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lunes, 13 de mayo de 2013

Agua y espiga


Cuando vi el trigo en tus ojos supe

Que me había salvado del hambre

Y al penetrar el mar en tu vientre
Que estaba a salvo de toda sed


Cuando vi que la sal de tus ojos
Mojaba el desierto de tus labios

Supe que habitaban en mi boca tus silencios


Pero cuando regresaste al fuego
Y las llamas consumieron tu alma
Y el trigo y el mar fueron ceniza

Cuando todo se sembró de las tinieblas

Supe otra vez de la sed y el hambre

Y tuve miedo...


                                   Hernán Sicilia (23)

lunes, 6 de mayo de 2013

De Cristal

Fría. Diáfana. Inerte en el muro. Distante. Ajena. Reposa en dirección al horizonte. Trata de abrazar al viento, pero éste se estrella en su cuerpo: liso, transparente, cristalino y limpio. Su cuerpo terso y duro, a la vez que delicado y transparente, afoca las escenas de la vida. Atrás de ella a veces se aprecian los atardeceres rojizos, y cerca del mar siente su brisa. Otras veces ha sido testigo de anocheceres; hasta ha reflejado el brillo de las estrellas y ha vivido la blancura de la luna. Pero ningún astro ha sido tan profundo como el claro espesor de su existencia. De grandes dimensiones protege sus dominios; es inocente, delgada, pero imponente como cortina de hierro. No deja al aire; le impide el paso. Es maravilloso pensar que está hecha de arena y se ve tan resistente. Es de arena fundida y corre el riesgo de quebrarse, en un estruendo estrepitoso y caer en llanto; o simplemente desmoronarse y sus partículas cual polvo se las lleve el viento. Pese a los riesgos de fisurarse, ella sigue templada y abierta a la mañana. Hay viento… lo escucha y trata de imitarlo, pero su imitación es en vano y suena opaca. Continúa ahí, invisible como siempre, seria, sin expresión. Se fue y ahora permanece en mi memoria; en el recuerdo del olvido. La sigo viendo, de pié en la pared de la casa que bordea el océano; despidiéndose de mí desde el alba al ocaso. La ventana de la sala reposa inerte en el muro… fría… diáfana… distante; y ajena…

Por Hernán Sicilia (16).

lunes, 22 de abril de 2013

Hoja de otoño [Fragmento]


Todavía,

las hojas otoñales
no han caído.

Como gotas de lluvia.

* * *

Y he visto

las lluvias amazónicas,

* * *

la tenue turbación
de una granada,

entre tu pubis,

* * *

las sombras que al ocaso
el cielo rasgan,

* * *

el mar
que ocupa el mármara,

una gota

la miel de todo el ámbar,
el semen de los álamos, dorado,

* * *

el suave ondeo de agua bajo el cisne,
lo blanco de su cuello,

su cuello duplicado en ese espejo,

* * *

el globo del planeta en una lágrima,

* * *

la noche más obscura en tu pupila,

la chispa que le brota
dese el fondo,

resplandor que eclosiona
el universo.

* * *

La hoja se desprende de la rama;
la gota, de la nube.

                              Hernán Sicilia (23)

lunes, 15 de abril de 2013

LA NOCHE ENTRE DIAMANTES




Mirar en tus ojos
los diamantes que yacen en lo negro del cielo,
tumbado hacia el abismo
con la herida abierta
de la tierra fecundada,
con el grito atrapado en la mirada
y el silencio envolviendo nuestra carne.

Mirar en tus ojos
el chispazo del sol
sólo un momento,
cegando a los diamantes y lo negro;
y el fuego en que te vuelves cuandö amas;
y luego regresar a los pozos del vacío,
la nada entre tinieblas.

Mirar en tus ojos
mis manos balbuceantes
alargándose al cielo que se abisma
por rozar aunque sea la luz de los diamantes
y llevarse un pedazo de tu voz
para pan del silencio de mis labios.

Tumbado hacia el abismo
con la herida abierta
y la yerba creciendo en nuestra tierra.


                                    Hernán Sicilia (23)



lunes, 8 de abril de 2013

CARTA PRIMERA


¿Por qué no terminamos de una vez con lo que nunca comenzamos? Si ya son muchas las pruebas que no superamos, y si sirviendo tanto así, nunca pudimos suspirar sintiendo los aires del amor. ¿Por qué nos dejamos llevar por ese mar de sentimientos, que a primera vista parecían enervantes; y después fueron la peor catástrofe del mundo? Eso, mi amor, es lo que nunca comprendimos. ¿Por qué no dijimos no desde la primera vez? Tan fácil que parecía, azul de mis días, luna de mis noches. No comprendés que la vida, si no es para vivirse, no es para dos. Tal vez presumimos de saber lo que hacíamos; tal vez nos jactamos de amarnos mutuamente. Pero al final comprendimos, que las cosas hermosas, no eran para nosotros. Vos fuiste siempre tan auténtica, mientras que yo, solía ser el ser menos flexible de la Tierra. ¿Cuál fue mi atrevimiento? pregúntome siempre. ¿Qué fue de lo que no nos percatamos? Si siendo la vida tan bella, ¿Por qué escogimos tergiversarla de forma tal? La respuesta la tenés vos. Aunque vos, tan fresca siempre fuiste, me engañabas todo el tiempo, pero no duró mucho nuestro juego. ¿Por qué jugar un juego, cuando nunca tuvimos las instrucciones? Mi dulce bien, esta carta, aunque triste en sus líneas, no es más que la pauta, de lo que mi corazón teje, queriendo evadir la verdad de nuestro error. ¿Podremos amarnos siempre? ¿Podremos amarnos, tanto? ¿Por qué es que te veo en mi mente, pasando por un jardín paradisíaco, cantando los valses que te compuse? Será el tiempo quién me lo diga. ¿Será que te cansaste de bailarlos? Oh, cruel destino, ¿Por qué me quitás la fortuna déste amor? Era exquisito el sabor de tenernos siempre juntos, mi amor, la más bella de mis melodías. Cerramos las puertas, aunque sintiéramos lo mismo. Dejamos al destino sufrir a nuestros pasos, ya que nuestros pasos, no quisieron sufrir con el destino. Y ahora que caminamos, siempre juntos mas distantes, planeo hacerte esta confesión. Yo un día te amé tanto, que a la vida transgredí. Te quise tanto y te veía mía que solo me redargüí. Más ahora, dejáme que te diga, que cómo te amo ahora, nunca he querido. Sos la luz de mis días, y la memoria de mi mente. Sos los ojos de mi alma, y los oídos de mi corazón. Mas más aún, sos vuestra piel, pegada a mi piel. Y yo sé que para vos, también soy yo, tan inmenso como el mar, tan grande como el cielo. También sé, que vos me querés con la misma intensidad, con que he descrito mi amor aquí. Eran tan penados mis días antes de conocerte. Después mi vida se transformó, vos la llenaste de color y de alegrías. Todo recobró la luz para mí. Y vivía pegado a tu memoria cuando no estabas conmigo. Solía caminar por las calles, lloviendo, nubladas, porque la lluvia me evocaba tu recuerdo. Y quería, y deseaba, que estuvieras junto a mí; ay, cómo anhelaba, estrecharte entre mis brazos, y fundirme en tu ser. Todo el tiempo, respiraba yo tu aroma; escribía tu nombre en todos lados; en el periódico mientras leía, en el mantel mientras comía, en mis poemas cuando escribía…Eras todo para mí, mis ilusiones, mis esperanzas, mi mundo entero. Pero después, la suerte cambió, y habéme aquí. Muerto, con este amor que no me deja respirar. Con este ardiente anhelo que calcina mis entrañas. Con esta suerte que se clava entre mis venas. Mis penas, mis tristezas. Pero no se aparta como siempre tu recuerdo de mis obras. Pero después, nos dimos cuenta, que la historia había terminado, sin antes comenzar. Y yo sé que vos también, me veías hasta en sueños. Siempre alegre te encontraban, y cuando te preguntaban, que por qué esa alegría, les contestabas: es que lo amo mucho, es el mundo para mí, es la estrella más lejana, que en deseos yo pedí. Y seguías caminando. Vos bien sabés que nunca recordabas el nombre de tus pacientes, por estar pensando en mí en vuestras consultas. Y si llovía, te preocupabas por mí si no volvía. ¿Recordás ahora? ¿Cuánto nos quisimos? ¿Te acordás de aquellas promesas que nos jurábamos? ¡Cómo olvidar aquellas tiernas palabras, que proferíamos, y protegíamos contra todos! Ay, aquellas tardes en la plaza. Esta añoranza que ahora mitiga lo que fue ese momento. ¿Por qué tuvimos que haber sido tan diferentes? Pues nuestro destino ya estaba marcado. Ya estaba nuestro azar prescrito por nuestras acciones, por nuestros actos. Pero no fue hasta el acto final, que se dictó la sentencia para este sentimiento que despertó en nosotros no hace tanto tiempo, ni hace tan poco. Mejor no recordar malos pasajes de aquélla ópera que fue nuestra historia. Pero aquí, en la distancia, no creás que te has ido de mi vida, seguís tan presente como antes, o más. Y no dejo de reprocharme, ni reprocharle al destino haber dejao quésto se haya dado. Fue la situación, y no podíamos hacer nada al respecto. Aún sigo lamentándome, pues era intacto y puro esto que hubo entre los dos. Es que bien lo sabés, yo era un volcán contenido en una roca, y vos eras una roca brincando por la lava de un volcán. Siempre estabas como un mar a media tormenta. Y yo como un bloque de mármol. Pues, para qué ya me atormento, si sintiendo esto que siento sin poder estar juntos, es suficiente infierno para mí. Ha sido el calvario que agobia las horas de vida que me quedan, que por desgracia, son muchas. Y sabé que este dolor que siento, con todo respeto, ni vuestra profesión me lo cura. Cada vez que recuerdo aquellas travesías por el mar, vuelvo a vivir el tenerte frente a mí, el decirte que siempre sería vuestro, y vos siempre serías mía. Y así ha sido hasta la fecha, la tragedia es, que ni yo siendo vuestro estoy con vos, ni vos siendo mía podés estar conmigo. Y es que río a veces, y a veces lloro en tu retrato, te acordás, aquél que me diste como sello dése pacto. Ese retrato donde salís de tres años, tan hermosa siempre vos; vuestros ojitos siempre vivos, atentos, con ese color verde e inigualable; tu nariz que apenas y se distinguía; los labios, queran como una cereza que apenas se asomaba del árbol, como la flor que apenas florecía; vuestra tez, tan pura y diáfana, blanca y anacarada, como la más bella de las perlas; y tu cabello, tan brillante, y el corte que te tenían, se veían hermosos en el retrato tus rizos espesos y más dorados que el sol. Cómo no enamorarme de aquélla pequeña, que inocente y tierna, con su paletita y con su esclava, veía hacia mis ojos desde ese trozo de papel. ¿Te acordás, que me quedé pasmado viéndola por más de quince minutos? Y en pago por el detalle, una cena te esperaba. Ay, aquella velada, tan llena de suspiros y miradas que se entrecruzaban en el telar del amor. Sabés, sigo teniendo ese retrato junto a mí. Sírveme de inspiración en mis poemas cuando no estoy inspirado. Y la luna me exige que escriba. Cuando la noche llora, me acuerdo de vos. Y recuerdo tu voz a través de tus labios susurrando en mis oídos, unas palabras suaves que apenas y se percibían. Me decías cuán especial era yo para vos. Pero esos tiempos se terminaron, tras la cruda realidad, ésta suerte no me deja vivir en paz. Y por eso te escribo, para recordar de alguna forma, y no te extrañe que sí te dé a leer estas cartas, porque espero sean varias, aunque sea en mi lecho de muerte.


Cuidáte mucho luz de mis días y luna de mis noches.


                          Hernán Sicilia (16)

lunes, 1 de abril de 2013

UN ÁRBOL APENAS


Me deshojo cual árbol en otoño

y mis flores se queman y marchitan
con el infame soplo del invierno.

De mi boca salen pájaros en desbandada,
prestos a tocar el cielo;
ligeros, abismales, liberados:
parvada de susurros y silencios.

Y en los pocos nidos que en mis ramas restan
habitan la espera y el reposo.

A veces siento que mi tronco es hueco
que ya no sube el agua por mis celdas,
o que el sol es un copo diminuto.

Y así, sin agua, ni hojas,
sin pétalos, ni pájaros,
un rizo hirsuto apenas,
donde el sol no hace ya florecer la primavera,
donde ya sólo mora la quietud,

¿seré ese árbol todavía?


                   Hernán Sicilia (23)

martes, 26 de marzo de 2013

SAUDADE

Saudade es el torrente de las lágrimas
que desnudan mi alma al ser vertidas.
Saudades las que vierto al borde del recuerdo:

Desvelando un velo de aparente calma,
se expone el rostro gélido del sufrimiento.
Quedan al aire unos zarcos ojos
que en su color, sólo reflejan el tormento.
Saudades los deseos que exclamaron
con sempiternas voces de agonía:
«¡Quisiéremos ser marrones, ser de cedro!»
pues no sabían que la raíz de la madera,
arraigada está al vuelo de Chocano.
«¡Rompamos el vuelo con los cedros que escrutamos,
para poder formar, de Bécquer, las violetas!»
y violeta se tiñeron nuestros ojos:

Saudades de ambos lágrimas pendían.
Saudades se han vertido desde el tiempo en que brotaron,
lágrimas azules, rojizas y violetas.


                        Hernán Sicilia (17)

lunes, 18 de marzo de 2013

ODISEO A TELÉMACO

Mi querido Telémaco,

                         La Guerra de Troya
ya terminó; no recuerdo quién fue el vencedor.
Sin duda que los griegos, sólo ellos dejarían
tantos muertos tan lejos de su propia nación.
Pero aún, el camino a mi casa ha sido eterno.
Mientras perdíamos el tiempo allí, Poseidón,
casi parece, estiró y extendía el espacio.

Ya no sé dónde estoy ni qué lugar puede ser
éste. Podría parecer alguna isla ruin,
con arbustos, edificios, y cerdos que chillan.
Un jardín ahogado en yerbas; una reina u otra.
Pasto y piedras enormes… ¡Telémaco, hijo mío!
Para un errante los rostros de todas las islas
se asemejan unos al otro. Y la mente yerra,
contando olas; los ojos, llagados de mar,
corren; y la carne del agua obstruye el oído.
no logro recordar cómo se inició la guerra;
incluso qué edad tienes--no me puedo acordar.

Crece, entonces, Telémaco mío, crece fuerte.
Sólo los dioses saben si nos veremos luego.
Ha sido mucho desde que dejaste de ser
aquel bebito ante el cuál araba con los toros.
De no haber sido por los trucos de Palamedes
seguiríamos viviendo bajo el mismo techo.
Quizá él estaba en lo correcto; lejos de mí
estás tan a salvo de las pasiones edípicas,
y tus sueños, Telémaco, son irreprochables.

                       
                           Joseph Brodsky  (versión original en inglés)

                           Versión al español, Hernán Sicilia (23)

lunes, 11 de marzo de 2013

AMÁNDOLO HASTA EL PLAGIO


Puedo escribir los versos más nuestros este día.

Escribir, por ejemplö: "El sol esplende al cielo,
Y revuelan, doradas, las aves, a lo lejos."

Los capullos en flor se reabren al viento y danzan.

Puedo escribir los versos más nuestros este día.
Yo lo quiero, y a veces él ya también me quiere.

Largos días como este lo tengo entre mis brazos.
Y lo beso mil veces bajo el cielo infinito.

Cuánto me quiere, es cierto, así también yo lo quiero.
Cómo no amar la luz de sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más nuestros este día.
Pensar que siempre es mío. Sentir que no se aleja.

Oír el día inmenso, más inmenso con él.
Y el alma brota en versos como el árbol al ámbar.

Qué importa que mi amor no consiga guardarlo.
El día está en parvada y él está aún conmigo.

Eso es todo. En nosotros alguien canta. En nosotros.
Mi alma se abre contenta con tenerlo a mi lado.

Como para gozarnos mi mirada lo encuentra.
Mi corazón lo encuentra, y él está aún conmigo.

El otro día que cobreará los otros árboles.
Nosotros, los de ahora, aún seremos los mismos.

Cuánto lo quiero, es cierto, cuánto más lo querré.
Mi voz se abrasa al aire para encender su oído.

Tú mío. Serás mío. Tan siempre de mis besos.
Tu voz, tu cuerpo terso. Tus ojos abismales.

Cuánto te quiero, es cierto, que tan mío te quiero.
Es eterno el amor, y es tan corta la vida.


Porque en días como este te tengo entre mis brazos,
Mi alma se abre contenta con tenerte a mi lado.

Aunque este sea el únicö amor que alguien me inspira,
Y estos sean los versos donde habitemos siempre.

      Hernán Sicilia (22)

lunes, 4 de marzo de 2013

Soy mármol, soy piedra, soy povo


Soy mármol, soy piedra, soy polvo; soy materia de otra clase. Estoy hecho de partículas pequeñas, de átomos microscópicos, de briznas de ser. Reposo en el molde de las esculturas, me labran letras, nombres, mensajes, fechas… No puedo partir de mi sitio. A veces, soy ese polvo que queda después de tallar la roca y divaga por el ambiente. Varío de estado, me transformo en estatua, me paralizo. Luego la gente me imita. A veces me quiebro por dentro, a veces la fisura se nota en mi tez, grisácea, dura y fría como si el sol no existiera. Alguna vez fui la columna de una catedral, luego fui cariátide. Me transformaron en gárgola, después en rostro desfigurado. Varios años estuve en un museo; me veían atónitos, como si mis ojos vieran, como si se movieran. Pues sí, estoy vivo, vivo por dentro. Respiro por los poros de mi material, siento con la misma intensidad que los humanos. Escucho lo que dicen de mí. Veo sin vendas en los ojos, y aunque mis ojos no se mueven, y no parpadeo, miro, observo los atardeceres que se impregnan en mi superficie. Soy un ser extinto, extinto entre las sombras de la existencia. Me escondo de las nuevas obras de arte. Estoy sujeto a los cambios del ambiente… He sentido la lluvia, las gotas de agua que mi piel permeable absorbe y apagan mi sed de ser. Algunas se resbalan más lentamente que otras, y me traen noticias de otros polvos, de otras piedras, de otros mármoles. No conozco más allá de mi espacio y mi tiempo, aunque he vivido desde hace mucho. He sido base de edificios, ornato de palacios, y a veces, sólo una mísera piedra de río. Diremos que son como mis otras vidas. Y luego el ábrego me hace levar, y levitar, y viajar por muchos confines inesperados. Y quedo impregnado en forma de ceniza en paredes, vidrios, claros y espesos. Ya no quiero ser mármol, ya no quiero ser piedra, ya no quiero ser polvo. Quiero ser humano, y sentir cómo persona, quiero hablar como los seres inteligentes, y saber sobre la vida. Quiero observar con varios puntos de vista los atardeceres, y quitar el polvo de las paredes. Sentir la brisa húmeda sin que estropee mis facciones, sin que me deteriore. Quiero ser como la gente, desplazarme como ellos, caminando hacia los destinos, quiero aspirar los perfumes del existir, pero sobre todo, quiero amar como persona, quiero querer a mis semejantes, y procurar la paz del mundo. Pero estoy atrapado entre lo sólido de la materia, entre lo superficial del diseño, entre trozos de roca, entre polvo apelmazado. Estoy atrapado entre lo que soy, soy inerte, soy yacente, soy gris, duro, liso, permeable, frágil; soy mármol, soy piedra, soy polvo…


Hernán Sicilia (17)

lunes, 25 de febrero de 2013

CREYERON QUE LA SAL HARÍA

                             A Luis Alberto Gómez del Campo

Creyeron que la sal haría
no florecer de nuevo los huertos de Cartago,
que su suelo sería estéril.
No pensaban que habría rosas
que crecen en las sales de Cartago
tras el asedio,
que habría gotas de miel
que perfuman el vino que quedó.
Será basta la fuente con el nuevo aguador.

Hernán Sicilia (23)