sábado, 20 de octubre de 2012

"Amor" de Pablo Neruda

Amor
 
Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado, y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa --limpio de todo mal--.

¡Cómo sabría amarte, mujer cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más.







                                                                                                                                                             (1904-1973)

viernes, 19 de octubre de 2012

Secreto del tiempo


El intelectual de la época, Girón, caminaba despacio por aquella calle y aquella noche cuales serían -aún sin saberlo- relativamente importantes en su vida por siempre.  No sin asombrarse, Girón apartó su nublada vista del camino al notar cierto bulto cercano a él. A su izquierda, pues, descansaba un anciano de inusual -cabe destacar- aspecto. La noche era muy fría, y Girón no andaba merodeando cubierto con suéter alguno. Será, tal vez, que este frío tan impregnado hasta sus huesos fuera el culpable de su intencionado acercamiento.

-Buenas noches -dijo, dirigiendo el cálido saludo al anciano-.

No hubo respuesta. “¿Estará bien?” “¿Me alejo?” “¿Necesitará ayuda?” Girón no solía pensar demasiado, y sin ser esta la excepción, dejó de pronto sus pensamientos para avanzar en su camino. “¡En fin!”, murmuró para sí y comenzó a retomar el rumbo previo de su nublada vista.

-Buenas noches- dijo una inusual voz-.

Girón se detuvo helado. Será por el frío, o por el extraño tono de aquella respuesta cual -ya hundido él en sus pensares y pesares- no entendía si el posible remitente era aquel anciano o no lo era. Volteó, y el bulto no radicaba allí. “¿Qué diablos?”, se dijo.

-¿Buenas noches? ¿Quién habla? ¿En dónde está usted? -preguntó casi aturdido y sin moverse, Girón-.
-Hablo, soy yo. Estoy, aquí estoy. Mire detrás -respondieron-.

Girón volteó su cuerpo de inmediato.

-No lo miro. ¿Dónde está? ¿A qué juega? Me iré ya...
-Se irá ya, me dice. Cúmplalo y verá.
-¿Veré? ¡Pero si lo que deseo es ver! Déjeme verle, que una vez le vi ya. ¡Por ello le saludé en un inicio! -exclamó Girón, moviendo su cuerpo en direcciones todas-.

Y apareció, mas no era anciano, sino un joven enmascarado.

Girón rió. El aspecto -aún enmascarado, y con más razón por esto- del joven le recordaba a cierto maestro suyo de la infancia. Aquellos años habían sido los más tristes y obscuros de su vida hasta aquella noche, y no deseaba sumarle uno más a ellos de su presente vida.

-¿Es usted...? ¿Es acaso...? No, ¡esto es irreal! ¿Estaré soñando?
-Uno siempre está soñando, mi querido Girón. ¿Acaso es que no has entendido aún la variedad del suceso onírico? -sonrió el maestro- ¿Acaso habré de enseñarte una vez más lo que es el sueño, cual más no es que el propio instinto sabio?
-Pero, ¡vaya! Sí que es usted. Pero ¡imposible, no! ¡Imposible! Se mira idéntico a hace veinte años. ¿Será que el tiempo no se ha ocupado de usted? Me miro incluso yo más viejo ahora. ¿Quién lo diría? ¡Es usted un come-años!
-Comer años es mi más delicioso placer al tacto. Ven, ¿quieres entender mi mayor secreto? ¿Quieres entender aquel secreto que el tiempo no ha podido -y jamás podrá- erradicar?
-Sí, quiero. Enséñeme, y si es necesario enséñeme de nuevo.

Caminaron entonces hacia la gran avenida que se abría al fin de aquella calle. Allí las luces no enternecían, y alumbraban como Dios les ha mandado a hacer por siempre.  Llegaron al cruce, y el maestro aún poco alumbrado sonrió a Girón. Después señaló hacia el suelo próximo, en donde las líneas divisorias del pavimento indicaban. Girón enfocaba su vista tras los lentes gruesos que traía puestos, mas nada miraba de interesante.

-¿Cuál secreto? Aquí no hay nada, maestro.
-Fíjate bien, fíjate mejor -le respondió al tiempo mismo que le ponía la máscara suya a Girón sin éste poder oponerse-.

Y entonces miró. Aquel bulto que había visto anteriormente se encontraba en medio del camino horizontal, en medio del cruce dividido por líneas amarillas. Intentó entonces voltear a mirar los ojos del maestro, mas esto no le fue posible. Algo en su cuello no lo permitió.

-¿Qué sucede? -gritó Girón- ¿Por qué no puedo mirarlo, maestro?
-Porque no soy yo ya a quien miras realmente. Fíjate bien, fíjate mejor. ¿Qué miras? ¡Pero abre los ojos, muchacho! ¿De qué te sirve tener otro rostro ahora si no miras mejor?
-No miro nada. Miro un bulto que no tiene movilidad.
-Muévelo, si quieres.
-¿Cómo?
-Mueve un pie.

Girón rió fuerte. “¿Un pie? Este maestro perdió la cordura ahora. Mejor me largo de aquí”, se dijo. Y, entonces, al mover su pie derecho para retornar aquel bulto cayó encima suyo.

-¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! -exclamó Girón, desesperado-.
-¡Mueve tu otro pie, Girón!

Y lo movió. El bulto cayó lejos y nuevamente permanecía a mitad del camino dividido por líneas amarillas.

-Ay, Girón. Antes eras un niño bueno que podía mirar, que podía mirar mejor. ¿Qué te ha sucedido? ¿Son esas barbas tuyas? ¿Qué sucede, Girón? ¿Te explico, entonces? Muy bien, a ver -comenzó el maestro- aquel bulto no es más que mi esqueleto. Sí, mi esqueleto. Ay, Girón, escucha. ¿Qué te quite la máscara para que puedas mirarme de nuevo? Espera un momento, Girón, ¡espera y escucha! Entenderás que las bellas promesas son bellas por siempre, ¿no es así? Bien, pues yo hice una. Y mi esqueleto entonces bailó lejos de mi para hacerme juramento. Yo ya no necesitaba de él, pues mi cuerpo era ya insuficiente. Sí, insuficiente. No, Girón, ¡escucha, que no he perdido mi cordura! Mi cuerpo, pues, mi esqueleto bailó por unos días y entonces me devolvió mi máscara -aquella con que siempre me habías mirado-. Mi esqueleto nunca volverá, pues para todos ha de parecer bulto y para mi secreto. Es ese el secreto, pues, Girón. El secreto que el tiempo no podrá erradicar jamás. El precio a pagar por una promesa es el cuerpo mas nunca el alma o el ser, Girón. El tiempo se eleva todo, y no desciende nuevamente aún le ruegues hacerlo. ¿Recuerdas a mi mujer, Girón? Bueno, ella es mi promesa. Yo no estoy vivo aquí, Girón. Estoy con ella. Ella murió cuando aún era maestro tuyo en aquella escuela, mas nunca nadie lo supo en ese entonces. Ella murió y mi bella promesa fue alcanzarle al tiempo en ella. Rescaté sus hermosas sonrisas y me fui con ella. Ahora te toca a ti, querido Girón. Has de sobrellevar la comparación y no dilapidar tu tiempo aquí. Has de hacer una bella promesa, Girón. Entonces tu cuerpo será un bulto, y no más ella.

Girón no podía respirar. “Con que así es la muerte...”, susurró para sí.                                                                                                                                 

jueves, 18 de octubre de 2012

Saliva de cuerpo


Saliva de cuerpo
tegumento untado 
costados compactos
pulso interclavículo

vientre en movimiento
que contrae y se dilata

celeridad y apercepción
ritmo silencioso
inadvertido
aparente apaciguamiento

ánimo de los ojos
con afán afectuoso

cuerpo bimembre 
que se recuesta y que se sienta 
y que se mira

y se hace el amor.

Pómulos mojados
cosas 
que se dicen con cautela

erótica hermosa 
de sus labios de carne cruda
de cerebro
suave
saliva
poquitita.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Poder.

Inhabitable es su aliento que se eleva
a la proeza de los hombres
ávidos de ejercer poder.

Ese iracundo y enfermo
sentimiento de ejercer,
de correr y arrazar,
de forcejear y restregar,
de caminar con todos atrás.

Pero todos somos
y lo ejercemos, lo hacemos,
lo moldeamos, lo delegamos,
codicia y avaricia por él.

Calla y espera pasar,
cuando esté, tómalo,
ejércelo, camina,
corre, arraza y vuela.
¡Y cuidado!
de que él no te ejerza,
por que habrás dejado
de ser hombre virtuoso
para ser un pedazo de todos.

Por Carlos Osorio. 

martes, 16 de octubre de 2012


Hoy no quiero escribir, porque me
he cansado de hacer versos que no vas a leer.
Sé que detrás de esta página estoy
empuñando una pluma que está harta
de siempre entintar las mismas palabras.


Detrás de esta hoja,
sólo estoy yo
con el alma rota.


Intento escribir sobre cualquier otra cosa,
que no tenga nada que ver contigo,
la vida, la alegría, el dolor, el desamor, Tú.
Todo me lleva a lo mismo.
Estoy tratando, lo juro.
Me canse de hacerte versos…
Y sin embargo, me encuentro aquí
escribiendo una vez más para ti.

Por Arai G.

lunes, 15 de octubre de 2012

De noctívagos y noches de modorra (III).


III

“Qué andas tú haciendo por acá a estas horas”, replicó un ser escondido entre las sombras al mantener firme su mano contra el hombro de Ernesto. “Nada en especial, creo que me he perdido”, dijo asustado, impresionado tras sentir la helada mano del hombre acariciándole el hombro con una sutileza inexpresable. “¿Te has perdido, o no te has encontrado?” contestó el ser nocturno. Ernesto no respondió al cuestionamiento como si las palabras lo traicionaran y se escurrieran de su boca al tratar de expresarlas con sus tímidos labios hundidos.

            El individuo errante trató de portarse amable y comenzó a señalar la ubicación de los lugares más cercanos: desde la fuente de piedra y mosaicos con la imponente figura de un fiero león de la sábana africana, hasta la tienda de Don Rigoberto, hombre que gusta de ofrecer una servicio las veinticuatro horas y que se aparece en la tienda por sorpresa al detectar un posible comprador hurgando entre sus productos. La inmensa barba del interlocutor noctámbulo centró su atención y empezó a imaginarse formas ocultas en la negritud de su barbilla. El hombre hablaba y hablaba, pero Ernesto ya no escuchaba o no pretendía escuchar nada en absoluto, puesto que las palabras se le deslizaban por los oídos hasta quebrantarse con el piso o con cualquier otro objeto inanimado. La figura de la criatura humanoide se difuminó conforme hablaba, y antes de partir, con la celeridad de un rayo, prendió un cigarrillo sin filtro y se despidió de manera cortés y amable. “Recuerda mis palabras, no te pierdas en la inconsciencia de los sentidos, no olvides los caminos que te señalé”, dijo mientras caminaba en sentido contrario a Ernesto hasta desaparecer, con el canto barítono de los grillos, en la penumbra estéril de las calles veladas de una ciudad sin nombre.

            Ernesto Serrano no reaccionó sino hasta escuchar el sonido de un montón de ramas que se precipitaron al otro lado de la calle. No se inmutó ni un instante hasta que el chirrido molesto retumbó en sus oídos con terrible furia. Caminó hacia el sonido, como atraído por lo desconocido, hasta encontrase con una luz de estrellas oculta detrás de una rimero de arboles. Era un anuncio. “Bienvenidos al lugar donde no encuentran lo que buscaban y terminan llevándose lo que querían”, se leía en el anuncio que brillaba con una incandescencia despampanante. Ernesto se acercó al lugar. Vislumbró la entrada al establecimiento y sin dudar, penetró por la puerta y localizó de inmediato un mostrador. No había nadie. Admiró de un lado a otro la diversidad de productos que se ofrecían en la tienda: papitas, refrescos, chocolates, panes de dulce y salados, huevos, tortillas, leche. Tocó con suavidad el mostrador y al sentir el frio congelante del metal, una voz lo sorprendió desde el otro lado, y unos ojos cansados lo otearon sin cesar. “Bienvenido Ernesto, que necesitas esta noche. Te damos lo de siempre, o deseas comprar algo diferente. Vamos, vamos sin miedo, que en la tienda de Don Rigoberto siempre hay algo diferente que escoger”.

Alan Santos.

domingo, 14 de octubre de 2012

Vagones

Venía de descubrir el engaño de su pareja. Lo último que esperaba era tener a su lado a una niña, de esas que te examinan de pies a cabeza, preguntando con la mirada todo y a la vez nada.
Ella sólo cubría su rostro haciendo como que se dormía. Y la niña, haciendo como que le importaba lo que ocurría.

Siguiente estación.
Baja una madre y con ella la niña.
María sigue llorando con el rost

ro cubierto y acallando el llanto. Ni cuenta se da que su inquisidora se ha ido.

Siguiente estación.
Casi está por llegar a donde transborda.
De pronto, alguien le toca el hombro ofreciéndole un pañuelo. Eleva la mirada y es él. Aquel que será el amor de su vida y nunca sabrá su nombre. Él sólo le dice que es demasiado joven para llorar por amor.

Ella desconcertada, sólo esboza una mueca, se limpia las lágrimas y cuando voltea... ya no está.

Siguiente estación, es hora de bajar.




Por Claudia Sánchez.