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viernes, 19 de octubre de 2012

Secreto del tiempo


El intelectual de la época, Girón, caminaba despacio por aquella calle y aquella noche cuales serían -aún sin saberlo- relativamente importantes en su vida por siempre.  No sin asombrarse, Girón apartó su nublada vista del camino al notar cierto bulto cercano a él. A su izquierda, pues, descansaba un anciano de inusual -cabe destacar- aspecto. La noche era muy fría, y Girón no andaba merodeando cubierto con suéter alguno. Será, tal vez, que este frío tan impregnado hasta sus huesos fuera el culpable de su intencionado acercamiento.

-Buenas noches -dijo, dirigiendo el cálido saludo al anciano-.

No hubo respuesta. “¿Estará bien?” “¿Me alejo?” “¿Necesitará ayuda?” Girón no solía pensar demasiado, y sin ser esta la excepción, dejó de pronto sus pensamientos para avanzar en su camino. “¡En fin!”, murmuró para sí y comenzó a retomar el rumbo previo de su nublada vista.

-Buenas noches- dijo una inusual voz-.

Girón se detuvo helado. Será por el frío, o por el extraño tono de aquella respuesta cual -ya hundido él en sus pensares y pesares- no entendía si el posible remitente era aquel anciano o no lo era. Volteó, y el bulto no radicaba allí. “¿Qué diablos?”, se dijo.

-¿Buenas noches? ¿Quién habla? ¿En dónde está usted? -preguntó casi aturdido y sin moverse, Girón-.
-Hablo, soy yo. Estoy, aquí estoy. Mire detrás -respondieron-.

Girón volteó su cuerpo de inmediato.

-No lo miro. ¿Dónde está? ¿A qué juega? Me iré ya...
-Se irá ya, me dice. Cúmplalo y verá.
-¿Veré? ¡Pero si lo que deseo es ver! Déjeme verle, que una vez le vi ya. ¡Por ello le saludé en un inicio! -exclamó Girón, moviendo su cuerpo en direcciones todas-.

Y apareció, mas no era anciano, sino un joven enmascarado.

Girón rió. El aspecto -aún enmascarado, y con más razón por esto- del joven le recordaba a cierto maestro suyo de la infancia. Aquellos años habían sido los más tristes y obscuros de su vida hasta aquella noche, y no deseaba sumarle uno más a ellos de su presente vida.

-¿Es usted...? ¿Es acaso...? No, ¡esto es irreal! ¿Estaré soñando?
-Uno siempre está soñando, mi querido Girón. ¿Acaso es que no has entendido aún la variedad del suceso onírico? -sonrió el maestro- ¿Acaso habré de enseñarte una vez más lo que es el sueño, cual más no es que el propio instinto sabio?
-Pero, ¡vaya! Sí que es usted. Pero ¡imposible, no! ¡Imposible! Se mira idéntico a hace veinte años. ¿Será que el tiempo no se ha ocupado de usted? Me miro incluso yo más viejo ahora. ¿Quién lo diría? ¡Es usted un come-años!
-Comer años es mi más delicioso placer al tacto. Ven, ¿quieres entender mi mayor secreto? ¿Quieres entender aquel secreto que el tiempo no ha podido -y jamás podrá- erradicar?
-Sí, quiero. Enséñeme, y si es necesario enséñeme de nuevo.

Caminaron entonces hacia la gran avenida que se abría al fin de aquella calle. Allí las luces no enternecían, y alumbraban como Dios les ha mandado a hacer por siempre.  Llegaron al cruce, y el maestro aún poco alumbrado sonrió a Girón. Después señaló hacia el suelo próximo, en donde las líneas divisorias del pavimento indicaban. Girón enfocaba su vista tras los lentes gruesos que traía puestos, mas nada miraba de interesante.

-¿Cuál secreto? Aquí no hay nada, maestro.
-Fíjate bien, fíjate mejor -le respondió al tiempo mismo que le ponía la máscara suya a Girón sin éste poder oponerse-.

Y entonces miró. Aquel bulto que había visto anteriormente se encontraba en medio del camino horizontal, en medio del cruce dividido por líneas amarillas. Intentó entonces voltear a mirar los ojos del maestro, mas esto no le fue posible. Algo en su cuello no lo permitió.

-¿Qué sucede? -gritó Girón- ¿Por qué no puedo mirarlo, maestro?
-Porque no soy yo ya a quien miras realmente. Fíjate bien, fíjate mejor. ¿Qué miras? ¡Pero abre los ojos, muchacho! ¿De qué te sirve tener otro rostro ahora si no miras mejor?
-No miro nada. Miro un bulto que no tiene movilidad.
-Muévelo, si quieres.
-¿Cómo?
-Mueve un pie.

Girón rió fuerte. “¿Un pie? Este maestro perdió la cordura ahora. Mejor me largo de aquí”, se dijo. Y, entonces, al mover su pie derecho para retornar aquel bulto cayó encima suyo.

-¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! -exclamó Girón, desesperado-.
-¡Mueve tu otro pie, Girón!

Y lo movió. El bulto cayó lejos y nuevamente permanecía a mitad del camino dividido por líneas amarillas.

-Ay, Girón. Antes eras un niño bueno que podía mirar, que podía mirar mejor. ¿Qué te ha sucedido? ¿Son esas barbas tuyas? ¿Qué sucede, Girón? ¿Te explico, entonces? Muy bien, a ver -comenzó el maestro- aquel bulto no es más que mi esqueleto. Sí, mi esqueleto. Ay, Girón, escucha. ¿Qué te quite la máscara para que puedas mirarme de nuevo? Espera un momento, Girón, ¡espera y escucha! Entenderás que las bellas promesas son bellas por siempre, ¿no es así? Bien, pues yo hice una. Y mi esqueleto entonces bailó lejos de mi para hacerme juramento. Yo ya no necesitaba de él, pues mi cuerpo era ya insuficiente. Sí, insuficiente. No, Girón, ¡escucha, que no he perdido mi cordura! Mi cuerpo, pues, mi esqueleto bailó por unos días y entonces me devolvió mi máscara -aquella con que siempre me habías mirado-. Mi esqueleto nunca volverá, pues para todos ha de parecer bulto y para mi secreto. Es ese el secreto, pues, Girón. El secreto que el tiempo no podrá erradicar jamás. El precio a pagar por una promesa es el cuerpo mas nunca el alma o el ser, Girón. El tiempo se eleva todo, y no desciende nuevamente aún le ruegues hacerlo. ¿Recuerdas a mi mujer, Girón? Bueno, ella es mi promesa. Yo no estoy vivo aquí, Girón. Estoy con ella. Ella murió cuando aún era maestro tuyo en aquella escuela, mas nunca nadie lo supo en ese entonces. Ella murió y mi bella promesa fue alcanzarle al tiempo en ella. Rescaté sus hermosas sonrisas y me fui con ella. Ahora te toca a ti, querido Girón. Has de sobrellevar la comparación y no dilapidar tu tiempo aquí. Has de hacer una bella promesa, Girón. Entonces tu cuerpo será un bulto, y no más ella.

Girón no podía respirar. “Con que así es la muerte...”, susurró para sí.                                                                                                                                 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Subversiva (II)

No sé cómo he despertado. 
Días y días varios son ya cual he fundido mi cuerpo con sobredosis 
de licor más medicamentos. El sueño me consume, se consuma y activa deseos de dormirle siempre. 
Todo silencio, pájaros lejos. Muy lejos.
Yo, mi eterno país sin nombre, sin sonda. Yo, mi eterno secreto amado. Siempre.

¿Por qué? 
¿Cuál es la razón del aumento temporal conforme se crece? ¿Por qué? 
Habíamos de ser vacíos y entonces eternamente bellos. Qué no es posible, tan sólo perdurar sin cambio, sin remedio, sin miedo, sin desorbitantes sucesos. 
Tan sólo olvida, tan sólo vida sin
más.

Por Lucía del Carmen Labra Vázquez.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Subversiva (I)

Extrañada, la vida nuevamente cubre todo sin espacios distintos. Clara el agua como el pan que muerdo, extravío sensaciones sin previo proceso entendible. Ni anuncios, jamás anuncios vivos he tenido. Llega la vida con exuberante manto; come todo lo vivo.

¿Cómo contar historias sin sonidos, sin sentidos? Balbucear no llena completo; balbucear en mente, corazón. Ojalá pudiera no evitar los sonidos, los sentidos. Ojalá pudiera ser, tú quien cubre todo sin espacios distintos. Que clara será el agua, mas el pan que muerdo dilata la entera existencia –tenía que ser, tú quien hubiese llegado-.

Por Lucía del Carmen Labra Vázquez.

martes, 12 de junio de 2012

Sucesión

Tarde invernal, te acercas. ¿Qué dices? Oh, ¿sigues con ello? ¿Cuál es el problema? Toma mi mano. Sí, tómala. No, no pasa nada... Ven, camina conmigo. Camina, sigue caminando. ¿Espinado? Pero, ¿de dónde? El camino no está espinado. Oh, ¿sigues con ello?


Prefieres mirarte, siempre cual reflejo en cielos. No tomará la vida entera, ¿lo entiendes? Solamente es una sacudida, tu punto de escape. Un escapismo, eso es. Sí, lo es. ¿Que no? No, espera, sé que al mirar ese azul iluminado pretendes sentires dulces e inimaginables. Lo sé, pero no te alejes. Ven, que yo también te necesito. ¿El cielo? De acuerdo, miraré el cielo mientras permanezcas conmigo.


Cerré por poco los ojos. Aquí seguías, ya no con cielos, de pronto convirtiéndote en uno mismo. ¿Por qué cambias de estado? Quédate, no te me esfumes. Sí, lo sé: no es sencillo. Pero, inténtalo. Tú sabes lo que dicen. ¿Que qué dicen? Oh, tú sabes: ¡Inténtalo, no perderás nada! ¿Se equivocan? Bueno, pues, tomaremos fotografías. No, deja de angustiar la vida. Ven, toma mi mano de nuevo. Ahora, juntemos las manías. Eso es. Solamente las manías.


Sonríe. ¿Escuchaste aquel obturador? Somos todos, sí. Aquellos, verás, que cristalizan silencios. Almas prestadas, tan sólo eso. No, si yo sé. No somos únicos.




Me miras. Vamos al mar. ¿Que no hay mar? Oh, pero si estamos frente a él. Eso es, perdurable, ¿no es así? El sol, tan sólo la luz. ¿Prefieres baño de luz o agua? No, no son la misma cosa. Te ríes. "¿Cosa?", me preguntas. Sí, cosa. De pronto, el cielo esfumado está ya en tu mirada. Caminas de pico abajo, corres. Gritas, lloras. No, es que no me apetece gritar irregularidades contigo.


Tu mano en el umbral del pecho. Fácilmente me abandonarás cuando propicio te parezca el tiempo. Casi como un chiste te irás. ¿Que no me preocupe? No tienes idea de lo que venía pensando. Ríes conmigo. Un magnífico evento habernos conocido. ¿Por qué alargas tu mano? ¿Qué hay dentro? De acuerdo, de acuerdo, no me preocupo. Cielos, mares, mareas. Seguiré contigo aquel impreciso tiempo vuelto seda ya.


¿Dónde estamos? ¿A dónde me has traído? No me lo dirás, vaya historia. No existe un sólo enlace, ¿te das cuenta? ¿Que entremos? No, me dolerá saltar tan alto. Sí, sé que estás conmigo, mas no me ubico. ¿En qué momento intercambiamos sedes? Tan sólo dime, ¿en qué momento lo diluido me perteneció? Y, ¿en qué momento lo constante es ya tuyo?


No, no quiero. Te digo que no. Por favor, no me obligues. ¿Que por qué? Oh, ¿te parece poco desaparecer aún más? Estás nadando en vacías laderas. No me conoces, nunca me has conocido. Es eso. No, sigo sin desearlo. No me obligues, por favor.


Me prometiste el amanecer. Ahora tomas de mi mano. Ya no debo pedirlo, lo haces sin aviso incluido. Claramente, el día pretende nacer nuevamente. El problema es que no lo miro. Yo, sabrás bien, ya no existo. Después de matar toda confianza mía, prometiendo amaneceres sin dolor, yo ya no existo.


No puedo mirar algo sin difuminarlo. Me has causado tanta tristeza, tanta desolación. Ya nada más miras hacia adelante, dejándome de lado. Desesperación me invade. No te vayas, espera. No, por favor. ¿Cómo lo explicaré? Si tan sólo tuviera una razón, si tan sólo existieran aún las palabras. Lloro, pero no escuchas. Grito, entonces, grito en demasía. No mueves la mirada.


Prefiero no tener conciencia. ¿Cuándo será ya el preciso momento? Ya debes irte. ¿Que no? ¿Por qué? Déjame, tan sólo déjame. Ya no te necesito. Me has marcado, y eso jamás lo preví. Ahora, sigilosamente te pones a llorar. ¡Ah, me viene pareciendo tan absurdo! Casi como un lío de luciérnagas a pleno día pleno. Vete, que ya aqui te has quedado por siempre. Con esta parte tuya tengo, sí, con esta y nada más.


Cuento hasta tres. Si no te has ido para entonces, te mataré. Sí, lo haré. Para luego morir de tristeza yo. ¿Cuánta tristeza puede llevar dentro el cuerpo? Uno, dos, tres...


Abro los ojos, tan sólo viendo un pergamino. No quiero mirar, ya no. Los entretengo un poco, sin desear buscarte. Pero, te siento. Y tan sólo eso es suficiente. Estás, sucesión. Estás ahí, aqui, en todos lados.


Por Lucie Labra

domingo, 27 de mayo de 2012

Atardeceres


esconder tu cabello cual figura imaginable.
complacer con descaro deseos irregulares.
simplificar cauces del diluvio verdadero en colores di-vagantes.
clarificar los silencios de lacónica agonía.
irregularidad poco estudiada, poco solidificada.

A cambios insistentes,
alucines mareadores.

porque todos, todos nos escondemos tanto que, en soledad, la veracidad es inexistente.
entonces, aquellas imaginables personalidades son las que caben.

No tú, jamás
tú. No yo,
jamás yo.

agitemos de nuevo todo, juntemos cual ajeno amanecer propio, mismo.
ya la atención será, pues, tan equívoca.
no existirá distinción.

Sin distinción, escondites no
hay más. Calor, calor
eterno. Porque todos,
todos
nos escondemos.

Por Lucía Labra.

martes, 15 de mayo de 2012

Peceras


Como claridad sublime, lo etéreo dejó atrás. Como silenciada clausura, sonrojada lubricó miradas faltantes. Como cristalizada madera, hirvió las nubes dentro sartén viviente. Como clásicos eternos, ubicó locuaz alumbrantes sinceridades. Como sintética medida, coloreó orillas intermedias. Como lunas brillantes, flores colorantes derrumbó con único corte. Como sonriente suicida, todo, lentamente. Como viviente, dibujado -apenas descubierto- todo.

Por Lucía Labra.

martes, 8 de mayo de 2012

Mátalo

El padre manda a la hija dormir temprano.
La madre manda a la hija vivir temprano.
El mayor hermano manda a la hija soñar tardío.
El menor hermano manda a la hija sonreír

Quien desea, no busca realidades.
Quien claridades, paciente enfermos cura.
Quien soledades, impaciente a varios enferma.

Soliloquio de madera, ven, abre tus
puertas. Convence mi juventud de
alegres venideras claridades.
Soliloquio de madera, ven, extingue al
padre. A la madre
transforma en melodía etérea.

Soliloquio de madera, ven, derrumba al
mayor de los equívocos hermanos. Hunde
su cuerpo maldito, transcribe la historia nuestra,
mátala. Mátalo.
Soliloquio de madera, ven, abraza al
menor de los ensimismados hermanos. Trata
de cubrir aquellos, sus ojos, con tal manto dorado.
Evapora la sal de aquellos, los míos.
Dásela en vaso crista
lizado.

Mandará a la hija dormir temprano.
Mandará a la hija vivir temprano.
Mandará a la hija soñar tardío.
Mandará a la hija sonreír.

Soliloquio, fallas en misión simple.
Soliloquio, fallas.
Soliloquio.

La hija, finalmente, sensibilizada
hasta las uñas, hundirá la certeza del
doquier al por qué.
Dormirá, finalmente la hija
tardío.
Vivirá, finalmente la hija
       tardío.
Soñará, finalmente la hija
               sin sol.
Sonreirá, finalmente la hija
                        sin.

Mátalo, soliloquio. Má
talo, átalo, sonroja sus etruscas
manías en fácil muerte, fácil.

Mátalo. Mátalo.
Mátalo, que ya muero.
Ya que muero,
mátalo.

Por Lucía Labra.

jueves, 26 de abril de 2012

Extraña Marea


Extraña marea,
te ruego no dejes de
existir.
Más aún,
te ruego no dejes
deducir cada
engrane de tu insoluble presencia.

Extraña marea,
¿cómo has logrado adentrar
tus infernales silencios dentro
a mi vida?
¿Con qué
permiso,
qué solicitud,
qué creencia ocular?

Extraña marea,
¿deseabas, tal vez,
mirar la destrozada
sonrisa?
¿Deseabas, tal vez,
nutrir tus voraces ansias
del porvenir ficticio?

Extraña marea,
te ruego no dejes de
existir.
Más aún, te ruego alejar,
desubicar aquellos tus infernales silencios
dentro a mi vida.
Te ruego, también,
cristalizar aquellas tan tuyas voraces
ansias del porvenir.

Por Lucía Labra.

martes, 24 de abril de 2012

Quisiera, a veces

Vivencias clausuradas, simples
antes sin solución
aparente.

Quién diría que aquí
estaría, un día  
una noche cualquiera.

Si mezclara llantos voraces y
clarificara la real solubilidad tendría,
tal vez, palabras.

El día entero quiso comprender
mis noches, aquellas casi irrevocables
luces de días.

Primeramente, la carente bebida
inusual se adhiere a tan quemada 
piel mía.

Quisiera, a veces, lograr 
ese cálido abrazo suyo, aquél
repleto hasta el borde de alegrías.

Quisiera, a veces, sentir
aquella seguridad poco trascendente,
fugaz y permanente.

Porque, ambos sabemos -tú
y yo- cuánto nos queda y
cuánto no puede ya permanecer.

Por Lucía Labra

domingo, 15 de abril de 2012

La verdad equívoca te la digo

Diluidas melodías compactan nuestros sentidos raramente transformados. 
Me preguntas: "¿qué sucede?" La verdad equívoca te la digo.
Vamos, ven conmigo a donde paralelas realidades esperando están.
Te propongo suponer vivir en aquel alterno mundo de realidades compuestas, complejas.
Aquel, sí, aquel mundo cual retenidos nos mantiene desde el día que nos conocimos. Éramos tan pequeños, 
mas aún, la vida nos escapó hacia aquel espacio relativo, carente medido al tiempo. Sin miedo, vamos juntos. Allá nos hemos 
encontrado ya. 

Supón que, aquel opuesto paradero incapaz de vislumbrar nos espera. 
Supón que, aquellos, nosotros, estaremos esperándonos también. 
Supón que, al mirarnos, igual nos fundiremos en eterna alegría
solemne, insabora.

Ven, vamos, ven. 
Aquí ya no estamos.
Hace falta sólo percatarnos del turbulento sonido 
rodeándonos,
hacia la cumbre,
hacia lo eterno.

Por Lucía Labra.

domingo, 1 de abril de 2012

Tradiciones

Quiero probar la realidad; dejar lejana su etérea apariencia, salida. Si fuese posible deslindar sus constantes caminos, en seguida evaporaría aprobando idealistas consecuencias. Tan improbable el amor. Tan improbable la alegría, tan imposible el suceso atemporal, cardíaco.  Las escalas en la vida son disparatados, insensibles juegos. Cada cual sea el nuestro, quien logre decir -decidir- día alguno, sobrellevar podrá continuando, riendo. Mas aún, el frío helado, ardiente en sutiles conformidades jamás cesará.

Por Lucía del Carmen Labra Vázquez.