domingo, 7 de octubre de 2012

La hojarasca


Somos como la hojarasca
Pétalos de árboles marchitos
Sombras vanas que
Solo aguardan el ocaso

No hay sentido,
Ni oídos a nuestra voz
Solo un simple murmullo apagado
Con el arribar del otoño

Pero ese majestuoso soplo que
Mece las hojas, a todos
Nos hace bailar
Prístino surco,
Fruto de almíbar

Somos como la hojarasca
Flor imperecedera
Que embellece la rama frondosa, y
Que se tiñe de verde hermoso
Antes de ponerse canoso

Somos como la hojarasca
Flor que danza
Pétalo que ríe
Hoja que sonríe
Aun cuando su destino sea la
Caída

Por Ur el Goliardo.

sábado, 6 de octubre de 2012

"La distraída" por Pedro Salinas

La distraída

No estás ya aquí. Lo que veo
de ti, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aún esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas

vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intención de ir
te llevó donde querías
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
«aquí estoy contigo, mira».
Y me señalas la ausencia.
 
                                                                                                                            (1891-1951)

viernes, 5 de octubre de 2012

Soneto XXXIV

I
Quise pensarte, mujer misteriosa
Para así, regocijar mis sentidos
Más de la tierra se escucharon ruidos
Que tachaban mi conducta afrentosa

II
Quise mirarte, niña esplendorosa

Por curar mis sentimientos heridos
Pero me son privilegios prohibidos
Por que la tarde se volvió lluviosa

III
¡Tan ingenuamente traté de hablarte
Pretendiendo disfrutar tu sonrisa
Que el día se volvió noche con prisa¡

IV
Mejor no intentaré nunca besarte
Porque Dios, al ver que de amor te inundo
Entonces puede destruir el mundo




Por Esteban Jiménez.

jueves, 4 de octubre de 2012

Secarse los labios


 1   Peor si te enteras de mi placer al mirarme 
     2  Tu ambiente tenso 
          de noche soy bella
   mi fijación sexual 
               de día extravagante.
contigo 
          3  Ninguna precaución
con un mesero 
        dedos lamidos
   con un Anonymous
                ventanas 
                ensabanadas
conmigo.
                   piernas y charcos.
   4 Si se amara
                       5   Al deseo  incontrolable
se besara
                 se le justifica todo
el fondo del ombligo
             morder los pliegues
              el vientre estrecho
                                    no tocarlos
       flojo
               todo ensalivarlo
plisado.
                                 secarse los labios.



miércoles, 3 de octubre de 2012

Mujer a leguas.

El frío anuda su garganta,
su sollozo le martilla el pecho,
sus lágrimas recogen tristeza,
esa niña sufre lento.

No tiene algo que comer,
el amor no es suficiente,
desesperanza fortuita
que retumba en el corazón,
la niña llora.

No hubo remedio de eso,
creció con carencia,
nadie pudo amarla,
linda criatura indefensa,
es débil ante el mundo.

Siempre será una niña
llorando por dentro,
esa mujer a leguas se nota
que su niña sigue llorando. 

martes, 2 de octubre de 2012


Todos dicen que tienes que esconder tu amor.
Ahora ella ya no quiere ocultarlo, se ha dado cuenta que quiere revelarlo.
Le expuso todo su sentir, a él no le importo ni lo mas mínimo, sólo buscaba una distracción, y ella sería la suya… Eso es algo que ella nunca hubiese querido, ser el amor oculto de alguien.

La han obligado a esconderse detrás de diferentes mascaras, la han forzado a agachar la mirada ante la gente. Ya no quiere esconderlo, pero la han callado con una bofetada. Ha sido horriblemente ridiculizada.

Perdió esa esencia única, que la hacía ser ella, “la chica” ahora sólo es una niña asustada.
Han logrado que ella se esconda esta noche, creyendo que pronto pasará este mal momento. Su música triste no la ha ayudado mucho, lo sigue recordando, y ya no se ocultara sólo esta noche, se esconderá por muchas más. Se ha perdido en el vacío.

Han pasado días desde aquel encuentro, se ha quedado sola otra vez.


Por Arai G.

lunes, 1 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (I).


I

Cuando Ernesto Serrano se despertó en la madrugada, escuchó por la ventana el crujir intermitente de un montón de ramas. El chirrido se propagó como ventisca sonora por toda la calle, y aquel ruido estridente se repitió  de vez en vez entre el cántico difuso de los grillos en la penumbra y el maullido aislado de un gato en el tejado. Ernesto se levantó de la cama sorprendido, atribulado por el extraño retintín que retumbaba en el exterior. Miró por la ventana con los ojos entreabiertos que se deslizaban entre el mundo de la realidad y la intempestiva soñolencia, el soplar silencioso del viento. Se talló los ojos hasta conseguir la nitidez necesaria para vislumbrar el desgastado poste del alumbrado público que reposaba en la otra esquina de su calle, y no vio nada. Ni una solitaria alma transitaba entre las casas de ladrillo cocido y verjas de metal, cubiertas de celosía y secretos de familias olvidadas. Las nubes cubrían el cielo negro, grisáceo, mojado. Y la sensación de peligro inminente comenzó a llenar a Ernesto desde el centro de sus emociones hasta sus extremidades con una desazón incierta y turbia.

            Salió de su cuarto y se dirigió a la cocina entre el tic toc del reloj que repiqueteaba sin cesar, y la resonancia del refrigerador que zumbaba constante en las tinieblas. Sacó un vaso de vidrio cristalino de una repisa donde guardaba sus galletas favoritas, y se sirvió con presteza un líquido chorreante y espumoso. Lo bebió apresurado hasta casi ahogarse, y cuando terminó, repitió la acción hasta que la saciedad abrazara por completo su acongojado cuerpo. La repetición del acto lucía atemorizante. Ernesto Serrano no dejó de beber el líquido espumoso sino hasta que el recipiente se vació por completo. Un miedo, un presentimiento terrible se apoderó de él.

            De repente,  como una premonición, el crujir de las ramas regresó a sus oídos. Se asomó corriendo de nuevo a la ventana: no vio nada, no oyó nada, por segunda vez consecutiva. Su esposa despertó extrañada. “Qué te pasa Neto. Por qué no puedes dormir”, preguntó consternada. La impresión de escuchar la voz de su esposa lo hizo dar un pequeño salto en su lugar. La existencia de otra voz humana en la misma habitación lo exaltó de forma incomprensible. “Qué no escuchas las ramas”, respondió después de varios segundos. Su esposa se quedó pasmada con la interrogante. Él interpretó su silencio. “Anda Gabriela, vuelve a dormir. Voy a la tienda por más leche”, dijo  Ernesto con voz cortante mientras escuchaba maravillado, el rechinido latente de un montón de plantas en la ventana.

Alan Santos.