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viernes, 10 de mayo de 2013

Recuerdos quemados


El fuego encendió pasiones, el humo llenó el espacio de a poco, las llamas calentaban el corazón de los presentes. No necesitaron gasolina, el celuloide prende por sí solo y las ganas de acabar con el pasado no podían esperar. Javier quemó todas las fotos pensando que así borraría el pasado, creó la imagen perfecta en su cabeza: encender todo terminarían con los recuerdos, desaparecerían las personas de ese oscuro pasado.
    No pensaron que un lugar abierto sería una mejor opción para el acto. El humo invadía sus pulmones, Jessica tosía y escupía sangre a cada instante. Sus dedos inmóviles e inexistentes acariciaban su cabello mientras el cuerpo se llenaba de tierra y cenizas. Javier comenzó a perder la vista, el fuego quemó sus retinas: se derretían como hielos bajo el sol del verano.
    Los dos jóvenes no estaban solos, Estela los observaba desde la ventana del edificio de enfrente. Quería entender lo que pasaba en esa oscura habitación, pero no conseguía hacerlo. Veía sombras, luz roja, humo y pudo percibir un olor muy extraño; no era papel quemado ¿pólvora? ¿carbón? no lograba distinguir; aspiraba el aire con más fuerza. Los bronquios rechinaban fuertemente, pero su curiosidad no le permitió escuchar el sonido.
    Javier se acercó al montón de fotos prendidas, sus pantalones se encendieron sin dejar huella alguna, no notaba su ceguera ya que sólo veía al fuego y podía distinguir la luz de las llamaradas en contraste con la oscuridad del cuarto. Jessica tosía con mayor frecuencia, la sangre comenzaba a salir por su nariz; sentía calor en el pecho, una especie de acidez que subía por su tráquea quemando todo lo que había a su paso. Estela, asoleada, se deshidrataba mientras aspiraba el humo con olor a carne quemada.
    Quemar los recuerdos, las fotos; era una forma de eliminar al pasado, de matar a la gente que los había marcado. Querían estar juntos en el presente sin notar que las personas de las fotos eran ellos. Los tres niños vivieron juntos en Celaya cuando tenían apenas cuatro años. El padre de Javier los había maltratado, todos recordaban al señor canoso con sombrero de paja que los golpeaba, que los tocaba.
    Estaban marcados y el fuego sería el encargado de borrar todas las cicatrices. Las fotos tenían la imagen de los niños, nunca salía el campesino recolector de fresas. Eliminar el pasado, borrar los recuerdos, quemar el dolor. Encender las fotos implicó dejar a un lado la inocencia de los niños; Javier, Estela y Jessica murieron esa tarde, intoxicados por los recuerdos quemados. El señor permaneció vivo en Celaya, sin recuerdos, sin culpas. Quemar el pasado afecta el presente. Nunca existieron.


Por Mariela Flores Aguilar.

viernes, 19 de abril de 2013

La danza limpia






Hoy están vivos a pesar de haber vivido cosas extraordinarias. Ellos se preguntan qué hacen las personas para ser felices, pero simplemente no entienden las sonrisas estúpidas de los enamorados al ver las jacarandas tapizando las calles de la ciudad. "Más basura de la naturaleza", piensan sin abrir los ojos con optimismo, con esperanza. Otro día de salir a la calle sin ganas de hacerlo; maldito trabajo que les tocó realizar, maldito el día en que decidieron dejar todo a un lado para obtener ganancias efímeras. No sabían lo que el futuro les traería, y no esperaban terminar así, barriendo las calles de la ciudad.
    Quisieran pensar que su vida cambiará, aunque no saben cómo ni cuándo. Se tambalean y menean la escoba desilusionados. Otro puto día de trabajo, otro igualmente interminable como el anterior. Cuando deciden partir a su hogar, el trabajo no está terminado, nunca terminará, y el siguiente día tendrá más basura acumulada.
    Aunque quisieran romper con la rutina, no pueden hacerlo. Al llegar a casa, deben lavarse. Sin recursos, tienen que llenar cuatro tinajas con agua para toda la semana: en las noches se meten en ellas y comienzan a tallar sus cuerpos. Son dos hombres pudorosos que, aunque han vivido juntos mucho tiempo, no pueden lavarse sin cubrir sus genitales con toallas que suelen terminar empapadas.
    Su casa no es más que un pequeño cuarto con dos ventanales: uno, el de madera, les sirve para poner sus cremas; el otro, el mas grande, está cubierto por una reja de metal, la cual les sirve como tendedero. Ya no soportan vivir ahí, quisieran regresar a su país de origen, pero escaparon de una forma poco amable: huyendo del sistema de justicia. Jamás podrán regresar a Japón.
    Después del baño, se duermen y sueñan con un nuevo día en el que su vida cambiará. Despiertan sin ganas de abrir los ojos a la realidad: otro día de trabajo en la gran ciudad. Se arman de valor y toman las calles.
    Comienzan por barrer cada rincón; hacen su trabajo a prisa como si en verdad fueran a terminarlo, como si las hojas de los árboles dejaran de caer por un instante, como si la gente fuera más limpia y guardara su basura, como si en verdad la limpieza fuera un objetivo fijo. Saben que su trabajo no tiene fin, pero eso no impide que busquen cambiarlo.
    Ese minuto fue mágico. Pusieron sus botes de metal sobre la calle, agarraron sus escobas con ambas manos y comenzaron a tararear La vie en rose. Bailaron abrazando las escobas sobre los botes. Los ciudadanos afortunados que pudieron presenciar el momento, no dejaron de sonreír. Simplemente era algo inesperado que nunca más tendrían la fortuna de ver, al menos no en la gran ciudad.  
    No sabían lo que pretendían con su baile, no sabían lo que hacían ni el impacto que causarían en el resto de los ciudadanos; el cambio había llegado, el cambio que tanto habían esperado, con el que siempre soñaron. ¿Por fin podrían vivir como siempre habrían querido? Eso es algo que aún no saben, pero pronto lo descubrirán.
    Siguen bailando sobre los botes, con sus escobas, siempre limpios.

Por
Mariela Flores Aguilar .

domingo, 24 de marzo de 2013

Durazno, mi amor


La última vez que lo vi era durazno, hoy es tan distinto que no puedo reconocerlo. Aunque aún conserva su esencia: mejillas color durazno, labios suaves como su piel aterciopelada, ojos cafés como su hueso; aseguro que sigue siendo un durazno. No entiendo como pasó, pero dejó de ser el fruto tan dulce que fue al crecer en el árbol.

    Todo comenzó con un hueso café, arrugado; lo sembré en el parque de la colonia con la ilusión de verlo crecer y comer de él. Todos los días, en la tarde, iba a regarlo entusiastamente esperando que creciera, que su sombra me cubriera del sol durante el verano. Los días lluviosos eran los más tristes, mi papá no me dejaba ir a regarlo “con el agua de la lluvia basta” me decía.
    Al paso del tiempo, el árbol fue creciendo, pero tuvieron que pasar más de diez años para que comenzara a formar un solo fruto. Comenzaba a desilusionarme, la esperanza se iba día con día al no ver señas de fruto alguno; sólo algunas flores rosas, pálidas. Cuando finalmente comencé a ver los botones de fruta quedé impactada y más porque fue una gestación muy extraña, sí, gestación porque pasaron nueve meses para que el durazno por fin cayera del árbol.
    Esperaba con ansias ese día, por fin iba a poder comer el primer fruto del árbol que había sembrado casi once años antes. Cuando vi que el durazno estaba a punto de caer, decidí dormir en el parque. Puse mi almohada recargada en el tronco del árbol y me cubrí con una manta. A mitad de la noche, un 21 de marzo, el fruto cayó. Mi durazno llegó junto con la primavera, pero antes de tocar el suelo se convirtió en hombre.
    En qué clase de sueño estaba metida. Mi lógica no estaba bien, ¿cómo es que un árbol de durazno había procreado a un hombre? La situación era muy extraña; las plantas dan plantas o frutos, nunca humanos. A estas alturas ya no había nada que hacer, sólo aceptar lo sucedido. ¿Un nuevo amigo? ¿Un fruto con forma de hombre? O acaso ¿el amor de mi vida? No quería precipitarme a nada y no sabía que debía hacer.
    Comenzamos a hablar y decidí explicarle lo que me tenía tan desconcertada, él lo entendió y me dio un abrazo para tranquilizarme. Jamás podré olvidar la sensación que tuve; no quería soltarlo, era tan suave y dulce como un durazno. Enamoraría a cualquiera que tocara, yo fui la primera, pero debí tener cuidado; dicen que nada es eterno y él fue tan fugaz que aún no lo olvido.
    Creció en un durazno y aunque creció como hombre, nunca dejó de ser tan fugaz como un fruto. Duró lo que duran las frutas en el frutero, a lo mucho 2 meses. Y así desapareció sin pensar en lo enamorada que estaba, en la falta que me haría con su ausencia. Recogí el hueso que dejó y lo sembré. La última vez que lo vi era durazno, hoy es tan distinto que no puedo reconocerlo.
    
Por Mariela Flores Aguilar.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los exiliados del humo


En medio de la noche, en un cuarto prácticamente oscuro en el que la única luz era la pequeña lámpara sobre la mesa de madera Julián decidió volver a sus viejas andadas. Tomó un cigarrillo con la mano derecha y lo sujetó suavemente con sus labios rojos; sacó el zippo de su bolsillo trasero y lo encendió mientras la mano izquierda cubría el fuego que encendería el cigarro.

    Julián estaba confundido, no sabia cómo empezar. Jaló fuertemente el humo del cigarro y lo contuvo unos segundos dentro de su cuerpo para después poder exhalarlo suavemente. Movió la silla de madera y se sentó frente a la mesa; se podía ver una hoja en blanco y un frasco de tinta azul. Cerró los ojos. Estaba perdido en sus pensamientos, entonces recargó la cabeza sobre la mesa y comenzó a respirar.

    En un acto de distracción, Julián dejó caer el cigarro al suelo, se apagó al instante. Tomó otro y lo encendió de la misma forma, como si fuera un ritual. Se quedó dormido sobre la mesa.

    Pasaron las horas y parecía que el final de Julián había llegado, pero no era así; estaba soñando, inspirándose, sintiendo. El suelo de la habitación se llenó de cajetillas vacías, Julián fumaba compulsivamente, pero su hoja seguía en blanco. El cuarto estaba lleno de humo, es sorprendente imaginarlo después de tantos años sin fumar.

    Él quería escapar y simplemente no sabía a dónde. Esto ya le había pasado antes, en su antigua habitación, la solución había sido escapar, exiliarse; ahora no sabía qué hacer, no tenía a dónde ir. El humo invadía su mente, lo atormentaba, lo mataba.

    Una gota de tinta manchó la hoja, Julián enloqueció. La noche se confundía con el día, el sol entró por la única y pequeña ventana de la habitación iluminando de a poco. Comenzó por la mesa donde Julián dormía y, pasando el tiempo; iluminó las cajetillas del suelo hasta que, al final, la habitación se iluminó por completo, mostrando letras azules en las paredes blancas: se trataban de los poemas que Julián había escrito entre delirios la noche anterior.

    Julián comenzó a gritar, enloquecido. Bajó las escaleras de forma apresurada, sin mirar atrás. Llegó a la calle y comenzó a llorar enfurecidamente. Estaba asustado y no quería cometer los mismos errores del pasado; no quería caer la rutina de hace apenas unos años; no quería escapar de nuevo de la realidad y exiliarse de sus acciones, de sus pensamientos, de sí mismo; quería ser feliz y dejar a un lado sus problemas.

    Su más grande temor era cometer las mismas acciones del pasado: fumar y escribir por las noches. El exilio funcionó por un tiempo pero todos, exiliados o no, volvemos a los orígenes. Julián temía a escribir pues sentía que dejaba un trozo de él en cada frase; sentía que poco a poco iba muriendo, se desintegraba entre la tinta y el papel.  Y así fue, desapareció pero esta vez, entre el humo de su habitación.

 Por Mariela Flores Aguilar.