domingo, 11 de noviembre de 2012

Acecho. (Dedicado a la memoria de José Gorostiza)


De pronto llega ese ser nocturno, que
Me seduce, me incita a abrazarla
La muerte

¿Qué quieres de mí?
Me dice que no pregunte
¡Silencio!
Mi corazón palpita,
Acrimonia de sabores
Espantos y resquemores

El descanso
Solo viene a darme un descanso

Y con voz tierna me dice:
No vengo a castigarte
Vengo a recompensarte
No soporto verte miserable
Dolido,
Tu rostro cianótico
Marchito como la hojarasca

¡Anda!
Apaga tus ojos
Disfruta el último aliento
Libérate
Soy un alquimista
Que puede convertirte en polvo sideral

¡Deja que te lleve el diablo!
Esa es una verdadera bendición

¿Qué debo hacer?
Temo su apariencia, pero me apetece su propuesta
Dejar este cuerpo putrefacto y estrechar sus frías manos
Ella puede apagar mi sed
Mi temperamento taciturno

Y por fin termina el acecho
Cuando la muerte me susurra
Las palabras del sabio Heráclito:
“A los que mueren…
Les aguardan cosas que no esperan ni se imaginan”

¿Te imaginas? Muerte, instante, parsimonia… nada.

Por Ur el Goliardo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Soneto IV (Nuestros muertos)

Si mexicanos al grito de guerra
contra la sangre hermana abren fuego,
es la muerte quien cobija su ruego
el infierno se edifica en la tierra.

Si la madre al propio hijo entierra,
no hay palabra ni consuelo placiego,
los asesinos del verde trasiego,
la justicia convertida en su perra.

Más, responsables de esta agonía,
de la peor gnominia desatada,
no podrán silenciar su cobardía

frente al horror, la verdad descarnada:
de los muertos que caen a cada día,
de la patria inútilmente desangrada.

Por Juan Fredi Leyva Payan.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Que ahora lo que pido es


Que ahora lo que pido es
que me dejes rozarte un poco la cara
y suave, como si fuera masa,
clavar muy despacio en tus párpados mis dedos
y apretarte los ojos
y destrozarte las fosas con mi pulgar.

Apenas
y a penas
rozarte la boca
y con todo el asco que ésta me provoca,
morderte con rabia 
hasta arrancarte los labios con sangre escandalosa.

Y pedirle a Dios 
que te perdone
y que te cure.

Pero ahora lo que pido es
que me dejes rozarte un poco la cara
y suave, como si fuera masa,
clavar muy despacio en tus párpados las uñas
y apretarte los ojos...

mucho...

para que veas.

martes, 6 de noviembre de 2012

Farolito.

Farolito que alumbras apenas, 
mi calle desierta 
Cuantas noches me viste llorando, 
llamar a su puerta 
Sin llevarle más que una canción, 
Un pedazo de mi corazón 
Sin llevarle más nada que un beso 
friolento, travieso, amargo y dulzón 

Sin llevarle más que una canción, 
Un pedazo de mi corazón 
Sin llevarle más nada que un beso 
friolento, travieso, amargo y dulzón.



Recordando una de las canciones de Agustín Lara en su aniversario Luctuoso, porque parece poesía su canto.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Muerte sobre muerte.


Imagínense como se sintió Federico cuando descubrió, al abrir los ojos, que ya estaba muerto. Un hálito de desesperación y tristeza le recorrió el cuello y al voltear, descubrió a su esposa recargada, con un rosario en la mano, sobre la cama donde se apreciaba un cuerpo inerte y desprotegido. Ese soplo en el cuello era caliente, espeso, como un chorro de vida que se esfumaba para siempre con el viento. Intentó soplar y sólo exteriorizó un asombro tremendo al observar que nada salía por su boca. “Los muertos no respiran, no seas tonto”, se dijo a sí mismo mientras se daba golpecitos en la cabeza. No sentía dolor alguno. “Con que ésta es la muerte”, dijo en un monologo sin audiencia, seco y para sí. Qué aburrida la muerte, qué aburrida. Todo se termina como empieza: un día estás ahí, sonriéndole a la vida y disfrutando de una coca-cola con hielos y una charla de mil horas con los amigos y parientes sobre temas irrelevantes porque la vida es efímera, y al otro estiras la pata y se acabó; y entonces descubriste que no hiciste nada de tu vida y te entristeces, lloras y pataleas, luego se te pasa, das el último aliento, y ves la luz.

            Un sinfín de lucecillas de múltiples colores rondaron por el alma de Federico, la cual yacía indiferente sobre su cuarto, el cuarto de la casa donde alguna vez durmió con su esposa y donde veía la televisión, las noticas y por supuesto el fútbol, nunca puede faltar el fútbol. Las lucecillas verdes, azules, anaranjadas, lo levantaron hacia el infinito y cuando llegó al cielo, se halló a sí mismo repleto de un montón de almas, espíritus inmutados que daban vueltas de un lado a otro. Notó una silueta familiar y cuando se acercó, manifestó una sorpresa al encontrarse con su padre, muerto hace más de veinte años. “De modo que este es el cielo”, aseveró Federico. “Más o menos”, respondió su padre, “es más como un ir y venir interminable de almas que giran una sobre otra por la eternidad. Muerte sobre muerte se acumula en este limbo infinito hasta explotar”, dijo el alma de un padre que poseía una mirada perdida, entristecida por dar vueltas sin rumbo durante tanto tiempo. “Qué frustración”, contestó Federico, indignado, preocupado por ese terrible destino. “No es tan malo”, dijo su padre, “es como la vida: te quedas en el limbo, esperando tu turno para llegar al final del camino cuando ¡puff! Tu alma se desvanece y te conviertes en energía y alimentas a alguna estrella lejana. A Raymond, mi amigo desde hace quince años, el cual se hallaba enfrente de mí le sucedió eso hace ya tiempo, un día mientras esperábamos como siempre en la fila. A fin de cuentas hijo mió, así es la muerte por lo que debes irte acostumbrando”, afirmó aquel padre a su hijo mientras observaban, a la distancia, a dos personas, una mujer oronda y horripilante, y a un hombre que parecía ser su esposo, desintegrarse en millones de partículas, como una lluvia de diamantina excelsa  y brillante que alimentará a los astros por la eternidad.
 
Alan Santos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La promiscuidad de las ilusiones

Quizá quería ocultar el
radiante sol de verano,
coagularle con la sangre
de traición a hermano;
ahora quedo sepultado
por las otoñales ojas…

Que bellas son las blancas perlas
cuando caen del cielo
humedeciendo de deseo

Como el fresco roció;
viento prodigioso
bajo el calcinante sol,

este sol que ha calcinado
a golpe y ley mi tierra
y torrentes aguaceros

que ha podrido las raíces
de este tronco sin barnices.

Como el fresco roció;
viento prodigioso
bajo el calcinante sol.

¡Oh¡ bandera sin colores,
nación de desilusiones,
promiscua de desilusiones,

háblame de tus desamores
y de tus ahogadas flores;
marchitas sensaciones…

De tus siglos y pasiones…

Oh tricolor, oh tricolor, oh…



Por Alx Godinez.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Kilómetros de vida


Hoy desperté a kilómetros de vida lejos de ti. Curiosamente lo hice más temprano que nunca. Sin sueño, sin estrés. En el desayuno me bebí tu recuerdo en una taza de café y lo acompañé con un pan rancio como mi historia pero dulce como mi libertad. La ducha fue breve como eterna, tardé sólo un momento en lavarme todas las impurezas del ayer, pero largas fueron las horas en las que masajeé con shampoo un mundo de pensamientos. Me vestí con las ropas de tu ausencia, remendadas con la tela del olvido y la prosperidad. Después agrupé un sinfín de ideas, anécdotas y aspiraciones, las guardé dentro de mí boina y con ella cubrí mi cabeza. Afuera hace frío, nieva. Pero adentro es cálido, acogedor. Tomé mi mochila llena de dudas, de expectativas y salí una vez más rumbo a la aventura, esa, a la que llamamos vida. Emprendí una vez más mi camino a kilómetros de vida lejos de ti y mientras pensaba en todo y en nada recordé, que hoy se celebraba una festividad. Tal vez un aniversario, quizás navidad. No importa, es lo de menos. Es un buen pretexto para regalarte un beso, un cuento, un escrito más.

Por Hugo Garciamarín.