domingo, 14 de octubre de 2012

Vagones

Venía de descubrir el engaño de su pareja. Lo último que esperaba era tener a su lado a una niña, de esas que te examinan de pies a cabeza, preguntando con la mirada todo y a la vez nada.
Ella sólo cubría su rostro haciendo como que se dormía. Y la niña, haciendo como que le importaba lo que ocurría.

Siguiente estación.
Baja una madre y con ella la niña.
María sigue llorando con el rost

ro cubierto y acallando el llanto. Ni cuenta se da que su inquisidora se ha ido.

Siguiente estación.
Casi está por llegar a donde transborda.
De pronto, alguien le toca el hombro ofreciéndole un pañuelo. Eleva la mirada y es él. Aquel que será el amor de su vida y nunca sabrá su nombre. Él sólo le dice que es demasiado joven para llorar por amor.

Ella desconcertada, sólo esboza una mueca, se limpia las lágrimas y cuando voltea... ya no está.

Siguiente estación, es hora de bajar.




Por Claudia Sánchez.

viernes, 12 de octubre de 2012

Producto de un sueño a punto de despertar


Miraba las caras, cada una como un mar, a pesar de ello, una tan diferente de la otra, pero todas con algo en común, Así como la gota de agua es única y diferente; todas contienen la misma esencia... todas mojan. Eso es lo que sucedía con las caras, todas empapaban de abismo, caer y caer pero nunca tocar el suelo.

Todas esas caras, esos cuerpos rígidos estampándose contra la frágil piel, producto de un sueño a punto de despertar y tan frágil como eso. Estaba en contra de la corriente, de un rugido que intentaba ensordecer el pensamiento; privarme de el.

Por Alx Godínez

jueves, 11 de octubre de 2012

Como pabilo encendido...


Como pabilo
encendido,
la punta 
de la llama
en el pistilo,

huésped 
de la cuna
de mi sexo.

Cuerpo recipiente
de tu cuerpo,

te esperan
mis labios 
como cruzados de piernas,

mi boca
hospedera
de sememas
tuyos, 

intelecto
invadido 
de tu horcajadura.

Replétame
de dedos
palpados 
con mis muslos,

de dedos
de olfato y gusto.

Mecha de vela
arde alta 
entre mis piernas,

hervor
de imagen sonora
y sensorial
que me sopa.

Replétame
de tacto
de tacto
y de sonido,

no lo siegues,

sigue 
diciendo 
un poco mudo
mi nombre.

martes, 9 de octubre de 2012

De sonámbulos y otras cosas

De sonámbulos y otras cosas
Como un soñador empedernido
Y filonocturnos cotidianos.

Caminaban por caminos
llenos de vaguedad y luces
incandecentes que giran
a su alrededor ficticio.

Ganando horas,
no por falta de ideas
sino por sueños cumplidos.

Se toman de las manos
secas y marchitas por
la oscuridad que rodea.

Como si pudieras sentir las grietas.
Y sin poder preguntarles dónde están sus ojos
Duermes para vivir tu propio sueño.

Que retumba en el horizonte
pintoresco de los sonámbulos
Y filonocturnos de diario.

lunes, 8 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (II).

II

Un sonido de arbustos tintineó en el oído de Ernesto cuando salió de su departamento en la madrugada. Pasmado, tiró las llaves de la puerta de entrada y estas causaron un sonido que crujió en el edificio con un eco latente y estruendoso. El gato pardo que se escondía detrás de la maceta saltó del susto y huyó despavorido hasta desaparecer en la oscuridad nocturna. Ernesto se quedó pensativo frente a su puerta. Se sentía diferente, pesado, abrumado por una sensación titánica de profundo peligro. «La luz se escondió esta noche y no quiere salir a jugar», pensó mientras bajaba las escaleras de un tercer piso. Un hombre anciano lo saludó en el pasillo. “Buenas, doctor”, dijo el vetusto de facciones arrugadas y piel descolorida. “Buenas noches”, respondió Ernesto como por instinto, como si el ser escuchado en el abrumador silencio de las sombras fuese una necesidad absoluta. “Cuidado con los noctívagos, andan muy sueltos esta noche”, replicó el anciano con agobiante acento. Ernesto no comprendió por completo las palabras del hombre decrepito y esquelético que parecía un esbelto cadáver, de esos a los se les echan tierra y se les sepulta cuatro metros para olvidar el sufrimiento y el dolor de la pérdida.

            Las pisadas de Ernesto se escucharon fuertes cuando se dirigió a la calle. Un chillido molesto se percibió cuando abrió la puerta de la entrada del edificio. «A estas bisagras les falta aceite», pensó mientras cerraba la puerta y se apresuraba a guardar sus manos en los bolsillos de la chaqueta de lana.

            Dio varios pasos por los callejones y escondrijos que oscilaban cerca de su casa y se percató, tras varios minutos, que no tenía ni la menor idea de hacia dónde se dirigía. « ¿Y la tienda, no recuerdo dónde está?» se dijo así mismo sin encontrar en algún andurrial de su memoria, la respuesta a la incógnita planteada. La confusión le arrebató los ánimos. Volteó a todos lados sin saber exactamente donde se encontraba. La luna comenzó a distinguirse sonriendo entre las nubes. Un halito le acarició el cabello escaso en su cabeza. Se levantó los lentes que se caían impulsados por la gravedad desde su nariz. El desorden invadió sus pensamientos y comenzó a delirar posibles rutas para salir del embrollo. Ninguna lo convenció. No recordaba ni la ubicación exacta de su edificio, ni la familiaridad de las casas y calles de donde se hallaba.  El sonido fastidioso de los arbustos lo rodeó como un caos irascible que pasmó sus sentidos. Se desorientó. Perdió los deseos de encontrar una salida. Una mano le tocó el hombro. “No te pierdas en la oscuridad de la noche porque no hay nada más peligroso que quedar abandonado en la ignorancia de nuestros temores”, dijo la mano, o el ser extraño, la otredad encarnada al hablarle por la espalda y causarle un resquemor que ni veinte años de terapia continúa, podrían curar.
 
Alan Santos.

domingo, 7 de octubre de 2012

La hojarasca


Somos como la hojarasca
Pétalos de árboles marchitos
Sombras vanas que
Solo aguardan el ocaso

No hay sentido,
Ni oídos a nuestra voz
Solo un simple murmullo apagado
Con el arribar del otoño

Pero ese majestuoso soplo que
Mece las hojas, a todos
Nos hace bailar
Prístino surco,
Fruto de almíbar

Somos como la hojarasca
Flor imperecedera
Que embellece la rama frondosa, y
Que se tiñe de verde hermoso
Antes de ponerse canoso

Somos como la hojarasca
Flor que danza
Pétalo que ríe
Hoja que sonríe
Aun cuando su destino sea la
Caída

Por Ur el Goliardo.

sábado, 6 de octubre de 2012

"La distraída" por Pedro Salinas

La distraída

No estás ya aquí. Lo que veo
de ti, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aún esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas

vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intención de ir
te llevó donde querías
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
«aquí estoy contigo, mira».
Y me señalas la ausencia.
 
                                                                                                                            (1891-1951)