, juntos, sobre las frías banquitas de metal de la parada, y aguardamos la llegada del transporte colectivo de nuestros anhelos. Observé las apariciones repentinas de varios autobuses que se dirijían a mi destino, pero, en ellos brotaba un problema: iban tan llenos de gente, de masa humana, que las personas salían de las ventanas como cascada. Mi angustia incrementó al observar el mismo patrón una y otra vez. Un autobús, dos, tres, quizás el cuarto se dirigía a otro destino, cinco. Me conmocioné. Los  nervios treparon hasta mis orejas. Y las ganas de que el mundo me tragara y que apareciera por arte de magia frente a mi oficina saludando a mi jefe como el lame botas que a veces soy, me desconcertó. El mundo giró infinitas veces. Hasta que un sentimiento de alegría me invadió al observar un solitario autobús apareciéndose en la otra esquina. Se acercó raudo a la parada, y cuando estuve a punto de tocar la puerta y darle al señor el dinero de mi viaje, la obesa señora se me adelantó y con su terrible masa acaparó todo el espacio sobrante. Lo peor fue la respuesta del chofer ante mi situación tan adversa. “Híjole joven, ya no cabe nadie más. Tendrá que esperar el siguiente”, dijo el maldito. “No se preocupe que ahorita vienen varios más de la base” expresó después de verme tan abatido. “Jódete, maldito imbécil”, respondí iracundo, levantando el dedo cordial de mi mando derecha, y bajando del transporte despechado, a esperar en la parada al siguiente autobús que me transporte a mi destino, sin la odiosa necesidad de compartir espacio, con una gorda inmunda que me respire en la nuca.

Alan Santos.

lunes, 27 de agosto de 2012

Verte (o la intrépida forma de desnudarte con la mirada).


Te veo. Tú no me ves. Sólo caminas por la acera que te llama, que grita tu nombre a los cuatro vientos, y que te impulsa como un proyectil hacia tu destino. De entre la multitud, de la muchedumbre que camina absorta, mi silueta se distingue contemplando la tuya. Incitándote a que voltees y que me descubras admirándote, para que jueges a ratos con mis ojos que te buscan. Imagino tus pies delicados, esbeltos y tersos; suaves como seda importada. Dos pasos, tres, cuatro, das al contonear la cadera. Tus muslos saltones se pasean en un vaivén infinito que aletargado contemplo. Los pechos firmes, pequeños pero indiscretos, como dos copas de vino. El cuello oloroso a fragancias exóticas. Aroma de los dioses que se convierte en el más grande estupefaciente de mis deseos secretos, de mis pensamientos más profundos que fluyen como cascada. Tus labios rojizos color carmesí, se aprecian apetitosos, comestibles como una gran manzana que debe ser mordida sin prelación, sin preámbulo innecesario. La nariz respingada pero diminuta, finísima, que se dibuja por encima de la boca que tiembla, que grita: “bésame. No te detengas que soy tuya”.  Y los ojos almendrados. Ventana marrón que vislumbra todo lo que te rodea. Que ignora con una sencillez de sierva, mi mirada que aún busca jugar con la tuya, retozar a la distancia y entrar a tu alma sin tu permiso. Tu cabello castaño ondula con la brisa leve, solazando con los céfiros como un vástago con las criaturas enigmáticas del jardín.

De repente siento una turbación en el aire y me miras. Nuestros ojos chocan por un instante y me volteo nervioso. Finjo que no sabes que te miro cuando no me miras; y cuando me miras, niego mirarte. Y al negar que te miro, niego mi existencia y todo lo que creo ser para convertirme en lo que no soy cuando no te miro.  Me ignoras como el que ignora que respira: sabes que estoy ahí pero me desatiendes, distraes tu atención hacia las personas que caminan. Los ruidos se presentan como la orquesta citadina de nuestro encuentro. Se escuchan los cláxones de los automóviles deseando pasar, murmullos entre la gente que ríe, piensa, sufre, llora. Alguna figura solitaria me otea a instantes, pero se aburre de mi apariencia por algún momento prosiguiendo su camino.

Regreso a observarte y para mi sorpresa, te comienzas a evaporar como un chubasco ligero que se pierde en el trayecto. Te descubro de espaldas, tan imponente y radiante, tan hermosa y sensual. Ya no me miras y decides olvidarme. Dejarme en algún rincón milimétrico de tu memoria, como recuerdo efímero. En cambio tú, vivirás por más tiempo en mi cabeza, en mis pensamientos como la musa que consiguió que un instante de inspiración, se convirtiera en una eternidad de deseos y sensaciones, que viven aún, en un universo alterno donde tu mirada y la mía se encuentran por siempre.
Alan Santos.

lunes, 20 de agosto de 2012

Fiestas del Carnaval. Río de Janeiro.


1992.



Y se desata la juerga en la ciudad de Río de Janeiro. El carnaval ha llegado con variados y gustosos ritmos de samba, axé y swinguera celebres que deleitan a los incautos visitantes y la gente que está acostumbrada a la fiesta nacional. Las personas zapatean, se divierten, la pasan bien entre canticos ajenos y danzas misteriosas. Y dentro de los blocos el retumbar de los timbales y tambores, hace eco entre las casas y edificios. La jungla de concreto y luces se llena de vida, de fantasías y personas que bailotean desenfrenadas por las gigantescas avenidas y vericuetos más estrechos de la ciudad. En las calles se respira el olor a bebidas alcohólicas; bebidas exóticas y embriagantes, que obligan a sus consumidores a cantar canciones que no conocen. A deleitarse con mujeres extravagantes. La libertad se vive en su máxima expresión, como si los límites de la moralidad y la decencia nunca hubiesen existido. El sexo se respira como algo cotidiano. Y las parejas de enamorados y desconocidos inundan los burdeles, los coches de sonido, y las avenidas y aceras públicas de Janeiro.

            Sin embargo, bajo la sensualidad de los encuentros casuales, sobre la avenida presidente Vargas, yace un cuerpo inanimado. Un mulato sin zapatos ha sido asesinado sin razón aparente. Con la verga de fuera y una cara de satisfacción inmutable, los curiosos lo encuentran desangrado en el piso. Una patrulla se acerca para disipar a los fisgones y entrometidos. La fiesta sigue, se acrecienta, cobra fuerza. La muerte de un pobre hombre no es suficiente para detener el furor desmedido de la verbena popular. El Cristo Redentor luce impresionante bajo el cielo estrellado. Vigila la ciudad, ecuánime, imponente.



Alan Santos.


lunes, 13 de agosto de 2012

Pasional 50. Encuentros.


La vi. Ella me vio. Me dijo: "Hola", con una sonrisa tímida e imprevista por haberme encontrado en una situación poco convencional. ¿Cuándo te encuentras con el amor de tu vida al caminar por la calle? Respondí el saludo casi por instinto, como una grabadora descompuesta y polvorienta. Con palabras entrecortadas que denotaban mi inmensa sorpresa. Mi boca se movió, y de ella sonidos brotaron: H-O-L-A. Y nuestras miradas chocaron, se entrelazaron por algunos segundos flotando en el espacio. Ese instante duró para siempre, vivió congelado. Abrió con brutalidad las puertas de la esperanza tanto tiempo cerradas en mi interior.
Aquello terminó tan rápido, como un fugaz pestañeo y seguimos, aturdidos, nuestros respectivos caminos ignorándonos el uno al otro. Continuando con nuestras solitarias vidas al igual que dos desconocidos.
Ella se siguió de largo. Volteé con agilidad para mirarla de espaldas y contemplarla desapareciendo en el horizonte como un velero que zarpa a la mar, que nunca regresa. Me mantuve caminando con una desdibujada sonrisa en mi rostro. Nunca más la volví a ver. Ni en mis sueños, ni en la casualidad de una inusual caminata por la calle.
Alan Santos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Consejos de Taberna (I).


«Amigo deja de seguir a esa dama, hay muchos peces en el mar». Dijo un hombre a otro hombre, que desde ese día se embarcó decidido, en un pesquero. El hombre recorrió motivado todos los océanos y mares conocidos, tratando de hallar por fin, aquel pez colorado que lo esperaba en algún recóndito lugar del mundo acuático.

Quizás lo encontraría en la calidez  tropical de un islote del caribe, o posiblemente en la insólita frialdad de los mares polares. No lo sabía. Pero si de algo estaba seguro el hombre timorato –ahora noble pescador–,  era de que a pesar de las adversidades de la vida, se encontraría con el pez de su destino al mirarlo a los ojos: no importando si éste resultara ser un tímido y saltarín salmón, o una agresiva barracuda esperando a su presa, en las turbias y misteriosas aguas del Mediterráneo.

Alan Santos.

lunes, 30 de julio de 2012

Una fruta.


Un plátano descansaba tranquilo y sereno sobre un frutero. Aquella banana era tan feliz meciéndose sobre un montón de uvas y dos frescas manzanas. Cuando sin aviso alguno, sin carta de presentación, una gigantesca mano lo tomó por sorpresa. Lo desnudó, le quitó sin remordimiento su hermosa piel amarilla y el pobre comenzó a llorar incontrolablemente sobre la aterradora garra que lo sostenía con furia. El ente asesino no lo escuchaba gritar, llorar; implorar por su existencia mientras las demás frutas al unísono, gritaban conjuras contra el horripilante agresor. “¡Fruticidio! ¡Fruticidio!” vociferaban las manzanas y las uvas observando con pavor el terrible acto. El pobre plátano con dulces lágrimas de potasio exclamó, poco antes de morir: “Maldito humano, ¿por qué a mí?”
Alan Santos.

lunes, 23 de julio de 2012

Pasional 22. Casualidades.


Lo hicieron rápido, apresurado. Y sin darse cuenta, como autómatas al terminar, se pusieron el pantalón, las medias, los zapatos, el calcetín, la blusa. Se dieron un beso fugaz, beso a la plancha, o quizás al vapor: sabor salado o agridulce. Habían entrado a la habitación para descubrirse mutuamente, para conocer entre las sábanas su verdadera naturaleza. Y salieron de ella como un par de desconocidos, extraños jugando a conocerse. Partieron del hotel cual estampida errante, y al despedirse regresaron a pretender ser todo aquello que no son. Todo aquello que se erige como la antítesis de un ser misterioso que vive entre las sudorosas sábanas, y las pringosas almohadas de una solitaria habitación.
Alan Santos.

lunes, 9 de julio de 2012

La verdad, musa escurridiza.


En algún lugar de la razón humana, del pensamiento efímero, vivía el conocimiento. Éste había dedicado la mayor parte de su existencia a la eterna búsqueda de la verdad –indagación de por sí difícil, ya que la verdad gusta de jugar a las escondidillas entre los vericuetos y las calles de la duda y la mentira, por lo que encontrarla suele ser un periplo que pocos consiguen concluir.

            Duró varios años recorriendo diversos y tormentosos caminos. Encontrándose con los peligros del miedo y la superstición. Hasta que después de realizar un sinfín de investigaciones, de cruzar un torrente de experiencias y sufrir los achaques del error, creyó encontrar la verdad escondida entre un lecho de piedras, a las orillas de un rio.

            En su lugar sólo se encontró con un grupo de refutaciones que se dirigían al mercado de ideas, para discutir los precios de los productos. El conocimiento, indignado, se sentó junto a un árbol a llorar, y decidió renunciar a su búsqueda de la verdad. Al escuchar el llanto del conocimiento, uno de sus viejos amigos, cuestionamiento, se acercó para tratar de descubrir el motivo de aquella tristeza. “Qué te pasó hombre”, dijo el cuestionamiento. “Renuncio a la búsqueda de la verdad, es imposible”, respondió el conocimiento. “Pero si por eso es que debes seguir tu búsqueda. Si no fuera por el escudriñamiento que has hecho, tratando de buscar la verdad, jamás habrías descubierto todas las maravillas del mundo que nos rodean, y yo no podría dudar y rebatir de todo lo que me has dicho. Amigo mío, quizás la verdad no existe, pero tratar de encontrarla es lo que nos hace levantarnos una y otra vez, para seguir adelante”.

Alan Santos.
             

lunes, 11 de junio de 2012

Sánchez, su afán de poder.


Al señor Sánchez le fascina el poder. Tanto es así que para obtenerlo de forma contundente, convocadas las elecciones en su pequeño país, con una victoria electoral apabullante consolidó poco después un régimen dictatorial. Las tensiones tras esta acción crecieron de una forma tan catastrófica, que las clases medias estuvieron a punto de iniciar una revolución armados con botellas de vidrio, palos de beisbol y estandartes de libertad ferviente.

            Sánchez apaciguó la incertidumbre cooptando a algunos dirigentes del movimiento incendiario, mientras que los hombres y mujeres que se negaban a ser corrompidos, eran asesinados o desaparecidos misteriosamente en hoteles baratos, restaurantes de comida tradicional, o en eventos culturales promocionados por los intelectuales comprados por el sistema. No dejaban huella alguna, más que fantasmagóricos quejidos que sólo eran oídos por los niños pobres de  cinco años o más.

            Sánchez sonrió desde su balcón presidencial. Su plan había salido a la perfección. Eliminar a los disidentes era uno de sus objetivos principales. Su séquito de lame botas susurraba en silencio a sus espaldas. Se escucharon pasos provenientes del pasillo. Uno. Dos. Tres. Alto. Lo buscaban los banqueros y empresarios más importantes del país. Un subordinado entreabrió la puerta.  «Señor Presidente, lo buscan el señor López, dueño de la empresa tabacalera; el señor Fernández Preciado,  presidente ejecutivo en nuestro país de la corporación multinacional de refresco; el señor Gutiérrez Santamaría, accionista mayoritario de la institución bancaria “el Banco del Pueblo”, y algunos destacados empresarios más». El señor Sánchez admiró por el enorme ventanal de su despacho la arquitectura colonial; los edificios barrocos que resaltaban con el paisaje de urbanización de la capital de su patria. Le dio una gran fumada a su cigarrillo casero. «Hazlos entrar Ignacio. Prepara varias tazas de café. Los señores y yo tenemos muchas cosas de que hablar».

Alan Santos.

lunes, 4 de junio de 2012

Pasional 15. Infidelidades.


Monserrat amiga del vecino y dueña de la tienda de lencería, siempre cierra a las siete en punto su local. Se hace veintidós minutos de la tienda a su casa, sin contar los días en los que el tráfico es insoportable y los limpia parabrisas llueven como cascada sobre los vidrios de los automóviles. Cuando arriba a su hogar siempre lo encuentra solo, por lo que la mayoría de las veces hace lo que le plazca con la casa. Aquella vez decidió invitar a unas amigas para festejar su futura boda, la cual estaba tan próxima que se podía oler el champagne y saborear el pastel de bodas en la boca.

                Las amigas arribaron a la casa con prontitud y entre copas y canciones de Timbiriche, a alguna de las mujeres más animosas se le ocurrió llamarle a uno de sus amigos por teléfono para que trajera una manada de hombres y reavivara la reunión. Los hombres se aparecieron cual bandada por la puerta, y al entrar, encendieron la velada con su masculinidad congénita.

                Monserrat disfrutaba de la jarana como si esta fuese la última de su vida. Bebió menjurjes y mezclas extravagantes, bailó de formas que en sus cinco sentidos nunca se le hubiesen ocurrido bailar. Y conoció a un  sujeto guapo y sensual que la invitó a bailar y con quien comenzó a entregarse a la pasión y los deseos carnales. Se manducaron los labios con celeridad, y mientras se desvestían el uno al otro, el delirio los llevó hasta el cuarto de ella en el segundo piso. Abrieron la puerta, y de la habitación sólo salió un fuerte grito inesperado. Era su prometido semidesnudo sobre otra mujer. El silencio se propagó en el ambiente cual ventisca helada. Lo peor fue que la tipa aquella tenía ropa interior provocadora, misma que Monserrat vendía en su lencería todos los días.

Alan Santos. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Consejos de Taberna (V).


(Con varias copas de más) «Compadre, deja de atormentarte por la muerte de tu madre. La vida es un continuo devenir, no te detengas por algo tan natural». Le dijo un amigo a otro amigo, que desde ese día inició la búsqueda interminable de la cura contra la muerte. Recorrió los más lúgubres y tenebrosos cementerios del mundo: desde La Recoleta, la Almudena, hasta llegar al de Montparnasse, donde al inspeccionar los cadáveres de dictadores celebres y escritores surrealistas encontró la cura contra la muerte. Entre sus investigaciones y necro-descubrimientos destacaban la capacidad de evitar el proceso de descomposición con canticos bakongos, y un remedio casero a base de fresas para conseguir la reanimación del corazón y los pulmones.

Al retornar a sus tierras cálidas fue corriendo al cementerio de su pueblo para desenterrar con un ímpetu desenfrenado el cadáver de su madre. Su madre olía a carne rancia y los gusanos se daban un manjar de reyes en sus orejas, por lo que se apresuró a darle a su progenitora el remedio contra el mal de la muerte. El cadáver se tambaleó unos instantes. Abrió los ojos; había retornado a la vida.

«Madre. Te he regresado de la muerte y estoy tan feliz de verte de nuevo», dijo el hombre con una cara de felicidad indescriptible en su rostro.

«Y quién te pidió que me revivieras. Mírame, estoy hecha un asco. Juan José quiero que me entierres de nuevo en este preciso instante y que te vayas a tu casa a vivir tu vida como deberías haberlo hecho. Aprender a seguir adelante» respondió el cadáver hediondo de forma contundente e iracunda.

El hombre no tuvo más opción que hacer lo que su madre le exigía; al fin y al cabo que hijo no hace lo que su madre le pida que realice. No se puede ir contra una reacción tan natural y mucho menos contra una de esa magnitud.

Alan Santos.