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viernes, 21 de diciembre de 2012

Documento



"Amo a mi flaco, que está lejos. Muy lejos, pero (...)"



I.

Una señora llora frente mío, a la par que abraza a un niño (creo sea su hijo). Lo carga, ya sin llorar más. Aferrándose a él, el niño pregunta "¿Por qué no?", "¿Por qué?". Ella le responde: "abrázalo", ubicando las pequeñas manos alrededor del oso de peluche que el niño carga consigo.
El osito viste de Navidad. De pronto, me señala, la madre sonríe y el niño continúa señalando algún sitio de mi cuerpo. Les sonrío de vuelta, regresando luego al papel. Círculo. Miro, escribo, miro, sonrío, sonríen, escribo y miro nuevamente.
La madre dice: 'no tengo nada, porque no he comprado. Mañana lo compro'. Los miro por última vez. ¿Qué pasaría si les muestro mis letras?
Me levanto, dirigiendo la mirada tan sólo hacia la espera de mi padre en el café.
Un joven con cierta niña pequeña se acerca. Dice: "disculpa, perdón que te interrumpa" Le sonrío. Continúa: "¿tienes fuego?" "Sí", le digo mientras comienzo a buscar en mis bolsillos. "Sólo deja lo encuentro, que siempre lo pierdo", concluyo.
Él toma mi encendedor, mi "fuego". Yo miro a la nena y le sonrío. Él prende su cigarro. "Gracias, disculpa", me dice al terminar de encender. Yo sonrío al notar cómo observa mi cuaderno.

II.

La mujer se fue, dejándome sola con tanta gente transitando y el joven con su nena (creo sea su hija). Al irse, un hombre llega en su auto, sube el niño al coche. La mujer se levanta del banco y cojea. "Ahora no llora", me digo.
Dejando bolsas cubiertas con imágenes navideñas detrás suyo, la mujer cojea al auto y las mira constantemente. Esperando  a su -creo yo- marido traerlas a ella. Se van. El hombre murmura "el niño está castigado".
¿Hasta qué momento me iré a encontrar con mi padre?

III.

Ha llegado una muchacha. Fumando ya, se sienta a mi lado. La gente transita, hablando entre ellos. Algunos se abrazan. La chica regala un cigarro a un chico que le pide tal. El joven responde una llamada. "¿Qué necesitas?", dice. La joven apaga el cigarro y se va. El joven se despide. "Órale, amigo, muchas gracias. Un abrazo, bye", dice y cuelga. La nena pregunta quién llamó y él le responde: "un amigo". Luego la abraza. "Están para foto",  pienso yo.
Prendo un cigarro, la gente transita aún. El joven contesta otra llamada. Murmura esta vez, no escucho en absoluto. De pronto, llega una camioneta blanca. Sube una muchacha en muletas. Sonríe dentro del coche y éste arranca en manos de un conductor que no distingo. El joven sonríe mientras murmura. "Será su novia", pienso afirmando. Jala entonces tiernamente a la nena hacia él. Le dice: "ven para acá". La gente que transita comienza a mirarme.
"Esto es un sueño", imagino recordando a Nolan.
Hace frío, la nena juega con una mochila de plástico de una serie animada. Yo miro dos mochilas que, recargadas en el suelo, esperan a los pies del joven. ¿A dónde irán?  La gente transita, mirándome ya sólo unos cuántos. Me termino el cigarro. Lo apago. Mi pie derecho está dormido. El joven se va. Le dice a su nena "vente, mi vida", a la par que toma las mochilas. "¿Por qué nadie se despide?", me cuestiono.
Un hombre llega y se sienta en el banco -vacío ya- de enfrente. Arrastra su pie derecho (¿se le habrá dormido también?) No aguanto el frío. Los coches transitan. Me paro.

Por Lucie Lou.

viernes, 19 de octubre de 2012

Secreto del tiempo


El intelectual de la época, Girón, caminaba despacio por aquella calle y aquella noche cuales serían -aún sin saberlo- relativamente importantes en su vida por siempre.  No sin asombrarse, Girón apartó su nublada vista del camino al notar cierto bulto cercano a él. A su izquierda, pues, descansaba un anciano de inusual -cabe destacar- aspecto. La noche era muy fría, y Girón no andaba merodeando cubierto con suéter alguno. Será, tal vez, que este frío tan impregnado hasta sus huesos fuera el culpable de su intencionado acercamiento.

-Buenas noches -dijo, dirigiendo el cálido saludo al anciano-.

No hubo respuesta. “¿Estará bien?” “¿Me alejo?” “¿Necesitará ayuda?” Girón no solía pensar demasiado, y sin ser esta la excepción, dejó de pronto sus pensamientos para avanzar en su camino. “¡En fin!”, murmuró para sí y comenzó a retomar el rumbo previo de su nublada vista.

-Buenas noches- dijo una inusual voz-.

Girón se detuvo helado. Será por el frío, o por el extraño tono de aquella respuesta cual -ya hundido él en sus pensares y pesares- no entendía si el posible remitente era aquel anciano o no lo era. Volteó, y el bulto no radicaba allí. “¿Qué diablos?”, se dijo.

-¿Buenas noches? ¿Quién habla? ¿En dónde está usted? -preguntó casi aturdido y sin moverse, Girón-.
-Hablo, soy yo. Estoy, aquí estoy. Mire detrás -respondieron-.

Girón volteó su cuerpo de inmediato.

-No lo miro. ¿Dónde está? ¿A qué juega? Me iré ya...
-Se irá ya, me dice. Cúmplalo y verá.
-¿Veré? ¡Pero si lo que deseo es ver! Déjeme verle, que una vez le vi ya. ¡Por ello le saludé en un inicio! -exclamó Girón, moviendo su cuerpo en direcciones todas-.

Y apareció, mas no era anciano, sino un joven enmascarado.

Girón rió. El aspecto -aún enmascarado, y con más razón por esto- del joven le recordaba a cierto maestro suyo de la infancia. Aquellos años habían sido los más tristes y obscuros de su vida hasta aquella noche, y no deseaba sumarle uno más a ellos de su presente vida.

-¿Es usted...? ¿Es acaso...? No, ¡esto es irreal! ¿Estaré soñando?
-Uno siempre está soñando, mi querido Girón. ¿Acaso es que no has entendido aún la variedad del suceso onírico? -sonrió el maestro- ¿Acaso habré de enseñarte una vez más lo que es el sueño, cual más no es que el propio instinto sabio?
-Pero, ¡vaya! Sí que es usted. Pero ¡imposible, no! ¡Imposible! Se mira idéntico a hace veinte años. ¿Será que el tiempo no se ha ocupado de usted? Me miro incluso yo más viejo ahora. ¿Quién lo diría? ¡Es usted un come-años!
-Comer años es mi más delicioso placer al tacto. Ven, ¿quieres entender mi mayor secreto? ¿Quieres entender aquel secreto que el tiempo no ha podido -y jamás podrá- erradicar?
-Sí, quiero. Enséñeme, y si es necesario enséñeme de nuevo.

Caminaron entonces hacia la gran avenida que se abría al fin de aquella calle. Allí las luces no enternecían, y alumbraban como Dios les ha mandado a hacer por siempre.  Llegaron al cruce, y el maestro aún poco alumbrado sonrió a Girón. Después señaló hacia el suelo próximo, en donde las líneas divisorias del pavimento indicaban. Girón enfocaba su vista tras los lentes gruesos que traía puestos, mas nada miraba de interesante.

-¿Cuál secreto? Aquí no hay nada, maestro.
-Fíjate bien, fíjate mejor -le respondió al tiempo mismo que le ponía la máscara suya a Girón sin éste poder oponerse-.

Y entonces miró. Aquel bulto que había visto anteriormente se encontraba en medio del camino horizontal, en medio del cruce dividido por líneas amarillas. Intentó entonces voltear a mirar los ojos del maestro, mas esto no le fue posible. Algo en su cuello no lo permitió.

-¿Qué sucede? -gritó Girón- ¿Por qué no puedo mirarlo, maestro?
-Porque no soy yo ya a quien miras realmente. Fíjate bien, fíjate mejor. ¿Qué miras? ¡Pero abre los ojos, muchacho! ¿De qué te sirve tener otro rostro ahora si no miras mejor?
-No miro nada. Miro un bulto que no tiene movilidad.
-Muévelo, si quieres.
-¿Cómo?
-Mueve un pie.

Girón rió fuerte. “¿Un pie? Este maestro perdió la cordura ahora. Mejor me largo de aquí”, se dijo. Y, entonces, al mover su pie derecho para retornar aquel bulto cayó encima suyo.

-¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! -exclamó Girón, desesperado-.
-¡Mueve tu otro pie, Girón!

Y lo movió. El bulto cayó lejos y nuevamente permanecía a mitad del camino dividido por líneas amarillas.

-Ay, Girón. Antes eras un niño bueno que podía mirar, que podía mirar mejor. ¿Qué te ha sucedido? ¿Son esas barbas tuyas? ¿Qué sucede, Girón? ¿Te explico, entonces? Muy bien, a ver -comenzó el maestro- aquel bulto no es más que mi esqueleto. Sí, mi esqueleto. Ay, Girón, escucha. ¿Qué te quite la máscara para que puedas mirarme de nuevo? Espera un momento, Girón, ¡espera y escucha! Entenderás que las bellas promesas son bellas por siempre, ¿no es así? Bien, pues yo hice una. Y mi esqueleto entonces bailó lejos de mi para hacerme juramento. Yo ya no necesitaba de él, pues mi cuerpo era ya insuficiente. Sí, insuficiente. No, Girón, ¡escucha, que no he perdido mi cordura! Mi cuerpo, pues, mi esqueleto bailó por unos días y entonces me devolvió mi máscara -aquella con que siempre me habías mirado-. Mi esqueleto nunca volverá, pues para todos ha de parecer bulto y para mi secreto. Es ese el secreto, pues, Girón. El secreto que el tiempo no podrá erradicar jamás. El precio a pagar por una promesa es el cuerpo mas nunca el alma o el ser, Girón. El tiempo se eleva todo, y no desciende nuevamente aún le ruegues hacerlo. ¿Recuerdas a mi mujer, Girón? Bueno, ella es mi promesa. Yo no estoy vivo aquí, Girón. Estoy con ella. Ella murió cuando aún era maestro tuyo en aquella escuela, mas nunca nadie lo supo en ese entonces. Ella murió y mi bella promesa fue alcanzarle al tiempo en ella. Rescaté sus hermosas sonrisas y me fui con ella. Ahora te toca a ti, querido Girón. Has de sobrellevar la comparación y no dilapidar tu tiempo aquí. Has de hacer una bella promesa, Girón. Entonces tu cuerpo será un bulto, y no más ella.

Girón no podía respirar. “Con que así es la muerte...”, susurró para sí.                                                                                                                                 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Subversiva (II)

No sé cómo he despertado. 
Días y días varios son ya cual he fundido mi cuerpo con sobredosis 
de licor más medicamentos. El sueño me consume, se consuma y activa deseos de dormirle siempre. 
Todo silencio, pájaros lejos. Muy lejos.
Yo, mi eterno país sin nombre, sin sonda. Yo, mi eterno secreto amado. Siempre.

¿Por qué? 
¿Cuál es la razón del aumento temporal conforme se crece? ¿Por qué? 
Habíamos de ser vacíos y entonces eternamente bellos. Qué no es posible, tan sólo perdurar sin cambio, sin remedio, sin miedo, sin desorbitantes sucesos. 
Tan sólo olvida, tan sólo vida sin
más.

Por Lucía del Carmen Labra Vázquez.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Subversiva (I)

Extrañada, la vida nuevamente cubre todo sin espacios distintos. Clara el agua como el pan que muerdo, extravío sensaciones sin previo proceso entendible. Ni anuncios, jamás anuncios vivos he tenido. Llega la vida con exuberante manto; come todo lo vivo.

¿Cómo contar historias sin sonidos, sin sentidos? Balbucear no llena completo; balbucear en mente, corazón. Ojalá pudiera no evitar los sonidos, los sentidos. Ojalá pudiera ser, tú quien cubre todo sin espacios distintos. Que clara será el agua, mas el pan que muerdo dilata la entera existencia –tenía que ser, tú quien hubiese llegado-.

Por Lucía del Carmen Labra Vázquez.

martes, 21 de agosto de 2012

Los miércoles son para lavar

Era una tarde otoñal muy común supuestamente. Al cuartel del pueblo entra una señora de algunos 40 años y pasa confiadamente hasta la oficina del oficial el cual estaba dormido en su silla. La mujer se sienta frente a la  mesa y le da unos golpes al escritorio para despertarlo, este naturalmente responde al acto con espanto.

- Hola oficial, soy Aurora y por favor no me interrumpa que en esta vida he hablado muy poco y cuando tengo algo que decir merezco ser escuchada. Vivo en las lomas que ve allá arriba, nunca me he mudado de allí para ninguna otra parte, ahí naci y cuando me case mi esposo se quedo con nosotros hasta que se fueron mis dos hermanos a la capital después de la muerte de mis padres.  Lo más lejos que he llegado ha sido al pueblo, usted sabe, por necesidad.  Y más después que mi esposo me abandono embarazada de mi  hija Cleotilde que ahora cumple sus 16 años.

La verdad es que este es un campo muy normal donde no pasa nada que Dios no quiera, pero vengo precisamente por algo muy importante que paso en contra de la voluntad del altísimo, nuestro señor. Y estoy segura oficial que el señor me ha enviado para que se le aplique justicia a aquel que  pretende ser el todopoderoso quitándole la vida a alguien. ¡Si mi oficial!, vengo a reportarle un homicidio.

- ¿¡Pero cómo es posible señora!? ¡Algo tan serio como un homicidio y usted comienza relatándome su vida! Ahora mismo hay que salir a…

- ¡Cállese! ¡O no le digo! Así que siéntese y déjeme explicarle que sin mí no podrá usted hacer nada.

Fíjese que esta mañana, bien tempranito, como todos los miércoles desde que tengo 10 años, me he ido al rio a lavar. Y  fue ahí cuando vi el cadáver de un joven de piel clara, así, un poquito más quemadito que yo, cabello lacio  y abundante y vestido muy elegantemente con un ramo de flores metido en la boca.

¡Ay oficial! Perdone usted si no es ahora hasta las 3 de la tarde que les vengo a decir lo que ha pasado, pero debí moverme a otro lado del rio a lavar y en la casa me esperaban mis quehaceres, además, tenía que consultarlo con Dios el siempre me dice que hacer.

- Señora discúlpeme, pero le ruego por favor que trate de ser objetiva y colabore con nosotros. Debemos tomar carta en el asunto lo antes posible, así que  venga usted conmigo y con los demás oficiales al lugar de los hechos.

- ¡Ah no oficial!  Si en el lugar de los hechos no ha quedado nada. Yo misma me encargue de dejarle todo eso limpiecito, con ayuda de  la Cleotilde enterré al pobre hombre como se debe, hasta le oramos, y las flores que llevaba en su boca se las he puesto encima de su tumba. Además le he lavado la ropa, claro menos  la interior porque sería deshonroso delante de mi hija y delante del señor.

- ¿¡Esta usted loca!? Ese cuerpo debe ser entregado  a los forenses para ser estudiado e investigar el caso.

Al pronunciar estas palabras suena el teléfono.

- ¿Si?  Aja, entiendo (mira a la mujer con cara de desesperación  mientras tomaba unas notas), lo llamo enseguida, ya trabajaré en eso. Bueno, adiós.
Señora, -le dice entre un suspiro mirando las notas-  ¿puede detallarme como era el hombre que encontró a orillas del rio?

- Mire, era un poco mas quemadito que yo, no mucho, imagínese como si hubiese pasado una tarde bajo el sol. Tenía mucho cabello lacio y oscuro. Era joven de peso común, no muy alto, con un golpe en la cabeza. Vestía una camisa azul  la cual me dio mucho trabajo para sacarle el sucio de tierra pero soy hija de mi madre ya sabe ella era…

- ¡Señora concéntrese!

- Y unos pantalones negros.

- Escúcheme…

- Aurora, mi nombre es Aurora, como la madre de mi padre.

- Escúcheme Aurora, al parecer el joven que ha encontrado a orillas del rio es el novio de la hija del acalde del pueblo y la iba a visitar, por eso las flores. Según el alcalde el muchacho  también cargaba  en la suelas de sus zapatos la combinación de una caja fuerte que habían sacado la muchacha y él para lo de su casamiento. Algunos rufianes se habrán enterado y lo han seguido sin poder conseguir nada por suerte, pero por desgracia matando al pobre muchacho. Aurora, debe llevarme a donde enterró  al muchacho y conseguir esa combinación.

- Ay oficial mire que mi memoria no es vaga ni despierta pero hare lo posible. Ah! Pero si lo encontraremos en seguida por el ramo de flores.

- Vamos entonces.

Al llegar a orillas del rio   encuentran las flores dispersas por todo lugar, el viento las había pateado dejándolas desorganizadas en  la orilla. El alcalde se agarro la cabeza y miro a Aurora que en ese momento miraba al cielo con las manos juntas orando.

- ¿Y ahora oficial? ¿Que hacemos?

- Búsquese un pico y una pala, empecemos a cavar y hasta que no demos con el cuerpo del joven ¡de aquí no nos vamos!

- ¿Que!?

- Como acaba de oír  Aurora, por su culpa estamos en este lío! ¿¡A quien se le ocurre hacer tal cosa!?

- ¡Ay Dios mío! Por estar yo de entremetida, si bien me lo ha dicho mi madre, ¡los miércoles son para lavar!

Por  Elba Caba.

viernes, 27 de julio de 2012

El canto de las sirenas


De vez en cuando, de noche sonaba un silbato. Un día acostado en mi cama escuché a lo lejos un sonido agudo y penetrante que llenó la habitación con un eco ensordecedor; me levanté en seguida y moviendo mi pesado cuerpo, me envolví en la penumbra y me aproximé a la pared más cercana. Pegué mi oreja al concreto y con sorpresa llegó a mí sentir un sonido melodioso y rítmico, capaz de mantenerme allí envuelto por lo menos cuarenta y cinco minutos. Escuché el canto que cuarenta años después alcancé a distinguir en una mujer, me lo decía todo y de todas las formas posibles; con besos en la boca, con pinceladas en la espalda, con abrazos en el cuerpo y besos varios.

Caí. Caí rotundamente en el sueño y en el canto de sirena que escuchaba a través de esa mujer, justo de la misma manera que hace cuarenta años, cuando terminaba de jugar con la mente y mis manos, y pegaba como un idiota periodista a la pared de concreto televisivo mi suave oído.

Una mujer que de pronto  decía que sí y después decía que me saliera de su pieza y apagara la luz cuando estuviera fuera; a veces ponía su oreja en la pared para poder escuchar el canto, pero yo le repetía una y otra vez que a veces uno tenía que esperar uno o dos años a las sirenas que no siempre estaban a la disposición de cualquiera. Ni una vez pudo disentir el notable aullido marítimo que endulzaba los oídos, el párpado y el sexo.

Era una mujer que lo creía casi todo, podía contar cien historias juntas sobre distintas civilización fantásticas o no, podía hacer que mi cuerpo vibrara y sobre todo, podía pegar su oído a la pared por más de cincuenta minutos, un años, dos ó lo que fuera necesario. Pasábamos la tarde leyendo y mirando hacia abajo sentados en el balcón. A veces nos veíamos y otras veíamos a otros que caminaban cerca de nuestra conversación.

Un día me dijo: “José, quiero un gato”, pero Aurelia eres alérgica a los gatos, no podemos tenerlo aquí en la casa; no me interesa, replicaba, quiero uno grande para aprender a observar como ellos y para caminar sigilosamente en la calle, hablar con ellos y seguirlos durante la noche. No pude disuadirla, me besó en plena argumentación, fue su mejor arma, creo.

Un martes llego el gato, uno grande, gordo, negro y con unos profundos ojos amarillos. En cuanto lo dejamos dar sus primeros pasos en el departamento corrió hacia la pared de concreto y no se movió de ahí en seis días; maullaba y rascaba con desesperación durante la noche y velaba su sitio recién descubierto durante el día. Cuando pasábamos cerca, bufaba, lanzaba manotazos y erizaba los pelos del lomo hasta que saliéramos corriendo del lugar. La noche del séptimo día, Mefistófeles, así le pusimos, subió a nuestra cama y se colocó detrás de la cabeza de Aurelia, me quedé toda la noche observando aquella escena que parecía inusual y a la vez adorable; quería que mi esposa tuviera un gato sobre su cabeza todo el tiempo. Hasta le diseñé un sombrero con forma de Mefistófeles para que lo usara cuando saliera a la calle, pero ella se negó firmemente, dijo; No, jamás, la gente diría que hace una mujer con un gato arriba de su cabeza y, sabes que odio cuando hablan de mi cabeza.
Los meses pasaron con Aurelia y José metidos en la cama diseñando lugares y planes, con Mefistófeles pegado a la pared haciendo un verdadero escándalo y junto con sus amigos gatos (más de cinco) orquestaban una filarmónica frente a la pared. El gato tuvo otra época donde se refugiaba  en el cabello de Aurelia, ella lo aceptaba con gusto con la condición de acordar con las ratas que allí también se alojaban, un trato justo de vivencia tranquila y cordial. En todos esos meses, ella no salía para nada se quedaba encerrada en la habitación, no salía al café, ni a la calle ni a la cama. Tomé la decisión mientras tomaba el desayuno; tenía que sacar a Mefistófeles de Aurelia. Llegue a casa con la intención homicida descarnada y cuál fue mi sorpresa al encontrar de nueva cuenta al gato gordo y negro rasguñando y maullando en la pared. Aurelia dormía acostada en el sillón, en el piso había un libro y un elegante plato de restos de comida, me acerqué y le conté al oído una de las cien historias que me había contado y caí enamorado y por supuesto, dormido junto a ella.

A la mañana siguiente, desperté con ánimos de acariciarle el lomo y bigotes a Mefistófeles, me levante, besé la frente de la mujer que allí acostada permanecía en espera del mismo. Caminé hacia la pared donde observé una multitud gatuna alrededor de lo que parecía mi gato, me aproximé y aparté a los mininos que estaban ahí reunidos, felinos que terminaron por largarse. Me arrodillé junto a Mefistófeles y lo acaricié, estaba muerto, me acosté de nueva cuenta y, al igual que antes caí enamorado y por supuesto, dormido junto a él.

Después de contarle la noticia ella se encerró en el balcón por más de un mes, lloraba desconsoladamente, desayunaba poco y me besaba poco, yo, del otro lado de la puerta le cantaba como las sirenas me decían y le contaba historias pero no, no salió, nunca salió, bueno yo no recuerdo haberla visto. Después de un largo sueño de espera me encontré con una carta que se había deslizado por debajo de la puerta. A continuación la desgloso con lo que me queda.
Me harté, un día le propuse a Rodolfo Martínez Heredia que viniera a tomarse un algo y por allá conversas acerca de la coyuntura y el café, del movimiento  y el vino, y siempre terminábamos hablando de Enriquito y la chingada. Terminabas y me decía que faltaba algo, azúcar, creo decías. Pues allá en la pieza de Ana está todo, entrabas y no salías después de un lapso prolongado. Cuando salías, estabas exhausto para terminar la plática agendada.

Terminábamos casi siempre entrada la noche, después de hablar comenzábamos a escuchar. Lo hacíamos en secreto, Ana no sabía casi nada acerca de nuestra actividad marítima, nos poníamos a escuchar a  las sirenas y ella pensaba que éramos idiotas. No queríamos quela gente se enterara de nuestro secreto, que hasta ahora nos parecía maravilloso y de igual manera nos mantenía unidos a una especie de pacto entre caballeros que sólo podría ser cancelado con una estocada en el pecho (de lado izquierdo).

Habíamos peleado, batallado y librado la batalla final hasta el cansancio, era evidente, no podíamos romper los lazos. Nos habíamos vuelto charolastras, amigos y por fin hermanos. No nos importaban ya, ni Ana ni el vino, ni Díaz, ni nada de nada. Sólo al final estaba sobre todas las cosas, el canto de aquellas sirenas. 

Alguna mañana, comía besos en el desayuno. Ana me acompañaba, mezclábamos vino, fresas o mandarinas dulces; Me llamaste para decirme que venías con García, Sánchez y Ruiz para escuchar el canto. Quieren cantar, me dijiste. 

Ana me tomó de las manos y se alejó al balcón. En seguida escuché un silbato que me dirigió a la pared. Grité: Ana, Ana, ven rápido, apresúrate por favor. Llegó y yacía tirado en el suelo con un hilo de sangre en las orejas y la pared gritando la tragedia, el concreto  contándole a Ana lo sucedido. Poco supe, supe que yacía sin vida en el piso de mi propio apartamento, sin vida con las orejas ensangrentadas en mi piso de la calle Congreso.  

Nadie ni nada llegó, sólo la muerte de Ana que llegó pronto. Días después, tras el clamor del fin del otoño y al clarear del sol de un diecinueve de Noviembre del 95 se dejaba caer del mismo edificio. La noche anterior, me enteré por tu carta que el amor de mi vida, la mujer que vive dentro de mí; había escuchado el canto de las sirenas. Dejó un papel arrugado bajo su almohada, una carta con pocas palabras.

José:
Este canto es tuyo y mío, se toca en esta tierra. Lo cantaremos con deseo, sea cual sea su valor.
Lo perdido, perdido está, no podremos recobrar lo que se llevó el diluvio. Pero eres mi felicidad y te amo más que a mi sangre. 

Las olas rompen sobre mí, mientras estoy en la arena esperando a que tú llegues y me tomes de la mano. Cuelgas flores entre las ventanas que dan a la mar donde se deslizan deliciosas sirenas que cantan la sangre tuya.
AureliAna (Desde la pared)

Por José Emilio Hernández Martín

viernes, 20 de julio de 2012

Antes del día en que no sueñe contigo…

Llevo ya varias noches durmiendo de manera profunda para sólo despertar sobresaltado, sintiendo un vacío que no puedo explicar, sintiendo una carencia en mi vida que no he sido capaz de suplir, sintiendo tu ausencia. Una ausencia que me pega cada vez con más fuerza al haberte tenido ya, pero sólo en sueños.

Todas estas noches de temblores incontrolables, sudores fríos y sensaciones inconexas han estado plagadas de tus visitas en lo más profundo de mi mente. Y no sé cómo sacarte de ahí, no sé siquiera si quiero hacerlo, ya que esa es la única manera en la que puedo tenerte cerca.

Suena un tanto extraño, medio obsesivo quizás, lo sé, pero si algo he de admitir, es que ahora que te conozco, ya no puedo estar sin ti. No sé que tengas que me haya conquistado, no sé qué te haga tan especial pero no puedo sacarte de mi mente, todo el día pienso en ti, y cuando no, tu recuerdo me persigue en las noches, me acecha entre sueños y no me deja dormir en paz, me provoca sueños multicolor en los cuales yo provoco en ti lo mismo que tú en mí, provoco de manera natural que te enamores de mí y compartimos momentos únicos, hasta el momento en que abro mis ojos a la realidad y me encuentro en mi cama, solo, sin ti.

A veces me he puesto a pensar largo y tendido sobre esto y llego a la conclusión de que ésto no es sano. Estas ilusiones nocturnas se han vuelto recurrentes, incontrolables, tan poderosas que he empezado a perder la noción de la realidad, he comenzado a creerme los cuentos que mi imaginación crea, a caer en los juegos que mi mente crea y a perder lentamente la cordura.

¡Ya no te quiero en mis sueños!

Siendo sinceros, te prefiero en mi realidad.

En una realidad tangible, tan tangible como tus labios pegados a los míos y no una simple ilusión que se puede acabar con el timbre de un despertador. Pero eso no es posible, al menos no ahora y es por eso que debo conformarme con esta dulce aflicción que me provocan tus visitas nocturnas, visitas que me alivian por momentos para luego destruirme al desvanecerse con la facilidad con la que abro mis ojos.

Ojalá que llegue el día en que no sea necesario soñar contigo, pero antes de que ese día llegue, antes del día en que no sueñe contigo, sufriré y gozaré a la vez cada una de esas noches en las que eternamente estarás conmigo.

Por Flavio Reyna.

viernes, 6 de julio de 2012

Ella sueña a un desconocido

Ella lo había citado. Le escribió un mensaje un tanto inexpresivo, en palabras más o palabras menos, le había dicho que tenía que contarle algo. Sinceramente aquello a él le perturbó un poco, tenían mucho tiempo sin verse, aunque existía una relación amistosa entre ambos, no solían frecuentarse a menudo.

Llego puntual a las 5 pm, vestida sencillamente, pero con ese dejo de gracilidad y aquella sutil elegancia totalmente inconsciente. Como siempre el ambiente se impregnó de su perfume, un toque inconfundible de ámbar y madera de oriente. Estaba delgada como siempre, sin embargo tenía un cuerpo bien proporcionado, suaves formas y unos ojos tan inmensos y negros que a veces desconcertaban. Es guapa, pensó él, pero lo ignora.

Lo saludó con afecto, y al cabo de unos minutos le dijo:

“No sé si sea lo mejor revelarte esto a ti, pero intuyo que es lo único que me falta por hacer. Hace un año que vivo aquejada de un mal extraño, una enfermedad onírica, por así llamarlo.”

Su mirada denotaba ansiedad, pero estaba totalmente seria. El tema realmente parecía ser bastante grave.

Prosiguió su relato y yo la escuché, aún más atento:

“Hace un año conocí a alguien, un hombre. No me demoraré en darte sus señas, ni te explicaré como lo conocí. Creo que lo mejor, será que ahorre estos detalles y vaya pues directo a lo que deseo contarte.  Antes de continuar, he de decirte que yo me he examinado muchas veces, antes de contarle esto a alguien, sabes y me conoces  que soy una mujer bastante racional y que no me gusta enfrascarme en cosas inverosímiles. Soy de un talante más bien práctico.”

Y  no mentía, ella realmente siempre se había caracterizado por ser muy inteligente y por poseer un pensamiento analítico y lógico. Una mujer con los pies bien puestos sobre la tierra. Por ello cuando me mencionó lo de su “enfermedad onírica”, quedé pasmado, aunque traté de disimularlo de la mejor forma posible.

Continuó su relato y esta vez, presentí no haría más aclaratorias, ni inducciones. Puede deducirlo gracias a la fuerza de su voz, y por el fulgor misterioso de sus pupilas.

“Este hombre que conocí, hace un año, sólo lo he visto una vez. (hizo una breve pausa, visiblemente afectada). Pero en mis sueños, lo he visto muchas veces…diría que infinitas veces.

El por supuesto  ignora totalmente esta circunstancia, para él solamente soy una conocida, o mejor dicho una desconocida, con la cual la cual se cruzó fugazmente. Yo no sé mucho sobre él. La interacción ha sido inconstante y como te comenté, en persona sólo lo he mirado una vez. He de reconocer que en ese breve y único encuentro “real” sentí algo de perturbación al mirar sus ojos, muy hondos, esos que parecían saber algo sobre mí. La conversación fue breve y extraña, y al marcharse dejó un eco  de  su perfume, no lo sé. Sus manos, estaban perfumadas, o era su olor personal. Se había marchado y su olor estaba allí. Sin embargo traté de olvidar todo esto, el encuentro y sus efectos no tenían mucha lógica ni consistencia. Y así fue, olvidé todo en la cotidianidad de mis días siempre ajetreados. Lo que no sabía es que este olvido era muy temporal.

Pasó un mes exacto. Allí comenzó lo insólito. Lo soñé. Dormía a mi lado, y podía sentir su respiración, los latidos de su corazón, su cuerpo vivo y tibio a mi lado. Mi cara estaba casi sobre su pecho, que estaba desnudo como todo su cuerpo.  Recuerdo con precisión  que sobre su pecho colgaba un crucifijo, era una cruz, no demasiado pequeña, que pendía sobre una tira de cuero, o algo similar. No era una cadena común con el crucifijo, no. Desperté y aún sentía la tibieza de su cuerpo y la imagen de esa cruz flotando en mi cabeza. Sin duda, era el mismo desconocido, ese el del encuentro breve, que ahora había invadido mi sueño, pero lo que me sobrecogió, fue el grado de intimidad de ese sueño y de los siguientes.  No te abrumaré en contártelos todos, pues han sido muchos en el transcurrir de este año.  Son tantos que uno parece crear al otro, se perpetúan. No he de describirte algunas cosas, que son íntimas, me imagino sabrás comprenderme.

Aunado a ello, me he sentido ansiosa, he tenido algunos problemas para conciliar el sueño, y cuando sueño con él, es algo tan vívido que parece sobrenatural.

En el sueño, he sentido mi corazón dentro de su cuerpo. Él se ha perdido en el mío. Hasta soñé en una ocasión que me regalaba un libro: París era una fiesta de Ernest Hemingway .”
En este momento, se vinieron a mi mente muchas interrogantes, entre ellas: ¿Ésto podría ser posible acaso, soñar con un perfecto desconocido de esa forma?

No pude evitar preguntarle.

¿Te atrae este hombre? Su mirada demostraba confusión. Hizo un silencio y sólo alcanzo a decir. “En el sueño, somos como dos cuerpos imantados.”

¿Lo has visto en otras ocasiones? ¿Le has visto ese crucifijo?. Su respuesta fue. “Solamente lo he visto una vez en mi vida. No he intimado con él, no puedo decirte si el posee esa cruz o no, tendría que haberlo visto en una situación íntima, o con una ropa holgada, o que lo hubiese llevado por fuera, pero cuando le vi, no alcancé a ver nada, ningún crucifijo, estaba vestido… bueno creo que ya te he explicado, no hemos intimado para nada”

Reconocí que mi pregunta fue tonta. Si sólo lo vio una vez, no tendría mayores datos sobre él, que lo que lo escaso que arrojó ese breve encuentro. Me quedé sin palabras, no podía expresarle nada, todo aquello resultaba muy confuso.

Ella me miró y supe que iba a marcharse.  Solo atiné a decirle un poco balbuceante.

¿Y si él te sueña también?. Ella me miró algo dubitativa, pero luego sin más me dijo. “Eso es imposible. Si él me soñara como yo a él, ya habría venido en mi busca”. Luego de esto, seria e inquebrantable, se despidió de mí con afecto.

Y  agregó por último:

Te lo conté porque eres escritor, haz algo con esta historia. O simplemente no sé, quizás, al decírselo a alguien más los sueños vayan mermando, quizás todo se evapore. Quizás el secreto sea el combustible de estos sueños. Tarde o temprano han de desaparecer, aunque mi corazón lata dentro de él, aunque yo sienta a veces conocer los rincones de su espíritu, aunque casi palpe su piel, aunque me inunde siempre su olor y aunque sé perfectamente que conozco ese cuerpo como nadie, como ninguna otra mujer… Toda esta enfermedad onírica se desvanecerá en un un soplo. Porque ya lo sabemos “Los sueños sólo sueños son.”

Después de esto comenzó a caminar, segura, precisa, se llevó consigo sus formas gráciles, su aroma de ámbar y solo me dejó en un mar de perplejidad.

Por Mariela Cordero.

viernes, 15 de junio de 2012

¡Chin, mano!





No mames, hace mucho que no usaba esta pantiblusa y orita que la traigo puesta, ¡qué rico se siente!


No sé cómo ni por qué, de repente llegaste a mi imaginación.
Iba en el puma rumbo al teatrillo intelectualoide eslamero y poesía performancera, todo muy glam, muy postmo, arte y eso. Estaba leyendo cosas del lenguaje y del pensamiento (bien alejado el pedo) pero yo creo que sentí muy pegada esta madre de la pantiblusa y entonces tuve una experiencia contigo, medio sexual la onda.


Ayer te vi más guapo que la primera vez que te topé (ayer fue la segunda). ¡Estás rechulo, mano! Fue raro que cuando te conocí era de noche y te vi bien güero y ayer, ya de día, topé que eres un morenazo bien lindo pero lo que se dice lindo, ¡lindote!


Bueno pues, entonces no sé qué transa porque orita es muy temprano para que me ande imaginando estas cosas tan eróticas: besarte rápido con mi lengua helada y húmeda, rodearte con mi cuerpo, y que tú pasees tus brazos y tus manos por mi espalda y mis senos pequeños y disparejos. Tus rastas, la imagen de tus rastas en esta escena tan chingona, seguro me llevaría a un delicioso y bien mojado orgasmo, si no hubiera agarrado esta madre (segurito que me llevaba) y detenido mi mente para anotar esta mamada. Bueno, no vayas a creer que por "mamada" me refiero a una mamada, no, nada de eso, eso no lo he imaginado aún, sólo fue la expresión.


Al rato me inventaré otras cosas más acá muy acá para enriquecer tu imagen en mi memoria y volverme loca y estremecerte también. Tal vez toques el sax y me mires o cierres los ojos muy concentrado para que la cosa se vuelva más íntima y sensual. Por cierto que cuando te escuché tocar esa vez me dieron ganas de gemir de un modo casi imperceptible, perceptible sólo si mis labios hubieran estado rozando tu rostro, así muy cerca de tu oído.


¡Chale! Y todo esto nada más porque sentí la pantiblusa pegada como si fuera tu pantalón pegándoseme al clítoris...


¡Qué chido! ¿No?


También recreé tu risa lenta y boba pero sexy. Me contagia muy mamón aunque casi nunca entiendo de qué ríes. Reíste otra vez y metí mi lengua en tu boca sin dejarte reír más, tejí mis dedos a tus rastas y metí tus manos por mi pantalón para agarrar mis nalgas.


No quería bajarme del puma porque me distraería más que cuando decidí inmortalizarte en mi libreta azul pero tenía que bajar para echar la poesía ahí en el Che y pues que se acaba la fantasía, ¿no?


¡Lástima! Un día, que te metes una línea y que se te atora en las narices y que te entra una gripa rara y tremenda de varios días...


Desapareciste una noche en un chou de circo, choro ondergraundsoso callejerezco bien mamalón y sólo quedó tu sax flotando para caer después al piso de la tarima donde estabas parado. Fin.


¡Lástima! Porque eres perfecto pero pues ni existes, namás te andaba inventando, no eres cierto...


Te inventé para mí y mi sexo. Inventé tu cuerpo para mi cuerpo y mis sentidos. Inventé tu color y tus rastas, tu sax y tu armonía es mía, todo tú eres mío. Te desaparezco y te convierto en una mano, en la mía, en mi lengua, en mis gemidos, te creo hombre moreno y barbado, te hago imagen y sonido. Te hago mío y te convierto en mi pantiblusa, azul, delgada, pegadita, mojadita.


Entré al Auditorio, a un cuarto de fracción del eventazo y después de otro cuarto, que comienza la función...


Un chou de circo, choro ondergraundsoso callejerezco bien mamalón...
Abrí mis ojos con una expresión seguramente muy cagada pero ¡verga! estaba inmóvil y más pinche roca quedé cuando llegó a mis oídos... ¡Hermoso sonido metal, no te vayas nunca!


Era él, eras tú, hombre moreno y barbado, mi mano, mi lengua, mi armonía, mi sax, mi clítoris bañado.


No mames, hace mucho que no usaba esta pantiblusa y orita que la traigo puesta, ¡qué rico se siente!
Por cierto que cuando te escuché tocar me dieron ganas de gemir de un modo casi imperceptible.


Te hago mía, pantiblusa azul, delgada, pegadita, mojadita.


¡Hermoso sonido metal, no te vayas nunca!






— Jarana Mosquito

martes, 12 de junio de 2012

Sucesión

Tarde invernal, te acercas. ¿Qué dices? Oh, ¿sigues con ello? ¿Cuál es el problema? Toma mi mano. Sí, tómala. No, no pasa nada... Ven, camina conmigo. Camina, sigue caminando. ¿Espinado? Pero, ¿de dónde? El camino no está espinado. Oh, ¿sigues con ello?


Prefieres mirarte, siempre cual reflejo en cielos. No tomará la vida entera, ¿lo entiendes? Solamente es una sacudida, tu punto de escape. Un escapismo, eso es. Sí, lo es. ¿Que no? No, espera, sé que al mirar ese azul iluminado pretendes sentires dulces e inimaginables. Lo sé, pero no te alejes. Ven, que yo también te necesito. ¿El cielo? De acuerdo, miraré el cielo mientras permanezcas conmigo.


Cerré por poco los ojos. Aquí seguías, ya no con cielos, de pronto convirtiéndote en uno mismo. ¿Por qué cambias de estado? Quédate, no te me esfumes. Sí, lo sé: no es sencillo. Pero, inténtalo. Tú sabes lo que dicen. ¿Que qué dicen? Oh, tú sabes: ¡Inténtalo, no perderás nada! ¿Se equivocan? Bueno, pues, tomaremos fotografías. No, deja de angustiar la vida. Ven, toma mi mano de nuevo. Ahora, juntemos las manías. Eso es. Solamente las manías.


Sonríe. ¿Escuchaste aquel obturador? Somos todos, sí. Aquellos, verás, que cristalizan silencios. Almas prestadas, tan sólo eso. No, si yo sé. No somos únicos.




Me miras. Vamos al mar. ¿Que no hay mar? Oh, pero si estamos frente a él. Eso es, perdurable, ¿no es así? El sol, tan sólo la luz. ¿Prefieres baño de luz o agua? No, no son la misma cosa. Te ríes. "¿Cosa?", me preguntas. Sí, cosa. De pronto, el cielo esfumado está ya en tu mirada. Caminas de pico abajo, corres. Gritas, lloras. No, es que no me apetece gritar irregularidades contigo.


Tu mano en el umbral del pecho. Fácilmente me abandonarás cuando propicio te parezca el tiempo. Casi como un chiste te irás. ¿Que no me preocupe? No tienes idea de lo que venía pensando. Ríes conmigo. Un magnífico evento habernos conocido. ¿Por qué alargas tu mano? ¿Qué hay dentro? De acuerdo, de acuerdo, no me preocupo. Cielos, mares, mareas. Seguiré contigo aquel impreciso tiempo vuelto seda ya.


¿Dónde estamos? ¿A dónde me has traído? No me lo dirás, vaya historia. No existe un sólo enlace, ¿te das cuenta? ¿Que entremos? No, me dolerá saltar tan alto. Sí, sé que estás conmigo, mas no me ubico. ¿En qué momento intercambiamos sedes? Tan sólo dime, ¿en qué momento lo diluido me perteneció? Y, ¿en qué momento lo constante es ya tuyo?


No, no quiero. Te digo que no. Por favor, no me obligues. ¿Que por qué? Oh, ¿te parece poco desaparecer aún más? Estás nadando en vacías laderas. No me conoces, nunca me has conocido. Es eso. No, sigo sin desearlo. No me obligues, por favor.


Me prometiste el amanecer. Ahora tomas de mi mano. Ya no debo pedirlo, lo haces sin aviso incluido. Claramente, el día pretende nacer nuevamente. El problema es que no lo miro. Yo, sabrás bien, ya no existo. Después de matar toda confianza mía, prometiendo amaneceres sin dolor, yo ya no existo.


No puedo mirar algo sin difuminarlo. Me has causado tanta tristeza, tanta desolación. Ya nada más miras hacia adelante, dejándome de lado. Desesperación me invade. No te vayas, espera. No, por favor. ¿Cómo lo explicaré? Si tan sólo tuviera una razón, si tan sólo existieran aún las palabras. Lloro, pero no escuchas. Grito, entonces, grito en demasía. No mueves la mirada.


Prefiero no tener conciencia. ¿Cuándo será ya el preciso momento? Ya debes irte. ¿Que no? ¿Por qué? Déjame, tan sólo déjame. Ya no te necesito. Me has marcado, y eso jamás lo preví. Ahora, sigilosamente te pones a llorar. ¡Ah, me viene pareciendo tan absurdo! Casi como un lío de luciérnagas a pleno día pleno. Vete, que ya aqui te has quedado por siempre. Con esta parte tuya tengo, sí, con esta y nada más.


Cuento hasta tres. Si no te has ido para entonces, te mataré. Sí, lo haré. Para luego morir de tristeza yo. ¿Cuánta tristeza puede llevar dentro el cuerpo? Uno, dos, tres...


Abro los ojos, tan sólo viendo un pergamino. No quiero mirar, ya no. Los entretengo un poco, sin desear buscarte. Pero, te siento. Y tan sólo eso es suficiente. Estás, sucesión. Estás ahí, aqui, en todos lados.


Por Lucie Labra

viernes, 1 de junio de 2012

Lucía...

Esa noche cuando Lucía se sentó frente a su computadora no podía pensar en otra palabra para describirse a si misma que no fuera "patética". La razón por la cual esto ocurría es que dentro de Lucía se habían desarrollado una serie de acontecimientos órgano-sentimentales que la habían colocado en aquel peculiar estado.
Cuando Lucía se levanto aquella gélida mañana de octubre se quedó paralizada, no debido a alguna condición fisiológica si no que la parálisis que ella sufría era debido a una, por llamarlo de alguna manera, incomodidad del alma. Verán, cuando Lucía abrió los ojos y las líneas paralelas que formaban las persianas de su cuarto con la ventana se definieron en sus pupilas, el pensamiento que arribó como mensajero matutino a su mente fue que no tenía absolutamente ninguna razón para levantarse de la cama y "vivir".
Lucía juzgó que la mejor estrategia era convencerse de la falsedad de este juicio acarreado por la nubosidad del pensamiento al alba, por lo que comenzó a hacer una lista de cosas que quería, cosas como "una cámara fotográfica nueva", "un par de zapatos de tacón alto" y otros sustantivos que la sociedad nos ha inculcado que al poseerlos se es feliz. Sin embargo pronto se dio cuenta de que este tipo de cosas no valían la pena ni siquiera que ella parpadeara una vez más.
Prosiguió y en un cambio de planes comenzó a pensar en toda la gente que dependía de ella, sin embargo, de la misma manera que la estrategia anterior había fracasado, esta estrategia para convencerse de que valía la pena continuar con la farsa diaria fracasó.
La lista "personas que me necesitan" fue a hacerle compañía a la lista "cosas que me harán sentir bien", ambas se encontraban en ese lugar al que van a parar todos esos pensamientos que juzgamos inútiles, pensamientos que nos defraudan, pensamientos como "Para el mes próximo habré perdido 10 kilos" o "El próximo año sí voy a estudiar francés".
De alguna manera Lucía en un momento de inspiración logró dar media vuelta en la cama y se encontró con la proyección de las persianas contra la pared del cuarto, al tiempo que el relieve de su cuerpo rompía la simetría de la escena sobreponerse este a las sombras que habitaban la pared...
Levantó un brazo con su respectiva mano y abrió los dedos, observó la manera en la que fluían y convivían la geometría de la sombra de las persianas con las formas curvilíneas de su anatomía, y fue en este momento en que Lucía experimento una sensación de lo más particular.
Sintió que ella, Lucía, había dejado de existir, existían la pared, las persianas, la sombra de las persianas y las sombras de los dedos, de la mano y del brazo de Lucía, sin embargo, ella misma Lucía, no existía.
Era un espectador que observaba la pared y al mismo tiempo habitaba un edificio celular que los demás edificios celulares llamaban Lucía, pero ella misma, la entidad capaz de decir "esa es mi sombra y estos son mis dedos" no pertenecía al mundo de las sombras y los dedos y las paredes.
En ese momento cayó en cuenta que no existía en el universo entero (el universo de las sombras, dedos, paredes y gente hecha de células) ni una sola razón por la cual Lucía (la persona pensante y no la persona celular) debiera pararse e ir a trabajar, que ella tenía infinitas opciones, una de las cuales era quedarse en esa cama, en esa posición, con la sombra de su mano en la pared, por el resto de la eternidad; y otra de las infinitas opciones era levantarse de la cama y salir al mundo material.
Acto seguido Lucía se levanto y corrió las persianas, recibiendo un baño de luz dorada sobre su cara, dispuesta (más que nunca) a vivir la vida, sabiendo que era ella y solo ella en un acto de suprema autonomía la que lo decidía así, por si misma y para si misma.
Por José Patiño.