martes, 25 de diciembre de 2012

Éste diciembre frío.

Éste diciembre se siente más frío.

Escucho la música de los viejos,
la que hablaba del amor que duele,
del que se goza, el que se siente
por el que se muere.


El nuestro no fue así,
poco se gozó,
sin embargo ninguno murió…
Pero como dolió.


Han pasado ya tres diciembres y esté se siente más frío
¿Será por el calentamiento global?
Yo tengo mi teoría…
Yo creo que es porque te has vuelto más cruel.


Yo sólo espero que tú te estés cubriendo del frío.





Siento en el alma unas ganas inmensas de llorar,
tú me haces falta y juré no decírtelo jamás.
Yo quiero hacerte con mis lágrimas un collar de perlas,
déjame llorar porque hoy que te perdí.
Queriéndote olvidar me acuerdo más de ti.
Si es un delito amar, delincuente soy
porque no he de pagar las culpas de mi amor.
Yo quiero hacerte con mis lágrimas un collar de perlas,
déjame llorar, porque hoy que te perdí.
Queriéndote olvidar, me acuerdo más de ti.


Y repentinamente cruzas por mi mente
y deseo haber vivido aquellos años contigo.


Por Arai G.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Cura para el mal de amores.


Mi estimado amigo –ya sea hombre o mujer da igual usted es un ser humano–  si está recurriendo a esto déjeme decirle de antemano que está gravemente enfermo. Sufre de dolores inexplicables en la zona del pecho que agitan y estimulan su corazón, y siente como si un pequeño motor de motocicleta se alojara en sus pulmones alterando su equilibrio respiratorio. Se encuentra desganado en grandes ocasiones y la pérdida del apetito cada día se incrementa. Suele observar a su derredor hostil y adverso. Señor –o señora– usted está enamorado. Le han inyectado el virus del enamoramiento pero el problema amigo mío, el meollo de su situación, es que su enfermedad no es compatible con otros ya sea porque los demás están saludables o porque lo que usted tiene no compagina con lo que tiene algún otro enfermo. Padece mal de amores.

            No tema pequeño mortal porque existe la cura para lo que usted tiene. Siga al pie de la letra mis instrucciones y al cabo de unos días o meses –si pasan años déjeme decirle que su enfermedad es otra y es más grave, por lo que esta receta no será de su total interés– se sentirá más fresco que una lechuga.

Primero que nada levántese qué hace ahí sentado malgastado su tiempo. Con el cuerpo bien estirado mire el cielo –si no tiene un cielo a la mano mire el techo de su casa pues no tiene otra opción. Obsérvelo fijamente y grite con todas sus fuerzas hasta que se le acabe el aire. Nota: sus amigos, vecinos y familiares lo verán de una forma extraña por algunos días, pero no se desconcierte aquello se quitará con el tiempo. Después de haber gritado mírese en el espejo y contemple el contorno de sus ojos. Apuesto a que se siente mejor.

Ahora vaya directo a la cocina y prepare un remedio. Coloque en una olla grande, la más grande que posea, agua hasta que esté a punto  de desbordarse. Llore un rato haciendo que sus tiernas lágrimas escurran por sus mejillas cayendo en la olla. Cuando aprecie el desbordamiento del recipiente séquese el rostro, y rápidamente coloque la mayor cantidad de su tristeza. Ya no le haga caso a su hipotálamo por favor. Presiónelo y deje caer unas gotas de dopamina en la mezcla. Revuelva bien los ingredientes con una cuchara, grande de preferencia. Sea minucioso en este paso y tárdese la mayor cantidad de tiempo posible. Mientras revuelve siga los siguientes pasos: pregúntese por qué ha idealizado a esa persona que lo tiene embobado, qué admira de ella, por qué le atribuye tantas cualidades positivas; reflexione por qué ansía estar con esa otra persona y cuando está con ella, por qué se siente un simbionte que no desea separarse. Deje de ser un parasito del amor.

Al terminar este paso tape la olla y caliéntela a fuego lento hasta que hierva. Durante el periodo de espera le sugiero que deje de ser un idiota. Sé que piensa en esa persona por lo que recurra a buscar una foto si es que posee una –si no es el caso imagine a la persona (pero no exagere). Corte la foto en pedacitos y úntele al terminar sus deseos hacia ese individuo –si no cuenta con la foto guarde sus deseos y espere–, y al hervir la mezcla viértala en una jarra de más de dos litros. Agregue los trocitos de la foto embadurnados de sus deseos –o sólo sus deseos– y meta en el refrigerador la jarra. Espere hasta que enfríe contando las hormigas de su jardín y cuando el momento llegue regrese a su casa y saque la jarra. Vierta algunas gotas de sobriedad en ella y revuelva con la cuchara antes usada. Le advierto que la mezcla es en extremo amarga por lo que recomiendo utilizar azúcar agregándole los pocos resquicios de felicidad que aun posee. Sirva un poco del líquido en un vaso y a su preferencia derrame unas gotas de limón, las cuales le otorgaran cierta ironía al compuesto.  

Beba la mezcla tapándose la nariz con una mano y en ocasiones haga gárgaras haciendo vibrar lentamente su garganta. De esta forma el líquido entrará con mayor delicadeza y no violentará las suaves paredes de su estómago.

Tome de dos a tres vasos al día y en algunas semanas quedará tan asqueado de la mezcla, que el virus del mal de amores se hartará de alojarse en su cuerpo e ira a molestar, como es su naturaleza,  a algún ingenuo más.
Alan Santos.
           

viernes, 21 de diciembre de 2012

Documento



"Amo a mi flaco, que está lejos. Muy lejos, pero (...)"



I.

Una señora llora frente mío, a la par que abraza a un niño (creo sea su hijo). Lo carga, ya sin llorar más. Aferrándose a él, el niño pregunta "¿Por qué no?", "¿Por qué?". Ella le responde: "abrázalo", ubicando las pequeñas manos alrededor del oso de peluche que el niño carga consigo.
El osito viste de Navidad. De pronto, me señala, la madre sonríe y el niño continúa señalando algún sitio de mi cuerpo. Les sonrío de vuelta, regresando luego al papel. Círculo. Miro, escribo, miro, sonrío, sonríen, escribo y miro nuevamente.
La madre dice: 'no tengo nada, porque no he comprado. Mañana lo compro'. Los miro por última vez. ¿Qué pasaría si les muestro mis letras?
Me levanto, dirigiendo la mirada tan sólo hacia la espera de mi padre en el café.
Un joven con cierta niña pequeña se acerca. Dice: "disculpa, perdón que te interrumpa" Le sonrío. Continúa: "¿tienes fuego?" "Sí", le digo mientras comienzo a buscar en mis bolsillos. "Sólo deja lo encuentro, que siempre lo pierdo", concluyo.
Él toma mi encendedor, mi "fuego". Yo miro a la nena y le sonrío. Él prende su cigarro. "Gracias, disculpa", me dice al terminar de encender. Yo sonrío al notar cómo observa mi cuaderno.

II.

La mujer se fue, dejándome sola con tanta gente transitando y el joven con su nena (creo sea su hija). Al irse, un hombre llega en su auto, sube el niño al coche. La mujer se levanta del banco y cojea. "Ahora no llora", me digo.
Dejando bolsas cubiertas con imágenes navideñas detrás suyo, la mujer cojea al auto y las mira constantemente. Esperando  a su -creo yo- marido traerlas a ella. Se van. El hombre murmura "el niño está castigado".
¿Hasta qué momento me iré a encontrar con mi padre?

III.

Ha llegado una muchacha. Fumando ya, se sienta a mi lado. La gente transita, hablando entre ellos. Algunos se abrazan. La chica regala un cigarro a un chico que le pide tal. El joven responde una llamada. "¿Qué necesitas?", dice. La joven apaga el cigarro y se va. El joven se despide. "Órale, amigo, muchas gracias. Un abrazo, bye", dice y cuelga. La nena pregunta quién llamó y él le responde: "un amigo". Luego la abraza. "Están para foto",  pienso yo.
Prendo un cigarro, la gente transita aún. El joven contesta otra llamada. Murmura esta vez, no escucho en absoluto. De pronto, llega una camioneta blanca. Sube una muchacha en muletas. Sonríe dentro del coche y éste arranca en manos de un conductor que no distingo. El joven sonríe mientras murmura. "Será su novia", pienso afirmando. Jala entonces tiernamente a la nena hacia él. Le dice: "ven para acá". La gente que transita comienza a mirarme.
"Esto es un sueño", imagino recordando a Nolan.
Hace frío, la nena juega con una mochila de plástico de una serie animada. Yo miro dos mochilas que, recargadas en el suelo, esperan a los pies del joven. ¿A dónde irán?  La gente transita, mirándome ya sólo unos cuántos. Me termino el cigarro. Lo apago. Mi pie derecho está dormido. El joven se va. Le dice a su nena "vente, mi vida", a la par que toma las mochilas. "¿Por qué nadie se despide?", me cuestiono.
Un hombre llega y se sienta en el banco -vacío ya- de enfrente. Arrastra su pie derecho (¿se le habrá dormido también?) No aguanto el frío. Los coches transitan. Me paro.

Por Lucie Lou.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Que te desacostumbres


Bueno sería quebrar de tajo
tu puto egoísmo,
tu quietud, tu espacio
inútil pendejo.

Bueno sería sacarte 
los ojos enajenados
de sombra y basura, 
arrancarte
un día el pellejo.

Desacostumbrarte,

¡que mires con rabia la tragedia!

Cenar despacio
tu carne con grasa
sucia de comerte
lo mismo -mierda- de siempre,
de tragarte
a ti mismo siempre.

Destruir su criadero
de matanza,
malabar del cruce
de las vías alternas,
fijo de horarios,
tarugada y media.

Bueno sería poder amarte
y adornar el concreto
de esta repulsiva urbe,
revestir con saliva suave
el aire esmog...

¡Sin arte


de nada!

El esbelto paisaje
penetrarlo
hasta encontrarlo encinto
de pensamientos distintos,
transmutar su imagen.

Vaciarlo de su mal aspecto,
de su eterna cloaca.

Sería muy bueno
no solapar tu idolatría,
la pestilente gracia
con la que siempre mientes.

Lo sería 
que no miraras complaciente,
que no ocultaras lo que sientes,
que sintieras.

Que murieras ahí echado
de no moverte nunca
y te pudrieras.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

De letras y viajes.

De cuando las letras guían
el amor por ellas es puro,
en prosa, libro o novela,
haz tuya esa gana de querer leerla,
que lo sublime vuele por la vaguedad
del mundo que variopinto se detiene,
te saluda y sigue su cauce 
en la eternidad de lo que es posible.

La pregunta se responde sola,
tienes lo que debes para cambiar
el humor del sazón cotidiano
que tu alma ya no quiere...
enséñale mundos, 
haz dictar a la imaginación
el fruto del árbol que florece
cuando la razón no importa,
cuando sonríes con los labios
impregnados de sentimientos.

Hay algo fácil de saber;
es que la felicidad desamarga 
y crea a lado de letras mundos,
engendra la raíz de toda historia 
que será imaginada por algunos 
hombres ávidos de amor, que en letras encontrarán.
Por Carlos O.

martes, 18 de diciembre de 2012

Sólo falta jalar el gatillo

…Y mientras yacías dormida en la cama, hermosa, lozana como siempre, me permití verificar que la sobredosis de somníferos que te administre la noche anterior hubiera hecho su efecto. Trate de despertarte, pero no te movías. Un silencio espectral impregnaba el cuarto. Todo era tan extraño; en el transcurso de la madrugada –la fatídica madrugada, el último día de nuestra vida-, aún logre percibir tu aliento, los latidos de tu pecho, el calor de tu cuerpo. No sabría decir en que momento te fuiste, lo hiciste sin hacer ruido. Todo lo contrario a como he decidido irme: con un balazo estruendoso, salpicando mis sesos por todo el lugar. Solo así sabrán que me he ido. O puede que también solo de esa manera se enteren los vecinos, mi familia, el mundo entero, de que alguna vez existí. Pero ello es algo que en este momento ya no me importa. La vida, que se joda. La gente, que se joda. Prejuicios, intolerancia, despotismos, ¿Qué podría extrañar genuinamente de esta vida? Solo a ti nena, pero decidiste acompañarme, suicidarte conmigo. Esa decisión tuya es algo que aún no logro comprender. Y lo hiciste desde el momento en que te dije que mi enfermedad era terminal, y que solo me quedaban dos meses de vida –por cierto, los más felices de mi vida-, ¿Fue un acto de amor, o el pretexto perfecto para abandonar una vida sin pasiones y que me decías, con desesperanza, tristeza profunda, te aburría hasta el hartazgo? Reflexiones sin importancia. Ha llegado la hora. Curiosamente, justo en ese momento, los dolores extenuantes que me han aquejado desde el comienzo de mi enfermedad desaparecen por completo, sin la necesidad de tomar analgésicos. La idea de que voy a morir de verdad me golpea, se hace real, y un miedo intenso y fuerte, como jamás lo he sentido, escala rápidamente por mi cuerpo cuando coloco la pistola en mi cabeza. Solo me falta jalar el gatillo...

domingo, 16 de diciembre de 2012

¡Ay Helena!


¡Qué bonito
     poema eres Helena!

Y que suceda una tragedia
     Tan sangrienta por ti, es triste

Pero no es tu culpa.
     Tu nunca llegaste a Troya…

¿Qué tan lejos podemos
     llegar por un fantasma?

¡Por un voto de
     Confianza!

No es tu culpa ser la tragedia
     Eras mi verdad
          Eres mi razón
               Eres mi mentira

Ojala no fueras un fantasma
     Yo sólo quería hacerte el amor en Troya…

Por Sebastián González de León y León.