jueves, 22 de noviembre de 2012

Euforia polisémica


Me gusta cuando compartes mi euforia polisémica
y te sacudes la boca con mis nervios
y te contagia mi lengua en una simpa.

Me gusta tu afición de mirarme
con tu media sonrisa
y tus ojos que caen cuando se ríen.

Tu montón de besos labiales
botaneros
matones y sensatos.

Que no me dejes besarte
y no detengas tus besos.

Que se nos encimen las perezas

y nos tiremos pegados

infinitamente.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

A mi padre.

Demuestro gratitud y agradezco a él con estas palabras.

Haz sabido serlo, eres esa persona,
desde que me tomaste y miraste,
con tus manos caminadas en vida
regocijantes de experiencias pasadas.
Reprendías mis actos, lo hiciste con amor,
sabías del daño, pero no conocías maneras
suaves para corregir el camino que tomaba,
agradezco tu empeño, me ha hecho quien soy.

Conozco tu historia, tu forjaste la mía,
confío en tu invulnerabilidad como padre y,
reconozco tu fragilidad como fiel humano
que ha combinado todo para ser un maestro
del puente en el que siempre caigo,
interrogado por la vida abrumante
que no cesa de ponerme pruebas andando,
tan voraz de mi y tímida de ti.

Hago estos versos a tu honorable existir
que creó y moldeó la coexistencia que tengo
junto con mis pensamientos, te doy estas
palabras que me sirven para agradecer,
mi lado más íntimo se descubre completo
al dejar caer el velo de los sentimientos y,
palabras hermosas brotan de ello para
que puedan acompañar mi recuerdo en tu vida;
Te amo padre, celebro el día en que me creaste,
con ello creaste el corazón que habita en mi 
haciendo que dictara a la pluma algo especial  
para celebrar tu aniversario en mi existir.


a Alberto Osorio Cruz



Por Carlos Osorio.

martes, 20 de noviembre de 2012

Encuentro inesperado.


Un señor de ásperas canas y mirada cansada caminó por las calles del centro de su ciudad sin preocupación, silbando  con soltura una canción popular de su tierra árida y canicular. Al vislumbrar la esquina de una calle y seguirse de largo, olvidó, como un infante descuidado, mirar hacia ambos lados antes de cruzarla. Un automóvil rojo y deslumbrante, con un conductor distraído que acababa de salir huyendo de su casa por un pleito épico con su mujer, se agachó por un instante para prender un cigarrillo sin filtro, y arrolló al señor con embestida brutal. El cuerpo de aquél hombre voló por los cielos hasta caer, atraído por la fuerza que ejerce la tierra sobre los objetos, contra la acera grisácea de la calle. Un tumulto de curiosos se acercó espantado al  automóvil asesino por el espectáculo acontecido, sin embargo el señor, que yacía tirado en el suelo, abrió los ojos y al contemplar a toda la gente a su alrededor emitió un gemido y se levantó sorprendido sin rasguño alguno. Los demás seres curiosos lo admiraron asombrados.

            El señor de ásperas canas recogió sus lentes con movimientos sutiles, y al colocarlos en sus ojos, admiró a detalle la figura siniestra de la muerte que lo señalaba con el dedo. “Te he dejado escoger esta ocasión”, dijo la muerte, “de ti depende, quieres seguir viviendo o te llevo conmigo para que le hagas compañía a tus padres”, concluyó con rauda voz. “Quiero seguir viviendo”, dijo el hombre canoso, “no planeo irme todavía. Aún tengo tanto que hacer”, aseveró mientras se limpiaba el polvo y la tierra del pantalón. “Asumirás las consecuencias de quedarte más tiempo del que debes”, respondió la muerte; y tras estas palabras, aquella sombra siniestra desapareció escondiéndose entre la multitud que caminaba absorta por la banqueta, buscando como cazador otra víctima inocente que pretenda huir de sus temibles fauces.

            El hombre regresó a su casa, contento por haber sobrevivido a tal accidente. Abrió la puerta de su apartamento y cuando pretendía darle un beso de buenas noches a su esposa que se encontraba recostada en la cama, los labios se le helaron y exteriorizó una sensación terrible que emanaba de sus entrañas. Su esposa había muerto de un infarto pocas horas antes de su llegada. Una nota terrible se leía sobre una repisa: “asume las consecuencias”, decía el recado. Vaya sorpresa se llevó el señor de ásperas canas y mirada cansada.
 
Alan Santos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

La mula tuerta

Cuéntame, mula tuerta,
castrada de las garras,
tus fieras ocasiones.

Muestra las pezuñas intactas
largas que lastiman,
mula tuerta prieta, 
acabada de bañar te paras,
al frente de mi cara rancia
con tus barbas quemadas, 
con tus dientes con sarro.

Mal vista es tu cresta,
tu patilla hasta los codos
es una cochinada.

Puerca, muévete del paso,
ahí está bien, mija, estorbando.
¡Burrrrrra! te gritan los que ignoran
tu mundo bello enlodado.

No me suena la palabra distopía,
ni tu demencia me vuelve loca.
Sólo tu carita demacrada
se revuelve con las heces hechas polvo,
volando con viento que se mete en la boca.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El corazón errante.

El errante ciclo de tu amor
me obliga a exaltar el mio,
condicionas su soberanía
metiendo malas compañías y,
vulnerando la mandíbula
que articula el placer 
de sentirse amado.

También hay mentiras 
que carcomen lo dicho por ti,
amarras lo corroído después y,
me obligas a creerlo.
Dejo de escuchar verdades,
tus labios han traicionado
el todo que esbozábamos,
puedo tolerar tu pesimismo,
los gritos de caudalosos ríos,
que comas como un oso,
el reproche de mis actos,
pues eso se convertirá en virtud,
esperaré a que suceda...
pero que mientas, que traiciones,
eso hace errar el corazón.
  
Por Carlos Osorio

martes, 13 de noviembre de 2012

Producto de un sueño a punto de despertar.

Miraba las caras, cada una como un mar, a pesar de ello, una tan diferente de la otra, pero todas con algo en común, Así como la gota de agua es única y diferente; todas contienen la misma esencia... todas mojan. Eso es lo que sucedía con las caras, todas empapaban de abismo, caer y caer pero nunca tocar el suelo.

Todas esas caras, esos cuerpos rígidos estampándose contra la frágil piel, producto de un sueño a punto de despertar y tan frágil como eso. Estaba en contra de la corriente, de un rugido que intentaba ensordecer el pensamiento; privarme de él.


Por Alx Godínez

lunes, 12 de noviembre de 2012

El corazón hace runrún (Prólogo a un cuento).


A Martín Cabrera, por el deseo interminable de ganar miles y no sólo pesos.

 

El último día de noviembre, cuando el frío creció y las hojas cayeron al suelo, Mario Canteros salió de su casa con tan solo una bufanda en el cuello, una chaqueta de cuero negra y miles de ilusiones en los bolsillos. Se sintió desplazado, solitario como un ermitaño chileno oculto por los ríos y montañas de la Patagonia. De su boca brotaba un halito que se percibía por el acrecentado frío que bajaba a la ciudad, helando todo con su singular paso. Las manos glaciales en los bolsillos de la chaqueta eran arremetidas por la insoportable frialdad del ambiente, y su cara, pálida y escueta, de la cual sobresalía su abultado bigote negro, no presentaba signos de alteración alguna.

¿Qué sintió Mario, qué lo acongojó, qué lo forzó a sentirte tan desdichado en esta vida tan efímera y maldita? ¿Es acaso el haber perdido un hijo, criatura tan delicada y diminuta, precoz e inocente, lo que lo hizo sentirse de esa manera tan terrible? ¿O es aquella perversa enfermedad, cúmulo de tragedias que le succionó la vida como un parasito virulento, desgraciado, lo que lo obligó a dirigirse a la desdicha y la tristeza? Caminó intensamente entre las calles y avenidas del centro de la ciudad: Lorenzo Boturini, dos pasos y hacia la derecha. Alto. Y vislumbró el semáforo y los coches pasar con su música estruendosa y canciones populares de Vicente Fernández, José Alfredo Jiménez y artistas desconocidos pero inolvidables. Llegó a Bolívar y se desplazó absorto, aletargado. Sus pensamientos no lo dejaban ni un instante, ni una milésima de segundo para decir: “Estoy aquí. Aún sigo vivo, no he muerto. O eso quiero creer, eso pretendo decirme a mí mismo, aunque sé que no es verdad. No soy yo, ni lo volveré a ser desde que perdí a mi hijo, mi retoño, una de mis razones de ser”. Arribó después de cruzar una gasolinera el Eje Central Lázaro Cárdenas, y al maravillarse con la imponente estatua de este singular personaje en un parquecillo, símbolo de la historia nacional, se sentó en una banquita a contemplar el girar del mundo, mismo que no se detendría por un ser tan pequeño, tan diminuto y microscópico, tan Mario Canteros sentado en una desguarnecida y desierta banqueta de escondrijo.

Colocado sobre el soporte metálico del asiento, después de reflexionarlo miles de veces en el espejo del baño, decidió, con la velocidad de una centella, que no moriría en un aburrido y grisáceo cuarto de hospital. “Me compré una moto”, recordó haberle dicho a su esposa, “me voy a rodarla hasta que me acabe las ruedas”, dijo poco antes de salir calladamente de su hogar. Debajo de la estatua, con la sensación de estar liberándose de las aprensivas ataduras de la vida, el moribundo hombre tomó la decisión más complicada e inexplicable de su vida. Al menos inexplicable para todo aquel que prefiere quedarse acostado a esperar la muerte.

Divisó una silueta acercándose a la distancia, recorriendo Ángel de la Peña como una ráfaga veloz y desesperada. Un runrún aleteó aproximándose a la dehesa. Y en el momento en el que se detuvo, justo en frente de Mario, el destino se había sellado con las marcas de los neumáticos en el pavimento.

Mario, aquí tengo tu cachivache”, declaró la voz amigable de Javier Santana, amigo inseparable de su infancia. “Gracias, amigo mío. Te debo una”, contestó Mario, tomando deprisa las llaves del vehículo de dos ruedas y montándose en él, poseído por el deseo incontenible de la libertad motorizada. “A dónde vas”, preguntó Javier. “A encontrarme con el significado de mi existencia, camarada”, dijo Mario con una voz opacada, venida a menos por el atronador ruido del motor de la motocicleta. El motorista se colocó con prontitud el casco, un par de guantes negros deslavados y con una afable señal se despidió de su amigo, quizás para siempre, entre las calles del centro de la ciudad, lugar de tragedias y donde los motociclistas como Mario Canteros, al igual que Mario Canteros, corren libres con la ventisca del otoño.


Alan Santos.