miércoles, 17 de abril de 2013

La niña perdida.

Las sombras de la infante cargan su historia,
ella sonríe sin saber su armónica condena,
pasea por los parques en madrugadas moribundas.

La vida de esa niña se llevaron al nacer,
su rostro cobra la cuota de la bastardía,
nadie la tomará y le dirá cómo crecer.

Su madre, ¡cobarde! la abandonó,
no pudo la vida ensordecer sus pensamientos,
sus penumbras la llevaron a ese camino 
tirado en la ruin vida llena de ensordecimientos.

Ahora se debe sostener, alguien la va a querer,
un rostro y un alma que divaga no puede así permanecer.
Esa niña me ha quitado lo que nadie había hecho,
se llevó algo intocable, se llevó en sus ojos
mi pecho cuarteado por su triste semblante oxidado.

Por Carlos Osorio.

martes, 16 de abril de 2013

¿Porqué eres tan alto?

Llego puntual a nuestro encuentro,
te saludo cordialmente, intento no correr a tus brazos
te presentas tan majestuoso a mis ojos, que no puedo más
y me derrumbo.
 
Me abrazas, y me embriagas con ese olor tuyo
la peculiar mezcla perfecta entre tabaco y colonia
no puedo dejar de aspirarte.


Me has hecho como has querido, infeliz.
me has alimentado, como a las a ves
de a poquito… con migajas.


Tengo la vista tan nublada. ¿Me has hecho llorar otra vez?
Siento tus dedos pasando por mis mejillas sonrojadas
             (el rojo que solo tú provocas)
los deslizas suavemente, secando las lágrimas, una a una.


Susurras a mis oídos: “aquí estaré y que no me iré”.
                 ya no te creo nada, blasfemo.
Pretendo disfrutar solo este pequeño momento.


Te enredo entre mis bazos, los ajusto a tu cuello
y poniéndome en puntitas intento besar tus labios.


         ¿Por qué eres tan alto?
                                        ¡No te alcanzo!
 
Por Arai G.





lunes, 15 de abril de 2013

LA NOCHE ENTRE DIAMANTES




Mirar en tus ojos
los diamantes que yacen en lo negro del cielo,
tumbado hacia el abismo
con la herida abierta
de la tierra fecundada,
con el grito atrapado en la mirada
y el silencio envolviendo nuestra carne.

Mirar en tus ojos
el chispazo del sol
sólo un momento,
cegando a los diamantes y lo negro;
y el fuego en que te vuelves cuandö amas;
y luego regresar a los pozos del vacío,
la nada entre tinieblas.

Mirar en tus ojos
mis manos balbuceantes
alargándose al cielo que se abisma
por rozar aunque sea la luz de los diamantes
y llevarse un pedazo de tu voz
para pan del silencio de mis labios.

Tumbado hacia el abismo
con la herida abierta
y la yerba creciendo en nuestra tierra.


                                    Hernán Sicilia (23)



domingo, 14 de abril de 2013

Algunas batallas


Ten mi lealtad
y ten mis palabras,
pues es admirable
tu sonrisa y carisma,
aún después
de tu primera gran batalla.

Me gustó cuándo,
Cuando como dos perdidos
Caminábamos
Y pensábamos que había
Un rumbo lejos de la soledad

Me gustó ver cuando te reías con júbilo
mientras te seguía más perdido
que la botella de mezcal,
los cigarros y las cervezas
confundidos como los traidores
buscándose dentro de mi propio cuerpo

Admiro tu primera,
Admiraré tu segunda
Y admiraré cualquiera
De tus batallas,
Aunque quizás una de esas sea conmigo.

Donde nuestros ejércitos
Armados por bondad,
maldad y alegría; tristeza,
Sueños abandonados,
decepciones y vergüenzas
escondido en nosotros
asalten desde las sombras,
desde los arbustos
en tu campo de batalla,
A mi propio ejército emborrachado.

Pues mientras, tú eres mi mejor compañía,
De esas que no tienen que decir nada.
Porque tus ojos dicen más
De todo lo que me podrían decir tus palabras
De todo lo que podrían decirme tus abrazos.

Para mi eres transparente
La guerrillera transparente,
Que luchas con sonrisas
Y ojos de vidrio cuando te ganan tus palabras

Puedes estar conmigo ausente
caminando como desquiciados
en un día 13 de mala suerte
que (curiosamente)
ha sido la mejor que hemos tenido.

Por eso, quédate con mi lealtad
Y busca mis palabras
Pues por lo menos éstas
Ya son tuyas.
Y algún día te servirán
en algunas de tus batallas.



Sebastián González de León y León (14/4/13).

viernes, 12 de abril de 2013

Soy




Soy la piedra que ahora es polvo.

Soy la calva del bosque,

Soy la luz que cae en la calva

Soy la maleza que se comió las piedras

Soy el fondo del mar donde ya no brilla la luz

Soy los granos de arena al fondo

Soy los carbones en las minas que como tintas nos manchan

Soy el octavo día donde no se crea ni se descansa

Soy la luz invisible del eclipse

Soy el remolino en la cascada

Soy el río seco por el hombre

Soy la gota derramada en tu poema

Soy la palabra que te falta.


Por Sebastián González de León y León.

jueves, 11 de abril de 2013

Andreas. 16/10/09



Escucho estrellarse la llave contra el puño y escudete del pomo de la puerta, es Andreas que abre la puerta de nuestro lujoso hotel de la Herrengasse, aparece ensimismado y cojeando con la cara sombría, la misma que le encontré aquella vez en Grinzing. A pesar de la cojera, su andar es regular e insistente, al igual que su dolor.




Le conocí dos meses antes en el Café Central, a unas cuadras del Teatro de la Ciudad, sentado en una mesa de tres sillas, recargado a su izquierda sobre una columna de mármol, escribiendo endiabladamente en una libreta apenas tan grande como la mía, en su mano una pluma púrpura con terminaciones en oro. Yo entraba apenas, algo deslumbrado por el cambio de iluminación, él desvió la mirada de la libreta, parando en seco de escribir, y como habiéndonos esperado, nuestros ojos se encontraron violentamente. Dí una vuelta con la mirada a las mesas, sabiendo que Andreas no dejaba de enfocarme; dos mesas libres, y sin embargo me encontraba en Viena, habría de darle la primera historia a la ciudad.


Me senté frente a él con un delicado jalar del respaldo. Al acercarme en dirección suya, él ya se había puesto a escribir de nuevo, y para cuando me terminé de sentar el ya me leía su poema en voz alta.


-Ich habe verstehen nicht so gut, doch dein Rythmus ist bedeutsam, (palabra rebuscada que ansiaba usar alguna vez), ich bin mexicanischer, entschuldigung.- Hubo terminado y cuando le expliqué mi dificultad para comprenderle del todo, le pedí que lo leyera más lento -Nicht so schnell bitte- lo que resultó en que captara mucho más el aura oscura de ese poema de media mañana.
-So, what do you think, I've open my Dichtkunst for you. -Prefirió de ahora en adelante dirigirse en inglés con una profunda voz que se atoraba razgando lo hondo de su garganta. Inglés, con excepción de aquella palabra en alemán que me explicó su uso diciendo que prefería ésta contraparte alemana a la burda palabra "poetry" que bien podría ser potery -Now you open your opinions to me.
Y así pasamos una bella mañana, en un café digno de destronar al Café Flore (y sin duda al Tortoni) sólo gracias a nuestro intercambio de ideas, de poesía y una de narrativa muy suya que me sacaba de quicio cuando la traducía al inglés.


Salimos del café y mientras paseábamos silenciosamente por el Hofburg, se estiró con los brazos bien rectos hacia el cielo, cómo si pudiera superar las leyes de su carne y hueso y elevarlos hasta tocar esas pequeñas nubes aborregadas, con sonoridad inesperada preguntó:
-Do you enjoy Mahler?- Con una sonrisa torcida de un lado, ojos bien abiertos y manos regresando a la altura del pecho.
-Of course I do.- Afirmé con un tipo similar de sonrisa al recordar que de noche ayer, al pasar por la Iglesia de los irlandeses y su diminuta plazuela, jóvenes tocaban a Mahler frente a una estatua viviente de un Mozart decaído, como desplazado por la historia.
-We are going to his grave then.
-I'm not surprised to be resting here.- afirmé al plan de forma semitácita, hasta ahora, las pláticas tan cordials, tenían cierta inflexión alargada que me dejaba muy agusto por lo pedantes que podíamos sonar. Sonrío con solo recordar que parecíamos sacados de una película treintera.
-Almost here in downtown Vienna, it is in a town, now a suburb called Grinzing, a place worthy of his legacy, but now, lets just walk a bit.


Y seguimos hasta habernos relatado de todas todas, embobados por la belleza de la ciudad, que aunque él no era nuevo en ella, seguía tan embelezado como yo. Veintimuchos años había vivido en la ciudad y sin embargo, nunca dejaba de frenarse por detalles nuevos, prístinos y sin embargo permanentes. Por lo demás, la ciudad había cambiado abismalmente desde que yo llegara ayer por la noche: hay ciudades que con tan sólo olerlas se te antojan imperiales, París, Londres, Petrogrado, Ámsterdan (hasta cierto punto) pero de la única que no dudaría de éste caracter es Viena, que por la noche es un dulce y penumbroso vals y por el día una vitrina irredenta a los Habsburgo.


Quería picar algo, le dije, así que caminando por la plaza de San Carlos dimos mediavuelta y nos encaminamos al Naschmarkt: un mercado más cercano a mi idea de Estambul que de Europa Central, en plena calle, que después me explicó Andreas, era un viaducto. Encontramos el bazar: especias, platería, vidriería, pero entre todo eso, palachincas, una especie de crepas (que para ese momento comenzaba a cuestionarme la galicidad de las crepas, puesto que ya en México había probado blini polacas y rusas, y una versión miniatura japonesa) enrolladas con gruesa mermelada de frambuesa. Y con eso vino el hambre; y sin más le expresé mis ganas de comida típica vienesa, a lo que respondió
-Then we're going to eat like real Habsburgs.


Strandhaus, me pidió que pidiera lo que se me antojara, y al ver los precios me ví inclinado a pedir más pan y vinagre, tras haber depredado la canastita. Salmón a la plancha, vieiras de todos tipos, cangrejo y langostino; en realidad le dije que me sorprendiera, entendiendo que invitaba, y así fue. Por mi parte, esperaba que nos fueramos a medias, pues era responsabilidad, diciendo el dicho que “si andas con labriegos te encallas las manos:
-Are you really hungry?
-Trully I am
-Then our fest will be trully imperial.- dijo con ese tono tan secuencial que poseía
Mi sorpresa fue evidente al oír la cantidad de platillos, y su atención y delicadeza al pedir los vinos solo la hizo más notoria. Y bien supo que no sabía que pedir, más por el precio que por nada, amablemente pidió, y al pedir me guiñó el ojo como otra oración tácita.


Al terminar con los postres, Apfelschmarrn (pedazos de panqueque caramelizado con almendras y manzana horneadas) y Buchteln (gorditas con azúcar glas y rellenas otra vez de la pesada mermelada de frambuesa). Saciados del todo, pidió la cuenta. Las oraciones tácitas que emanaba parecían escribirse en el aire como sellos. Lo menciono por ser una de las grandes marcas de mi relación con Andreas, aquella posibilidad de comunicación imposible de negar y casi telepática, con que una sonrisa se convertía en un párrafo y un guiño en una explicación.


Salimos a caminar reanudando nuestra marcha y para bajar la comida (me dijo alegremente), esta vez por Neubau y Josephstadt, dos barrios culturales de finales del XIX (aunque esto en Viena es difícil de determinar; el rococó y neoclásico se combinan en cada esquina y al final están siempre los edificios de la etapa republicana, todo entretejido y en completa armonía, una armonía del todo integrista que hallaría únicamente en Buenos Aires).


Y así, nos dieron las cinco en lo que hubiera parecido media hora, pues de no tener el sol escondiéndose tan rápidamente a esta altura del hemisferio habría alargado la caminata hasta llegar a Eslovenia. Llegando a los hospitales sugirió tomáramos un taxi a Grinzing, así que paró uno de esos pequeños Mercedes del año de la canica.


Llegamos al pueblillo en un santiamén. Sin embargo, de nuevo, y no habría de olvidar ese efecto, esta ciudad tenía la capacidad de frenar y acelerar el tiempo y aquel santiamén me sonó a liturgia, credo, rosario y sermón. Y en aquél indeterminado tiempo y conforme avanzábamos al norte, noté cambio de humor, Andreas dejó de hablar y volteaba cada vez más por la ventana, con una mueca intentando ser desdibujada por un fuerte esfuerzo tuyo.
-Rudolfshof, here we are.- Su voz se redujo a las cenizas.


Su historia, haciendo apología a "Dónde habita el olvido" de Sabina, o peor aún "Kupa kızi ve Sinek valesi" de Teoman, (quizá yo tanto en ese momento como ahora, figuré su historia tal como el video de Teoman la presenta, influido por tantas veces haber sentido esa misma melancolía que produce. Incluso ahora que lo veo me produce la misma vaga, profunda y sosiega tristeza) me fue contada con un amargo trago de un joven vino.


Nos encontrábamos en una taberna tradicional del oriente austríaco, un mesón de color amarillo brillante por fuera y de tenues colores barrocos que iban desde el béisch de las paredes con sus molduras color leche, a la madera oscura del negral por dentro. Antes, Andreas ya me había explicado acerca de este viejo lugar: Heuriger es el nombre en alemán para estas tabernas que evocan el completo significado del Gemütlichkeit austríaco: el buen humor, la tranquilidad, la paz interior y exterior.
Pero conforme le saqué a flote el opresor fuera del corazón, la Gemütlchkeit se fue a pique, y por más que la orquesta tocara tras terminar ese monólogo que me dejó ciertamente agotado en sentimientos y perdido en laberintos de cabilaciones al absurdo, él no obtuvo sonrisa, ni se veía que disfrutara lo que (me contó) antaño le apasionaba tanto como ir al café a los poetas parisienses.



Por Sergio M. Đ H. y T.

miércoles, 10 de abril de 2013

Bellas ideas de alguien.

Te conocí velando a la luna, perdiendo el tiempo nada más,
estabas llena de falso desprecio, a cada palabra que decía,
parecía más lejana la idea taciturna de estar contigo en aquel instante.
Nos besamos el alma gacha de los sentimientos que pedían salir
de tu cuerpo, para vivir una vez más ese amor latente.

Me enamoré de ti, ganaste el juego de los cortejos
que sin saber, tú misma propiciabas en cada mirada 
otorgada después de juntar aquellos labios sojuzgados, 
sólo quería estar contigo, no con un mujer rezumada.

Te has perdido entre la bruma, yo en las tinieblas,
sé que estás ahí, en la obscura redención de
un profundo sentimiento que rodea tu credo,
porque quieres estar conmigo, pero la bruma
que te acongoja, te convierte en una idea
y es que vivo enamorado de ti...
enamorado de una idea.


Por Carlos Osorio