lunes, 11 de febrero de 2013

Viaje sin final.


Te ves reflejado en un sucio espejo de baño. Tu mirada se observa cansada y sin sentido. Estás harto del trabajo: revisar papeleo, hacer llamadas, realizar hojas de cálculo, escuchar a tu jefe insultando a todos y recibir reclamos y regaños absurdos de acciones que sabes que no has cometido. Sin embargo, el queridísimo e “imbécil” del jefe, el cual se siente dueño de tus acciones, soberano de tus actos, amo y señor de tu pago quincenal, alfa y omega de tu destino laboral, no tiene a quién más culpar.
Lavas tus manos para después pasarte el agua fresca por tu cara, y sentir las moléculas de hidrogeno y oxigeno (maravillas de la química y el mundo natural), revitalizarte, revivirte, hacerte decir por un segundo en tu ardua labor de oficinista:
 –Me siento tranquilo, a pesar de estar en este mugriento baño que es el único lugar en todo el maldito edificio en el que puedo relajarme aunque sea momentáneamente. Odio que sea sólo: momentáneamente. Por qué no puede existir algo eterno, algo perpetuo, algo que simplemente exista y nunca termine. Dicen que el universo es eterno pero, cómo lo saben. Dicen que hubo un inicio, todo inicio tiene un fin, un propósito, algo por lo que fue creado. El universo fue creado para albergar una infinidad de galaxias –comienzas a divagar–, que a su vez contienen sistemas solares y éstos, planetas; algunos presentan vida otros no, y los que poseen vida tienen una gran cantidad incontable de seres vivos, entre ellos plantas, hongos, bacterias, animales, y todos ellos tienen un propósito, un fin. La pregunta sería –te cuestionas–  ¿Cuál es mi propósito en la vida? He sido incapaz de encontrarlo pero…
Tu perfecto monologo es interrumpido por el estrepitoso sonido de alguien tocando la puerta del baño repetidas veces, y diciendo con alterada y molesta voz:
–Órale, apúrate. ¿Qué estás haciendo ahí? Vas a dar a luz o por qué tardas tanto. Necesito que realices un informe completo de las ventas netas del mes anterior para…
Tus oídos deciden apagarse y desvías tu mente hacia otro lugar más apacible y armonioso. Sólo cuando vas al baño a liberar el alma y a observar tu reflejo desgastado en el sucio retrete, te sientes libre. Redimido de tus más grandes dolencias tanto físicas como emocionales, psicológicas, fisiológicas, existenciales, personales; te sientes parcialmente feliz en ese pequeño lugar de salvación temporal. Sales del baño al terminar lo que tú denominas como “tiempo de descanso momentáneo” para volver a utilizar el grillete de ese intolerable cautiverio, del estar encadenado a esa prisión infinita que eufemísticamente llamas trabajo. No recuerdas cómo fue que conseguiste esta ocupación que tanto te desagrada. Tienes memorias vagas, cuestionables, dudosas, y sientes que todos los días son exactamente iguales, pero no es una sensación de rutina o de cotidianeidad, es algo desemejante, desigual.
Finalmente llega la hora de salir y para colmo tu auto está averiado y el obeso mecánico que te cobró una fortuna por repararlo, te dijo que estaría listo hasta dentro de una semana. No te queda de otra más que abordar el maloliente y repulsivo transporte público que tanto odias. Sabes que es el único que te da la facilidad de acercarte lo más posible a tu hogar. Por un momento piensas «caminaré a casa» mas recapacitas y prefieres tomar el transporte público, que llegar a tu hogar más cansado de lo que ya te encuentras. Por suerte el metro queda cerca de tu trabajo y es la opción adecuada para regresar de la odiosa faena de la oficina. Ese tren anaranjado y desgastado lleno de gente hedionda y pestilente, es tu boleto de ida a tu paraíso personal, a tu perfecto edén, pero consideras que la travesía resulta peligrosa, riesgosa y duradera, tu odisea personal. Caminas algunas cuadras, portando disimuladamente el portafolios negro en la mano izquierda, y ocultas la derecha en un bolsillo de tu pantalón mientras cabizbajo observas el manchado suelo que pisas. Prefieres verte los zapatos lustrados y boleados que hacen contraste con el ardiente pavimento, que entrelazar la mirada con alguien más.
Te detienes por un momento y dejas tus cosas en el suelo para que de esta forma puedas hurgar en tus bolsillos. Sacas la cajetilla de cigarros y después localizas con tus manos blancas y huesudas, el condenado encendedor. Lo encuentras y decides abrir la cajetilla y deslizar suavemente entre tus dedos un cigarrillo el cual deseas con fervor como un adolescente deseando su primera relación sexual, su primer contacto amoroso de calentura insaciable. Lo tienes entre tus labios, lo saboreas, lo hueles, lo anhelas, piensas: « No hay nada mejor que un buen cigarro después del trabajo» y suspiras ansioso y decidido por dañar tus pulmones considerablemente sin preocupación posterior. Prendes el tabaco y el primer contacto con el humo te da fuerzas, te reconforta. Sabes que eso te matará más rápido de lo que se supone que te queda de vida, pero no te importa, amas al cigarro demasiado, aun a costa de tu vida, de tu existencia.
Ves a la distancia un típico taxi con el maravilloso letrero que dice: “desocupado” y deseas levantar la mano y hacer la señal de abordaje para que el taxista se detenga y subas felizmente a un trasporte más cómodo, más personal. Pero como un chispazo, como una bombilla encendiéndose en tu cabeza recuerdas que actualmente posees poca plata y para tu pago quincenal faltan unos tres días. Eso te molesta, te enferma, te hace hervir la sangre y miras con molestia al taxi seguirse de frente y desaparecer para siempre en la jungla de cemento. Ahí piensas: « Maldición, no me queda de otra,  tendré que ir con todo este tumulto de personas amontonadas como cerdos en un corral, sin libertad. Pues ni qué hacerle, no hay de otra, ni modo» y recoges el portafolios para continuar caminando, absorto del mundo que te rodea, fumando de una manera tan nerviosa que es típica en ti.     Sientes las terribles miradas de la gente alrededor y una señora de aspecto demacrado te estira la mano pidiendo limosna. Tú ni la volteas a ver, no te interesa, no le prestas ni la más mínima atención, por lo que ella comienza a decir cosas en un idioma extraño e incomprensible que no identificas, ni planeas identificar.
Llegas a la estación del metro, te detienes en la puerta principal, y contemplas el ir y venir de las personas entrando y saliendo interminablemente por esa puerta que ante tus ojos se asemeja a las fauces de un hambriento león deseoso de verte entrar y saborear tu jugosa piel, tu exquisita carne, tus comestibles y tiernas entrañas, tu reluciente cabello obscuro; tus ojos color miel que reflejan un miedo inconsciente que te hace parecer un pobre hombre asustado. Deleitas tu cigarro esperando que aquel tabaco nunca se acabe. Quieres que ese momento sea infinito y que te quedes ahí el resto de tu existencia, disfrutando de aquello sin ninguna molesta interrupción. Sólo tú y nadie más que tú. Haciendo prácticamente nada, más que fumando a gusto. El cigarro se termina, y con él tu instante de estar contigo mismo. Lo sueltas y lo dejas caer al sucio suelo para después pisarlo y comenzar a caminar dirigiéndote directamente hacia la taquilla, colocar tres pesos en el mostrador y que una señora de voz incierta te entregue el boleto que te llevará directamente al inframundo desconocido. Al infierno que tanto odias y temes. Colocas el boleto en la maquina la cual te da acceso al atestado transporte colectivo y caminas con paso inseguro, paso incierto y cauteloso. Caminar, caminar y caminar para después caminar. Bajar escaleras. Volver a caminar. Balancearte entre las otras personas evitando cualquier tipo de contacto y detenerte en algún punto a esperar a que llegue el metro.
Despistado y sin humor, ves la desgastada línea amarilla en el suelo que sirve como límite para esperar a que el tan codiciado tren anaranjado arribe a la estación. Vislumbras como comienza a acercarse y aprietas tu puño. Preferirías estar en cualquier otro sitio en vez de hallarte allí, en tierra desconocida y misteriosa. El metro llega y se detiene. Entonces la gente se amontona en cada puerta y en ese segundo percibes un olor desagradable en el ambiente: huele a humanidad estancada. A gente cansada de una larga jornada laboral. Cansada de otro día de trabajo: otro día agotador para llevar el pan a la casa, la comida a la mesa.
Intentas averiguar lo que pasa por las cabezas de las demás personas y  te imaginas sus voces, transitando por tu pensamiento como culebras zigzagueantes que no dicen palabras concretas.
El transporte hace un estruendoso ruido y de repente se abren las puertas y un puñado de personas se dispone a salir apresuradamente, y al estar afuera tú y otra conjunción de seres entra al metro apretándose, empujándose, molestándose, buscando un lugar para sentarse o algún sitio para estar un poco más cómodo durante la travesía.
«Oiga déjeme pasar», «no estorbe», «me da permiso por favor», «…y entonces yo estaba ahí güey y le dije…», «alguien me tocó que le pasa. Qué naco», « ¡cámara! », Es lo que escuchas siendo un distraído pasajero que prefiere oír sus pensamientos. Centras toda tu atención en lo más nimio, en lo más insignificante, en aquello que nadie se molesta en admirar debido a que su vida atareada no les permite darse el lujo de contemplar lo que tú contemplas. Le das formas a las nubes grisáceas de la ciudad y creas con la mente un gracioso elefante con una sombrilla rota, un señor muy viejo con unas alas enormes, un pequeño niño que juega con su pelota, la cara de un furioso coyote y una hermosísima mujer que baila alegremente en el cielo. Mientras el metro avanza, oyes murmullos, alaridos, un bebé llorando, comerciantes ambulantes vendiendo productos diversos; a un hombre de traje muy fino hablando con alguien, unos señores de aspecto campesino discutiendo de cosas sin sentido, y por alguna razón que no conoces sientes que ese exacto momento ya lo has vivido teniendo en cuenta que eres una persona que no  frecuenta este tipo de trasporte.
 La persona que se encuentra sentada delante de ti te observa fijamente y no aparta su mirada hacia otra dirección. Te sonríe pero su sonrisa no parece un gesto común, parece un gesto desagradable y horripilante que te asusta, te hace sentir pavor. Decides tratar de ignorarlo y seguir viendo eses grandiosas nubes, sólo que esta vez ya no distingues formas graciosas o agradables, ahora lo único que ves es un violento nubarrón que está dispuesto a dejar caer su lluvia ácida en la metrópoli. Es ahí cuando piensas: « ¿Dios?» y de repente recapacitas y vuelves a pensar: « ¿Por qué pensé eso? No tiene sentido. Pero no sé, siento todo este ambiente muy familiar. ¿Déjà vu a caso? Odio este lugar».
Escuchas la voz en la bocina que dice: «Próxima estación Barranca del diablo», y casi al mismo tiempo percibes un rayo que estremece tus oídos,  por lo que supones que cayó cerca de donde te encuentras porque los sonidos los percibes con relativa cercanía. No puedes ver más allá de lo que está enfrente de ti debido a que en las últimas estaciones se ha subido una buena cantidad de personas que te imposibilitan  ver la ventana, sin embargo eso te alegra en parte porque el sujeto que te miraba ya no puede hacerlo. Aquella mirada incapaz de tolerar no es percibida por tus cansados y desvelados ojos.
De la nada el sueño te atrapa y todo el cansancio que tenias resulta ganando. Tus soñolientos parpados se entreabren y poco a poco te sientes flotando en un vacio infinito, dirigiéndote directamente a un increíble sueño desconocido que te espera impaciente del otro lado.
Sueñas que te encuentras en la cima de una empinada montaña cantando una canción en un lenguaje desconocido y por alguna razón te es casi imposible bajar de esa cúspide. A pesar de todo cantas y cantas sin que nadie te moleste y eso te agrada, esa soledad es mucho más que perfecta. En tu sueño el alba se acerca y sin entenderlo del todo, sientes una molesta angustia y un insoportable nerviosismo que te eriza la piel. Mas el simple hecho de haberte sentido parcialmente feliz te hace estar un tanto relajado, un poco confiado e inseguro al mismo tiempo,  tranquilo y preocupado, y todo esto sin saber realmente por qué. Al parecer todo eso se verá acabado cuando…
« ¡Vamos a chocar!» Escuchas. Y abruptamente despiertas de aquel sueño. Ves a toda la gente asustada y golpeando las puertas buscando una manera de salir, rompiendo los vidrios para intentar huir por las ventanas. Arañando las paredes en un pánico total irreversible por el hecho de que la colisión es inminente. Lo último que escuchas en las bocinas es: «Próxima estación Villa Cruz, ningún pasajero debe permanecer a bordo…», y miras asustado la cabina del conductor al cual le es imposible detener el desquiciado tren. La máquina infernal se dirige directamente hacia ti o, ¿tú te diriges hacia ella? No lo sabes, comienzas a perder la cordura y tocas tu cabeza tratando de entender lo que sucede.
Gritos. Reproches. « ¡No quiero morir! ¡Dios mío! » Empujones. «Padre nuestro que estás en los cielos… « ¡Ahh! » «Mami que es lo que está pasando». Susurros con plegarias buscando una salvación. « ¡No puede ser!». Gritos desenfrenados en busca de ayuda. Gente corriendo por todo el vagón esperando que algún milagro los salve. Plegarias. Sudor que corre por la cara de las personas asustadas. Lagrimas tristes y secas que escurren por las mejillas sonrojadas de dulces niños, de mujeres bellas y de ancianos que aguardan su final. El impacto es inminente y tus sentidos empiezan a agudizarse. La adrenalina corre libremente por tu cuerpo, no sabes cómo deberías reaccionar, el shock es persistente, abrumador y no te deja ni hablar. El hombre que te observaba hace rato no aparta sus ojos de los tuyos, y continúa sonriéndote con esa malicia incontenible e indeseable. Con esa maldad única e irrepetible. Tú lo miras con rareza y cuando menos te lo esperas mueve los labios y dice:
–Este viaje resultó agradable, hace algo de frio pero se está a gusto aquí ¿No crees?
Sus palabras te confunden, y un sentimiento de ira viaje por tu cuerpo, piensas: «qué rayos le pasa a este imbécil, cómo se le ocurre decir esas cosas en un momento así».
Deseas golpear a ese hombre. Te levantas, colocas tus huesudas manos sobre su chaqueta y lo alzas haciendo que sus pies queden flotando, elevándose del piso y es en ese instante cuando vuelve a hablar. Dice:
–Pecado, pecador. Muchacho yo sé que te gusta este viaje. Es intenso. Lleno de las emociones que no te da tu aburrido trabajo o ¿me equivoco? En fin, mi parte favorita a continuación.
Levantas el puño dispuesto a golpearlo repetidas veces con ira y sin piedad. Sabes que en parte tiene razón y su sonrisa es detestable, él te observa y no se inmuta, tú sueltas el golpe y cuando tu puño impacta en su cara pierdes la conciencia. El choque ya se ha dado.

 
***
Despiertas. Abres los ojos lentamente y sientes caliente el rostro. Yaces en el suelo un tanto aletargado, cubierto de múltiples escombros. Oyes a lo lejos una gran cantidad de sirenas. Deduces que son de ambulancia y crees esperanzadamente que vienen a rescatarte.
Al recuperar la conciencia un poco más descubres un gran charco de sangre debajo de ti, creciendo, irrigando el piso, convirtiéndose en un lago rojo más y más grande. Haciéndose gigantesco. Devorando el color original del piso que tocas intentando ponerte de pie sin conseguirlo. La sangre debajo de ti te pertenece, pero no eres el dueño total de aquello porque es sangre mezclada. Sangre proveniente de otros pasajeros que mueren con lentitud alrededor de donde tú estás.
El levantarte ya no es una opción posible. No puedes debido a que al despertar y recuperar la conciencia completamente, te diste cuenta del enorme tubo de acero que te atraviesa el estomago. Ese lugar es por donde sale el líquido preciado que te permite vivir y que a cada segundo se agota en tu interior, llevándote a una muerte sumamente lenta y agonizante.
Buscas al hombre al que golpeaste por todos lados sin encontrarlo. No ves a nadie, sin embargo escuchas los desesperados lamentos de dolor que provienen de todas partes,  de todas direcciones.
 Afuera llueve, lo puedes escuchar, sabes que el violento nubarrón que viste a lo lejos ya se encuentra encima de la ciudad, inundando sus calles, sus parques, sus casas virreinales, su arquitectura modernista, sus edificios urbanos, sus caros departamentos, sus chozas construidas de lamina y sus metros desgastados que colisionaron y que al estar destrozados permiten que algunas gotas de lluvia caigan sobre tu frente. El humo se eleva pero no te permite ver nada. Con tus últimas fuerzas gritas, pides ayuda, deseas que alguien llegue y sea tu salvación pero nadie acude, estás solo.
Piensas que no te queda mucho tiempo y hubieras deseado que tu muerte no fuera en un vagón de metro y a tan pocos metros de tu hogar. Sarcásticamente dices:
–Qué muerte tan digna.
Cierras los ojos poco a poco pero ahora tu situación ha cambiado. No los cierras para tomar una siesta, sino para dormir por la eternidad. Dormir y nunca volver a despertar. Irte del mundo de la misma forma en la que llegaste. Apartarte de tu cuerpo y dirigirte hacia lo desconocido.
Das tu aliento final de vida y luego sientes fresca la cara, como revitalizada, y las manos mojadas, frías; todo se olvida. Tus memorias pasan delante de ti como ráfagas de viento, suspiros en una noche invernal. El mundo se torna negro, borroso y vuelves a abrir los ojos, sin recuerdo alguno. Te ves reflejado en un sucio espejo de baño. Tu mirada se observa cansada y sin sentido, estás harto del trabajo: revisar papeleo, hacer llamadas, realizar hojas de cálculo, escuchar a tu jefe insultando a todos, y recibir reclamos y regaños absurdos de acciones que sabes que no has cometido, sin embargo, el queridísimo e “imbécil” del jefe, el cual se siente dueño de tus acciones, soberano de tus actos, amo y señor de tu pago quincenal, alfa y omega de tu destino laboral, no tiene a quién más culpar…

domingo, 10 de febrero de 2013

Vi a una muchacha


Vi a una muchacha,
Guapa y muy linda.
Un día casi me cacha
Pues su risa robó
De mi una tonta sonrisa.

Subí a la azotea
Para buscar con destreza
Una señal,
Pero no encontré nada,
Sólo una vieja polea.

Como muy animado
Me quedé pensando
Pero no encontré palabras
Ni ponerme las cosas claras

En vez me rompí.
La siguiente vez que ella me vio
Yo no supe decir nada
Más que un torpe: “¡caracol!”.

Ella rió
Y así yo esperé
Un simple “Adiós”

Cerré los ojos
Y sentí su mano en mi brazo
Mi corazón se paró
Y no sólo eso
Sentí un temblor.

Pues abrí los ojos
Y ella me vio.
Con cariño y confusión
La vi de regreso
Y ella mi mano tomó

Me dijo: “ya no seas menso,
Y mejor dame un beso”

Por Sebastián González de León y León.

jueves, 7 de febrero de 2013

Cavafis nos dijo


Cavafis nos dijo:
“Lo que importa es el viaje
no el destino”
y bien cumplidas
se hicieron sus palabras.

Unas veces pensé:
“Quizás estoy perdido
o quizás, en realidad
no hay camino”

Pero no he tenido
todavía mejor viaje
que haberte conocido.

Y no, no fue destino
pues sólo lo sabemos
cuando una puerta se cierra
y eso,
aún no lo he tenido

Pues si hubiera destino
¿Qué otro placer en la vida habría
que las palabras que compartimos?

Por Sebastián González de León y León.



miércoles, 6 de febrero de 2013

Espectador.

Ven marea del cielo acongojada,
suprime la rima fatal vacía de fe,
envuelve mis poros contagiados,
no dejes que enferme más
por esta vida tan escurridiza.
Detén la masacre, hazme insobornable,
no dejes que mis creencias divaguen
deambulando medias muertas en la vida.

Algo me ha detenido, voluntad piadosa.
Voy hacia lo hogaño; mi fondo insobornable,
    ese que mueve al hombre por su cinismo,
       por su verdad subjetiva entrañable.
Encontré el camino del hombre libre,
sendero que he de seguir si quiero burlar
                        a la marea fatal,
elijo cada ajetreo donde me encuentro,
                       ahora soy él...
Soy el espectador.


Por Carlos Osorio.

martes, 5 de febrero de 2013

"The beggining"

Él la vio, sentada ahí, sola en aquella parada de autobús. Ella lo vio, cruzando la calle acercándose de pronto. Ellos, se vieron. Sin más preámbulos, sonrió y ella también. Se sonrieron por primera vez. No sabían que esa sería la primera sonrisa de muchas entre ellos.
Tomaron asiento, la acompañaba sin decir una palabra, Solo quedándose ahí, disfrutando del sol que iluminaba esa cara. Se animó a hablarle, justo cuando se alejaba, le dijo su nombre.
Ella jamás olvidaría ese nombre.

Se fue, él se quedo, preguntándose si en algún momento volvería a encontrarla. No sabía nada de ella. Solo que estaba ahí, esperando.
Paso mucho tiempo hasta su siguiente encuentro, pero ninguno de los dos habría olvidado esas sonrisas, que prometían otro encuentro.
Sin adivinarlo, la casualidad más grande de sus vidas, los puso en el mismo lugar, como si hubiese sido algo más que eso, una casualidad.

Era un lugar enorme, pero a sus ojos parecía una pequeña habitación, lo vio cruzar por la puerta principal de ese salón, tal alto y distinguido, con un semblante de pocos amigos. Dudo por un momento de su presencia, pero abrió sus ojos y se dio cuenta que no era falso, no podía ser otro más que aquel chico de la sonrisa de niño. Con paso incierto, pero decidida se acerco a él, le toco el hombro con una caricia suave, instantáneamente el mundo se volteo para ellos dos. Se conocieron por un par de horas, pero no necesitaron más para saber que en ese momento comenzaría el resto de sus vidas.
 
 
Por Arai G.

lunes, 4 de febrero de 2013

Amor en cuatro tiempos (Última parte).


Fuck you, you hoe, I don´t want you back.

–Creo que las cosas se están tornando un poco complicadas. Julieta y yo hemos estado un poco distantes y peleando más seguido que de costumbre. Espero que no sea nada grave pero entre mi trabajo y el suyo y sus clases de tejido, y las de baile casi no tenemos tiempo de entablar una conversación seria y duradera para arreglar la situación.
            –Vamos Santiago no te desanimes amigo, apoco vinimos a este bar a lamentarnos. –murmuró el amigo de copas de Santiago mientras mordía quisquillosamente los cacahuates de la mesa.
            –Perdóname querido amigo pero es que no lo puedo evitar. Siento que mi estabilidad emocional está por lo suelos. Es por eso que te pedí que viniésemos a este lugar, pero no quiero enrollarte y transmitirte todas mis desgracias con varias copas de más.
            –Santiago, por favor no pienses así. Para qué son los amigos sino para dar consejos en las buenas y en las malas. No te desanimes. Sabes que puedes confiar en mí. Siempre y cuando te invites las cervezas, claro –bromeó el amigo de Santiago.
            En un anticuado bar del centro de la ciudad, dos amigos se reunieron para convivir entre copas, platicar de diversas situaciones inesperadas y servir de psicólogos privados el uno al otro. La cerveza espumosa sirvió de catalizador de emociones y los consejos espontáneos, de recetas exactas para solucionar los problemas cotidianos que consternaban sus vidas. Las trivialidades y discusiones cíclicas tomaron una importancia significativa mientras el nivel de alcohol en la sangre aumentaba, y el aprecio mutuo simulaba crecer entre mas palmadas en la espalda se diesen los dos. Tras unas horas Santiago se tornó impaciente y mirando su reloj comenzó a desesperarse. Miró hacia todos lados dentro del bar y un nerviosismo lo invadió de la nada tomándolo desde la punta de los pies, hasta el centro del estomago. Pidió la cuenta y sin explicar las razones de su comportamiento se despidió de su amigo y se dirigió tambaleante a su automóvil. Abrió la puerta del carro y al entrar la cerró. Se mantuvo estático con las manos en el volante durante severos minutos, y sin razón aparente comenzó a llorar en silencio. Un chaparrón empezó a hacer presencia en el exterior del coche como si el cielo llorase junto a él comprendiendo sus miedos y pensamientos más profundos. Se secó las lágrimas con un pañuelo y encendió el motor sin pestañear.
            Manejó callado, atento en el camino, con la música del estéreo como ambiente silente de sus pensamientos. Cruzó el segundo piso, diversas calles con nombres irreconocibles y una gran cantidad de semáforos repletos de vendedores ambulantes, limpia parabrisas y vagabundos. Llegó a su hogar, arribó al lugar donde él, su esposa y su pequeña niña vivían para encontrarla totalmente vacía, sin un alma que lo recibiera con un caluroso gesto de bienvenida.
            Se acostó en el sillón y prendió el televisor. Se perdió en programas baratos e hilarantes sobre temas intrascendentales hasta que el aburrimiento lo envolvió por completo, y se vio obligado a subir las escaleras e ir a buscar un libro para matar el tiempo. Atravesó el cuarto repleto de juguetes de su hija, el baño azulado del pasillo y la habitación de él y su esposa hasta llegar a su despacho. Hojeó ciertos libros y cuando uno de tantos lo convenció, lo tomó y se dispuso a regresar a la sala y pasar un rato agradable entre las letras y él. Quizás fue la casualidad, o un mensaje de la divina Providencia que lo obligó a virar la mirada hacia su habitación y entrar para revisarla. Al mirar en la cama notó que su esposa había dejado el celular. Lo recogió y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Bajó las escaleras y se detuvo en la sala. Al sentarse se percató que la lectura del libro comenzaba a perder importancia. Lo que le empezó a carcomer la mente era el celular de Julieta. Deseaba revisarlo, investigarlo, desentrañar los enigmas, la vida más intima de su mujer. Pero no quería invadir lo más oculto de su esposa. Lo pensó una y otra vez. No podía evitarlo, necesitaba saber el contenido del celular. Pensó que si lo revisaba encontraría algo que le ayudaría a mejorar su relación tan enrevesada, tan intrincada; y que sería capaz de solucionar todos los problemas que lo acongojaban, que le revolvían los pensamientos y no le daban un segundo de tranquilidad.
            Sacó el celular de su bolsillo y dio comienzo a la revisión de las fotografías de los viajes por el país, las canciones de artistas populares contemporáneos y los números de contactos que aparecían como catarata por la agenda. No percibió nada fuera de lo común hasta llegar a la única parte que le hacia falta: la de los mensajes de texto.
            La expresión en su rosto se transformó por completo al descubrir la enorme cantidad de mensajes destinados a un solo número. Sin embargo, eso no fue lo que más lo pasmó. Leyó mensaje tras mensaje, hasta que no pudo soportarlo ni un instante más y arrojó el celular con un dejo de desprecio. No podía creer lo que los mensajes decían, no era capaz de entender –o simplemente no quería entender– las palabras digitalizadas en aquél aparato. «Dónde estás querido te estoy esperando», «te necesito a mi lado, Santiago no está en la casa puedes venir», «le dije a Santiago que iría a mis clases de baile, te veo en tu casa».
            Santiago se sintió despreciado, utilizado, menospreciado. Un sentimiento de ira invadió su cuerpo. No podía creer que su esposa lo estuviese engañando y menos de esa forma tan descarada y poco sutil. El deseo ferviente de golpear hasta matar al sujeto con el que Julieta salía lo asaltaba por completo. Quién era aquel bastardo que se acostaba con su mujer. Quién era tan poco hombre como para no mostrar su rostro.
            Tomó el celular del piso y revisó los números hasta encontrar el que más se repetía en la lista de mensajes. Cogió su celular con la otra mano y digitó el número. El beep entrecortado en la bocina le corroía el alma. Esperaba maldecir hasta la eternidad al sujeto que le contestaría del otro lado. Atendieron el celular. Una voz ronca le respondió del otro lado. Santiago no dijo nada, no murmuró nada, no se atrevió a manifestar inconformidad alguna. Colgó.
            Una nube de sentimientos aprehendió su corazón y se desvaneció cayendo en el sofá. Al pasar varios minutos regresó en sí. Se tocó la cabeza en repetidas ocasiones. Conocía la voz, la recordaba. Cómo podría olvidar esa voz ronca, carrasposa y grave que lo había acompañado tantos años de su vida a él y a su madre. Revisó la agenda buscando un número en particular. Lo marcó. Una voz femenina le replicó del otro lado.
–Julieta, habla Santiago. Sé que te molesta que te marque al trabajo. Necesito hablar contigo. Te veo en el café Libertad a las ocho en punto. No llegues tarde.   
 
Alan Santos.

domingo, 3 de febrero de 2013

La invención de Ugarte.





Pasaban las dos de la mañana, Don Alfredo Ugarte continuaba trabajando con sus múltiples herramientas de precisión sobre su más nuevo invento.  La oscuridad le acompañaba bien; eso y la ventana del comedor muy abierta, para que el viento entrara a su merced y saliera cuando quisiera, pues mantenía un ambiente frío, fresco y en movimiento.  La única luz que alumbraba en esos momentos le daba un aire de seriedad a la situación que Don Alfredo disfrutaba mucho, le hacía sentir como un completo agente secreto.

Súbitamente, nuestro amigo escucha pasos pesados en el ático. Botas que marchaban cual canción fúnebre. ¡Seguro que esta era su última noche en el mundo de los vivos! ¡Habían descubierto su más nueva invención, su precioso artefacto hecho cuidadosamente por sus regordetes dedos!

Don Ugarte comenzó a sudar frío, abrió bien los ojos, por aquello de cualquier sombra que se moviera tras un sillón, silla, piano, puerta, cualquier cosa. Se despeinó del miedo. Guardó el preciado objeto en la bolsa de su pantalón pinzado, decidió subir sigilosamente al ático, sin saber qué podría hallar ahí. El crujir de la escalinata de madera lo ponía más nervioso. Siempre pensó que eran los alaridos de su viejo hogar rogando por un poco de mantenimiento.

Los sonidos no cesaban. Cuando llegó al ático, abrió la puerta raudo y veloz cual ágil saeta y le sorprendió lo que encontró dentro. Nada más y nada menos que un agente del gobierno, enviado probablemente en busca de su objeto conspiracional. El agente buscaba con desesperación entre las cajas misteriosamente llenas de paja algo que, en el mejor de los casos, ni él comprendía. Sintió la presencia de Don Alfredo detrás suyo, y volteó firme, sin temor.

Lo miró con aquellos lentes oscuros bajo el ala de su elegantísimo sombrero negro. Ni una mueca, absolutamente inexpresivo. Intimidando al señor Ugarte como el gato que ha arrinconado a un ratón indefenso, pero astuto.  Le tomó el brazo que tenía más bien la consistencia de un salchichón y dijo con una voz árida y muy grave, abismal: “Usted, señor Ugarte, tendrá el honor de acompañarme” –Pe, pe, pe pero… ¿a dónde vamos?- Tartamudeó Don Alfredo.
La respuesta lo dejó tan sorprendido como los pasos en el ático de su pequeño hogar: “Eso, a usted no le concierne.”

Y así fue como Don Alfredo Ugarte, comenzó un largo viaje con los ojos vendados al país de nunca jamás, porque nunca jamás lo volvieron a ver, ni a escuchar sus chistes, ni nada, desapareció. Inclusive se llegó a pensar que el habitante de aquella casita de madera en mitad de la carretera nunca había existido y había sido una simple alucinación de todo el poblado de San Juan Copala.

Por Sara Monterrubio.