viernes, 16 de noviembre de 2012

La mula tuerta

Cuéntame, mula tuerta,
castrada de las garras,
tus fieras ocasiones.

Muestra las pezuñas intactas
largas que lastiman,
mula tuerta prieta, 
acabada de bañar te paras,
al frente de mi cara rancia
con tus barbas quemadas, 
con tus dientes con sarro.

Mal vista es tu cresta,
tu patilla hasta los codos
es una cochinada.

Puerca, muévete del paso,
ahí está bien, mija, estorbando.
¡Burrrrrra! te gritan los que ignoran
tu mundo bello enlodado.

No me suena la palabra distopía,
ni tu demencia me vuelve loca.
Sólo tu carita demacrada
se revuelve con las heces hechas polvo,
volando con viento que se mete en la boca.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El corazón errante.

El errante ciclo de tu amor
me obliga a exaltar el mio,
condicionas su soberanía
metiendo malas compañías y,
vulnerando la mandíbula
que articula el placer 
de sentirse amado.

También hay mentiras 
que carcomen lo dicho por ti,
amarras lo corroído después y,
me obligas a creerlo.
Dejo de escuchar verdades,
tus labios han traicionado
el todo que esbozábamos,
puedo tolerar tu pesimismo,
los gritos de caudalosos ríos,
que comas como un oso,
el reproche de mis actos,
pues eso se convertirá en virtud,
esperaré a que suceda...
pero que mientas, que traiciones,
eso hace errar el corazón.
  
Por Carlos Osorio

martes, 13 de noviembre de 2012

Producto de un sueño a punto de despertar.

Miraba las caras, cada una como un mar, a pesar de ello, una tan diferente de la otra, pero todas con algo en común, Así como la gota de agua es única y diferente; todas contienen la misma esencia... todas mojan. Eso es lo que sucedía con las caras, todas empapaban de abismo, caer y caer pero nunca tocar el suelo.

Todas esas caras, esos cuerpos rígidos estampándose contra la frágil piel, producto de un sueño a punto de despertar y tan frágil como eso. Estaba en contra de la corriente, de un rugido que intentaba ensordecer el pensamiento; privarme de él.


Por Alx Godínez

lunes, 12 de noviembre de 2012

El corazón hace runrún (Prólogo a un cuento).


A Martín Cabrera, por el deseo interminable de ganar miles y no sólo pesos.

 

El último día de noviembre, cuando el frío creció y las hojas cayeron al suelo, Mario Canteros salió de su casa con tan solo una bufanda en el cuello, una chaqueta de cuero negra y miles de ilusiones en los bolsillos. Se sintió desplazado, solitario como un ermitaño chileno oculto por los ríos y montañas de la Patagonia. De su boca brotaba un halito que se percibía por el acrecentado frío que bajaba a la ciudad, helando todo con su singular paso. Las manos glaciales en los bolsillos de la chaqueta eran arremetidas por la insoportable frialdad del ambiente, y su cara, pálida y escueta, de la cual sobresalía su abultado bigote negro, no presentaba signos de alteración alguna.

¿Qué sintió Mario, qué lo acongojó, qué lo forzó a sentirte tan desdichado en esta vida tan efímera y maldita? ¿Es acaso el haber perdido un hijo, criatura tan delicada y diminuta, precoz e inocente, lo que lo hizo sentirse de esa manera tan terrible? ¿O es aquella perversa enfermedad, cúmulo de tragedias que le succionó la vida como un parasito virulento, desgraciado, lo que lo obligó a dirigirse a la desdicha y la tristeza? Caminó intensamente entre las calles y avenidas del centro de la ciudad: Lorenzo Boturini, dos pasos y hacia la derecha. Alto. Y vislumbró el semáforo y los coches pasar con su música estruendosa y canciones populares de Vicente Fernández, José Alfredo Jiménez y artistas desconocidos pero inolvidables. Llegó a Bolívar y se desplazó absorto, aletargado. Sus pensamientos no lo dejaban ni un instante, ni una milésima de segundo para decir: “Estoy aquí. Aún sigo vivo, no he muerto. O eso quiero creer, eso pretendo decirme a mí mismo, aunque sé que no es verdad. No soy yo, ni lo volveré a ser desde que perdí a mi hijo, mi retoño, una de mis razones de ser”. Arribó después de cruzar una gasolinera el Eje Central Lázaro Cárdenas, y al maravillarse con la imponente estatua de este singular personaje en un parquecillo, símbolo de la historia nacional, se sentó en una banquita a contemplar el girar del mundo, mismo que no se detendría por un ser tan pequeño, tan diminuto y microscópico, tan Mario Canteros sentado en una desguarnecida y desierta banqueta de escondrijo.

Colocado sobre el soporte metálico del asiento, después de reflexionarlo miles de veces en el espejo del baño, decidió, con la velocidad de una centella, que no moriría en un aburrido y grisáceo cuarto de hospital. “Me compré una moto”, recordó haberle dicho a su esposa, “me voy a rodarla hasta que me acabe las ruedas”, dijo poco antes de salir calladamente de su hogar. Debajo de la estatua, con la sensación de estar liberándose de las aprensivas ataduras de la vida, el moribundo hombre tomó la decisión más complicada e inexplicable de su vida. Al menos inexplicable para todo aquel que prefiere quedarse acostado a esperar la muerte.

Divisó una silueta acercándose a la distancia, recorriendo Ángel de la Peña como una ráfaga veloz y desesperada. Un runrún aleteó aproximándose a la dehesa. Y en el momento en el que se detuvo, justo en frente de Mario, el destino se había sellado con las marcas de los neumáticos en el pavimento.

Mario, aquí tengo tu cachivache”, declaró la voz amigable de Javier Santana, amigo inseparable de su infancia. “Gracias, amigo mío. Te debo una”, contestó Mario, tomando deprisa las llaves del vehículo de dos ruedas y montándose en él, poseído por el deseo incontenible de la libertad motorizada. “A dónde vas”, preguntó Javier. “A encontrarme con el significado de mi existencia, camarada”, dijo Mario con una voz opacada, venida a menos por el atronador ruido del motor de la motocicleta. El motorista se colocó con prontitud el casco, un par de guantes negros deslavados y con una afable señal se despidió de su amigo, quizás para siempre, entre las calles del centro de la ciudad, lugar de tragedias y donde los motociclistas como Mario Canteros, al igual que Mario Canteros, corren libres con la ventisca del otoño.


Alan Santos.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Acecho. (Dedicado a la memoria de José Gorostiza)


De pronto llega ese ser nocturno, que
Me seduce, me incita a abrazarla
La muerte

¿Qué quieres de mí?
Me dice que no pregunte
¡Silencio!
Mi corazón palpita,
Acrimonia de sabores
Espantos y resquemores

El descanso
Solo viene a darme un descanso

Y con voz tierna me dice:
No vengo a castigarte
Vengo a recompensarte
No soporto verte miserable
Dolido,
Tu rostro cianótico
Marchito como la hojarasca

¡Anda!
Apaga tus ojos
Disfruta el último aliento
Libérate
Soy un alquimista
Que puede convertirte en polvo sideral

¡Deja que te lleve el diablo!
Esa es una verdadera bendición

¿Qué debo hacer?
Temo su apariencia, pero me apetece su propuesta
Dejar este cuerpo putrefacto y estrechar sus frías manos
Ella puede apagar mi sed
Mi temperamento taciturno

Y por fin termina el acecho
Cuando la muerte me susurra
Las palabras del sabio Heráclito:
“A los que mueren…
Les aguardan cosas que no esperan ni se imaginan”

¿Te imaginas? Muerte, instante, parsimonia… nada.

Por Ur el Goliardo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Soneto IV (Nuestros muertos)

Si mexicanos al grito de guerra
contra la sangre hermana abren fuego,
es la muerte quien cobija su ruego
el infierno se edifica en la tierra.

Si la madre al propio hijo entierra,
no hay palabra ni consuelo placiego,
los asesinos del verde trasiego,
la justicia convertida en su perra.

Más, responsables de esta agonía,
de la peor gnominia desatada,
no podrán silenciar su cobardía

frente al horror, la verdad descarnada:
de los muertos que caen a cada día,
de la patria inútilmente desangrada.

Por Juan Fredi Leyva Payan.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Que ahora lo que pido es


Que ahora lo que pido es
que me dejes rozarte un poco la cara
y suave, como si fuera masa,
clavar muy despacio en tus párpados mis dedos
y apretarte los ojos
y destrozarte las fosas con mi pulgar.

Apenas
y a penas
rozarte la boca
y con todo el asco que ésta me provoca,
morderte con rabia 
hasta arrancarte los labios con sangre escandalosa.

Y pedirle a Dios 
que te perdone
y que te cure.

Pero ahora lo que pido es
que me dejes rozarte un poco la cara
y suave, como si fuera masa,
clavar muy despacio en tus párpados las uñas
y apretarte los ojos...

mucho...

para que veas.