viernes, 3 de agosto de 2012

...y nos dormimos a besos.

Nos dormimos a besos,
llenos  de júbilo.
Nos sentimos los labios,
nos tocamos las manos.
Descubrimos lo que
es querer de a poco.
Dejar que mande la emoción.

Inmóviles esperamos a que llegara,
tal vez por que nunca vislumbramos
que podía traernos.
Nos llenó el alma, nos trajo paz
nos dio el aliento.

Volvimos a casa, desnudos de sueños
llenos de fe.
No temimos.
Nos vimos reflejados, el cliché se cumplió,
nos vimos sin siquiera mirarnos.

Temblaron nuestras manos, se nos
hicieron las ganas de compartir el tiempo.
Nos refugiamos del exterior,
aprehendimos el momento.
Respiramos...y nos dormimos a besos.

Por Mariposa. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Los infiernos.


Ellos están donde ya nadie los puede ver,

donde los otros juegan a la guerra.

Los extrañados,  los súbitos, los equivocados,

los fragmentados. Olvidados.



Ustedes piensan que lo merecían,

que las balas detienen a las balas

y el dinero compra dinero;

que la muerte hace justicia

y que ellos no son nuestros.



Nosotros perdimos la guerra,

una que nunca declaramos.

Unos ojos, una voz, un abrazo, un recuerdo,

olvidados, negados, ignorados

los daños colaterales.



Los otros siguen viviendo entre lujos,

cantando canciones, comprando mujeres,

siendo presidentes, candidatos,

siendo la justicia que persigue

jugando a la guerra, generando infiernos.


Por Juan Fredi Leyva Payan.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Rostros.

Esa sonrisa tímida,
esa inusitada cara
sólo eso, la cara,
me mira directamente,
envuelve mi ser,
recorre mi ego,
apaga las luces,
enciende mi mente,
me hace vivir.

La luna, esa cara.


martes, 31 de julio de 2012

Verano.


Un ente se infiltra en mi mente,
en mis pensamientos taciturnos,
tratando de robarme el sueño;

Con angelical tacto de cielo
pero infesto en su recuerdo,
dulce contradicción que siento,

que me empuja a escribir versos
de belleza e inflorescencia,
melancolía; dulzura mustia.

Mi amor es una anamorfosis,
dulce tentación, bella pasión,
que ha de sucumbir en conspiración

de aquella incesante sonrisa,
en mi mente, fresca como la brisa
y pura como la luna...

...En mi imaginación retumba;
el anhelo sale de su tumba
y el rocío se queda en flores

de primaveras pasadas; marchitas,
lágrimas en sus rosadas mejillas,
a mi inerme verano dan vida,

llenan el otoño de alegría,
con tus pétalos y con tu gracia,
eres musa, eres una flor hermosa,

eres el campo entero de rosas,
eres completamente primaveras,
permíteme ser tu otoño, hermosa.



Alx.

lunes, 30 de julio de 2012

Una fruta.


Un plátano descansaba tranquilo y sereno sobre un frutero. Aquella banana era tan feliz meciéndose sobre un montón de uvas y dos frescas manzanas. Cuando sin aviso alguno, sin carta de presentación, una gigantesca mano lo tomó por sorpresa. Lo desnudó, le quitó sin remordimiento su hermosa piel amarilla y el pobre comenzó a llorar incontrolablemente sobre la aterradora garra que lo sostenía con furia. El ente asesino no lo escuchaba gritar, llorar; implorar por su existencia mientras las demás frutas al unísono, gritaban conjuras contra el horripilante agresor. “¡Fruticidio! ¡Fruticidio!” vociferaban las manzanas y las uvas observando con pavor el terrible acto. El pobre plátano con dulces lágrimas de potasio exclamó, poco antes de morir: “Maldito humano, ¿por qué a mí?”
Alan Santos.

domingo, 29 de julio de 2012

Razón


Lo que da razón, tan complejo,
Tan indescriptible,
Te hace llorar,
Te hace reír,
Es una sensación de bienestar,
La perfecta trampa.

Es complicado explicar qué es,
Tan trabado, tan claro
Tan lúcido en principio
Pero con problema de objetivo
Razón no es más
Es menos cuando te crees más.

Por Sebuscape.

viernes, 27 de julio de 2012

El canto de las sirenas


De vez en cuando, de noche sonaba un silbato. Un día acostado en mi cama escuché a lo lejos un sonido agudo y penetrante que llenó la habitación con un eco ensordecedor; me levanté en seguida y moviendo mi pesado cuerpo, me envolví en la penumbra y me aproximé a la pared más cercana. Pegué mi oreja al concreto y con sorpresa llegó a mí sentir un sonido melodioso y rítmico, capaz de mantenerme allí envuelto por lo menos cuarenta y cinco minutos. Escuché el canto que cuarenta años después alcancé a distinguir en una mujer, me lo decía todo y de todas las formas posibles; con besos en la boca, con pinceladas en la espalda, con abrazos en el cuerpo y besos varios.

Caí. Caí rotundamente en el sueño y en el canto de sirena que escuchaba a través de esa mujer, justo de la misma manera que hace cuarenta años, cuando terminaba de jugar con la mente y mis manos, y pegaba como un idiota periodista a la pared de concreto televisivo mi suave oído.

Una mujer que de pronto  decía que sí y después decía que me saliera de su pieza y apagara la luz cuando estuviera fuera; a veces ponía su oreja en la pared para poder escuchar el canto, pero yo le repetía una y otra vez que a veces uno tenía que esperar uno o dos años a las sirenas que no siempre estaban a la disposición de cualquiera. Ni una vez pudo disentir el notable aullido marítimo que endulzaba los oídos, el párpado y el sexo.

Era una mujer que lo creía casi todo, podía contar cien historias juntas sobre distintas civilización fantásticas o no, podía hacer que mi cuerpo vibrara y sobre todo, podía pegar su oído a la pared por más de cincuenta minutos, un años, dos ó lo que fuera necesario. Pasábamos la tarde leyendo y mirando hacia abajo sentados en el balcón. A veces nos veíamos y otras veíamos a otros que caminaban cerca de nuestra conversación.

Un día me dijo: “José, quiero un gato”, pero Aurelia eres alérgica a los gatos, no podemos tenerlo aquí en la casa; no me interesa, replicaba, quiero uno grande para aprender a observar como ellos y para caminar sigilosamente en la calle, hablar con ellos y seguirlos durante la noche. No pude disuadirla, me besó en plena argumentación, fue su mejor arma, creo.

Un martes llego el gato, uno grande, gordo, negro y con unos profundos ojos amarillos. En cuanto lo dejamos dar sus primeros pasos en el departamento corrió hacia la pared de concreto y no se movió de ahí en seis días; maullaba y rascaba con desesperación durante la noche y velaba su sitio recién descubierto durante el día. Cuando pasábamos cerca, bufaba, lanzaba manotazos y erizaba los pelos del lomo hasta que saliéramos corriendo del lugar. La noche del séptimo día, Mefistófeles, así le pusimos, subió a nuestra cama y se colocó detrás de la cabeza de Aurelia, me quedé toda la noche observando aquella escena que parecía inusual y a la vez adorable; quería que mi esposa tuviera un gato sobre su cabeza todo el tiempo. Hasta le diseñé un sombrero con forma de Mefistófeles para que lo usara cuando saliera a la calle, pero ella se negó firmemente, dijo; No, jamás, la gente diría que hace una mujer con un gato arriba de su cabeza y, sabes que odio cuando hablan de mi cabeza.
Los meses pasaron con Aurelia y José metidos en la cama diseñando lugares y planes, con Mefistófeles pegado a la pared haciendo un verdadero escándalo y junto con sus amigos gatos (más de cinco) orquestaban una filarmónica frente a la pared. El gato tuvo otra época donde se refugiaba  en el cabello de Aurelia, ella lo aceptaba con gusto con la condición de acordar con las ratas que allí también se alojaban, un trato justo de vivencia tranquila y cordial. En todos esos meses, ella no salía para nada se quedaba encerrada en la habitación, no salía al café, ni a la calle ni a la cama. Tomé la decisión mientras tomaba el desayuno; tenía que sacar a Mefistófeles de Aurelia. Llegue a casa con la intención homicida descarnada y cuál fue mi sorpresa al encontrar de nueva cuenta al gato gordo y negro rasguñando y maullando en la pared. Aurelia dormía acostada en el sillón, en el piso había un libro y un elegante plato de restos de comida, me acerqué y le conté al oído una de las cien historias que me había contado y caí enamorado y por supuesto, dormido junto a ella.

A la mañana siguiente, desperté con ánimos de acariciarle el lomo y bigotes a Mefistófeles, me levante, besé la frente de la mujer que allí acostada permanecía en espera del mismo. Caminé hacia la pared donde observé una multitud gatuna alrededor de lo que parecía mi gato, me aproximé y aparté a los mininos que estaban ahí reunidos, felinos que terminaron por largarse. Me arrodillé junto a Mefistófeles y lo acaricié, estaba muerto, me acosté de nueva cuenta y, al igual que antes caí enamorado y por supuesto, dormido junto a él.

Después de contarle la noticia ella se encerró en el balcón por más de un mes, lloraba desconsoladamente, desayunaba poco y me besaba poco, yo, del otro lado de la puerta le cantaba como las sirenas me decían y le contaba historias pero no, no salió, nunca salió, bueno yo no recuerdo haberla visto. Después de un largo sueño de espera me encontré con una carta que se había deslizado por debajo de la puerta. A continuación la desgloso con lo que me queda.
Me harté, un día le propuse a Rodolfo Martínez Heredia que viniera a tomarse un algo y por allá conversas acerca de la coyuntura y el café, del movimiento  y el vino, y siempre terminábamos hablando de Enriquito y la chingada. Terminabas y me decía que faltaba algo, azúcar, creo decías. Pues allá en la pieza de Ana está todo, entrabas y no salías después de un lapso prolongado. Cuando salías, estabas exhausto para terminar la plática agendada.

Terminábamos casi siempre entrada la noche, después de hablar comenzábamos a escuchar. Lo hacíamos en secreto, Ana no sabía casi nada acerca de nuestra actividad marítima, nos poníamos a escuchar a  las sirenas y ella pensaba que éramos idiotas. No queríamos quela gente se enterara de nuestro secreto, que hasta ahora nos parecía maravilloso y de igual manera nos mantenía unidos a una especie de pacto entre caballeros que sólo podría ser cancelado con una estocada en el pecho (de lado izquierdo).

Habíamos peleado, batallado y librado la batalla final hasta el cansancio, era evidente, no podíamos romper los lazos. Nos habíamos vuelto charolastras, amigos y por fin hermanos. No nos importaban ya, ni Ana ni el vino, ni Díaz, ni nada de nada. Sólo al final estaba sobre todas las cosas, el canto de aquellas sirenas. 

Alguna mañana, comía besos en el desayuno. Ana me acompañaba, mezclábamos vino, fresas o mandarinas dulces; Me llamaste para decirme que venías con García, Sánchez y Ruiz para escuchar el canto. Quieren cantar, me dijiste. 

Ana me tomó de las manos y se alejó al balcón. En seguida escuché un silbato que me dirigió a la pared. Grité: Ana, Ana, ven rápido, apresúrate por favor. Llegó y yacía tirado en el suelo con un hilo de sangre en las orejas y la pared gritando la tragedia, el concreto  contándole a Ana lo sucedido. Poco supe, supe que yacía sin vida en el piso de mi propio apartamento, sin vida con las orejas ensangrentadas en mi piso de la calle Congreso.  

Nadie ni nada llegó, sólo la muerte de Ana que llegó pronto. Días después, tras el clamor del fin del otoño y al clarear del sol de un diecinueve de Noviembre del 95 se dejaba caer del mismo edificio. La noche anterior, me enteré por tu carta que el amor de mi vida, la mujer que vive dentro de mí; había escuchado el canto de las sirenas. Dejó un papel arrugado bajo su almohada, una carta con pocas palabras.

José:
Este canto es tuyo y mío, se toca en esta tierra. Lo cantaremos con deseo, sea cual sea su valor.
Lo perdido, perdido está, no podremos recobrar lo que se llevó el diluvio. Pero eres mi felicidad y te amo más que a mi sangre. 

Las olas rompen sobre mí, mientras estoy en la arena esperando a que tú llegues y me tomes de la mano. Cuelgas flores entre las ventanas que dan a la mar donde se deslizan deliciosas sirenas que cantan la sangre tuya.
AureliAna (Desde la pared)

Por José Emilio Hernández Martín