jueves, 13 de diciembre de 2012

Bocado de alcohol y manjar


Nada más 
que bocas
de sonrisas chuecas.

Bocas 
y besos en las manos,

besos en las manos
que besan de lengüita 
los dorsos de las manos,
como en la infancia,
para aprender a darlos.

Eres mi bocado 
de alcohol y manjar
que se siente en todo el cuerpo,
encaje pegado a la carne
de sudor y deseo.

Amables se saludan nuestros ojos,

ojos pequeños
que sonríen,
que se plisan.

Ojos ajenos
que caen mal
a veces.

Que se ponen sombreros diminutos,
que se desnudan
a veces.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Estar.

Hay confusiones de trivialidades,
pero nunca disturbios por decisiones,
los ríos caudalosos gritan,
los lagos tranquilos respiran.

La vida se pasa en eso,
respirando y gritando por conciencia,
dignificando cada acto producto de ella,
congratulando lo bueno y castigando lo cotidiano.
Amigo, nunca te separes de ella,
será tu fiel consejera, tu guía hasta la muerte,
dotará de color lo común
o hará los días mas negros
que una noche nublada.

Todo se va en cosas que pasan,
se hacen rancias o se avivan,
oler una espiga o caminar en fuego,
cada cosa es la construcción 
de ideas que juntas conforman 
el hecho de estar vivo.

Por Carlos Osorio.

martes, 11 de diciembre de 2012

Aquí estamos.

"Con tu puedo y con mi quiero,
vamos juntos compañero" 
 M. Benedetti.

Aquí estamos, huyendo,
caminando sobre las huellas
que siguen inertes en el suelo,
aquí estamos huyendo, como todos.

Vamos, sigilosamente hacía la derrota
agachando la mirada,
soportando la indiferencia,
aquí estamos sufriendo.

Nadie nos ha dicho
que somos libres,
tan libres como un ave
que alza el vuelo y disfruta del viento.

Nadie se ha dado cuenta
que podemos ser uno,
que juntos somos más fuertes aún,
hemos sido apagados
y eso nos ha convertido en hermanos,
estamos de pie.

Sin embargo,
seguimos huyendo.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Sánchez, sus discursos públicos.


Al señor Sánchez, presidente de la república, dictador omnipresente del pueblo, le fascina dar discursos públicos sobre las acciones de gobierno, los valores inherentes del Estado y sobre el camino que se ha trazado en torno al progreso y al desarrollo de la nación. Su residencia, imponente palacio de grandes ventanales bordeados por cortinas de seda cuyas orillas puntiagudas y suaves relucían líneas delgadas de oro;  y las habitaciones, muebles de terciopelo importados de alguna ciudad templada del mediterráneo, probablemente de Francia  o de España, con vajillas de plata y demás utensilios domésticos de porcelana, demostraban la clase privilegiada y ostentosa de la que el señor presidente era el principal líder. La servidumbre se paseaba por el palacio con gracia y delicadeza: si su presencia era requerida se oía una campana resonando en algún cuarto oscuro, y las muchachas y hombres al servicio de la familia presidencial, se deslizaban con pies de siervos como si estuviesen en la pradera, hasta satisfacer las necesidades portentosas de las y los señores pertenecientes a la estirpe del jefe del ejercito y cabeza del ejecutivo.

            “Señoras y señores, hombres de buena voluntad pertenecientes a esta gran nación americana”, dijo el señor Sánchez al hablar desde su balcón y admirar a la multitud enardecida que gritaba desde abajo, “es para mi un honor dirigirme a ustedes como presidente de la republica, como líder del ejecutivo, haciendo honor a mis antecesores, los cuales velaron por el interés del pueblo y por salvaguardar las instituciones públicas de nuestro país, que como cabeza de este país noble y soberano, reconozco desde siempre mi obligación moral de velar por los intereses de todos los ciudadanos, por generar los empleos necesarios para todos, por garantizar la educación…”. Mientras hablaba por el micrófono del balcón, la gente desde el otro lado, desde la gran plaza de origen colonial y majestuosidad barroca escuchaba atenta las palabras del presidente. Los sonidos que emanaban de su boca de forma articulada, sus gestos de hombre decidido, sus movimientos corporales con vaivén estruendoso, se mostraban contundentes y certeros al hablar del rumbo que su patria habría de seguir. ¿O no? ¿Por qué habría de mentirle el señor Presidente al pueblo? ¿Por qué no habría de hacerlo? Hablaba de salvaguardar el interés del pueblo ¿Era verdad? ¿O era un truco, una estratagema vacía, uno de los muchos discursos sin sentido que el señor Sánchez ha dado y que no han pretendido mostrar la realidad social? Corrupción, desconfianza en las instituciones, nepotismo, empleomanía ¿No son también males que se deben erradicar?  

            Los cuestionamientos fluían como una lluvia torrencial sobre las cabezas de los disidentes del régimen, que escuchaban impotentes el discurso presidencial desde sus establecimientos públicos, hogares, o desde las calles mientras portaban sus audífonos de marcas internacionales y reconocidas, en el tráfico capitalino que se extiende por corredores y corredores interminables donde el sol quemaba y hacía sudar las carnes de la multitud que coreaba el nombre del señor Sánchez en la plaza. Sin embargo, como respaldo de aquél discurso vehemente, de los vocablos expresados con parsimonia, el régimen vivía momentos interesantes: la economía comenzaba a crecer de forma clara, las condiciones de vida de muchas familias parecían mejorar y las barrigas de los niños que corrían descalzos por los campos de cultivo devastados y olvidados parecían llenarse. ¿Era la estabilidad económica y el desarrollo más importante que la libertad y la democracia? La genta decía que sí sin decirlo, gritando bajo las campanas de la catedral, muy cerca del palacio legislativo, el nombre del hombre que los había llevado al progreso.

Y con un apabullante: “Y agradezco al pueblo de este gran país americano, haberme escogido como su representante, como aquél encargado de hacer valer las leyes y las normas que mantienen la seguridad de todos los ciudadanos. Que viva nuestro país, que vivan sus habitantes, que vivan las instituciones. Muchas gracias pueblo soberano, por escuchar mis palabras”, el presidente se consagraba una vez más y la gente lo apoyaba con chiflidos al ondear sus banderas de colores brillantes. Las señoras gigantescas gritaban como locas y sus voces hacían un eco sobrenatural que retumbaba entre las ramblas, y los hombres bebían y fumaban, guardándose para sí alientos y proclamaciones para el presidente: “este es el bueno” susurraban; y los niños de grandes labios y cachetes rosados correteaban por la plaza sin comprender nada, desentendiéndose por completo de la política y sus actores, porque era más divertido, mucho más entretenido soñar e imaginar. Vivir en mundos alternos, llenos de piratas y tesoros, de vaqueros y caballeros, todo menos que en la realidad. Alejarse de esa lastimera existencia repleta de discursos y palabrerías del hombre que controlaba todo lo que se llegue a encontrar dentro de los límites de aquél Estado dictatorial sin nombre,  de aquél rincón del mundo que se escondía sutilmente entre recónditas selvas y misteriosos arrecifes.

Alan Santos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Piedra en polvo

Nunca vi cambiar mi rostro
Así como nunca veo nacer las flores,
El momento de la primavera
y el final de un largo invierno

La piedra dejó de ser polvo
Ahora es ceniza
Ahora es tierra

Y la caída de la cascada
es sólo un río
que fluye como la tinta
de una fuente y una pluma

Terminó el invierno
y el carbón ya no mancha
pues ahora es diamante

La tierra crece flores
y una que otra planta,
pues las piedras dejaron de ser polvo
y ya no falta la palabra del poema
Sólo falta la respuesta
de la primavera
Pues mi rostro nace
y es ahora diferente.

Por Sebastián González de León y León.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Secreto del tiempo.


El intelectual de la época, Girón, caminaba despacio por aquella calle y aquella noche cuales serían -aún sin saberlo- relativamente importantes en su vida por siempre.  No sin asombrarse, Girón apartó su nublada vista del camino al notar cierto bulto cercano a él. A su izquierda, pues, descansaba un anciano de inusual -cabe destacar- aspecto. La noche era muy fría, y Girón no andaba merodeando cubierto con suéter alguno. Será, tal vez, que este frío tan impregnado hasta sus huesos fuera el culpable de su intencionado acercamiento.

-Buenas noches -dijo, dirigiendo el cálido saludo al anciano-.

No hubo respuesta. “¿Estará bien?” “¿Me alejo?” “¿Necesitará ayuda?” Girón no solía pensar demasiado, y sin ser esta la excepción, dejó de pronto sus pensamientos para avanzar en su camino. “¡En fin!”, murmuró para sí y comenzó a retomar el rumbo previo de su nublada vista.

-Buenas noches- dijo una inusual voz-.

Girón se detuvo helado. Será por el frío, o por el extraño tono de aquella respuesta cual -ya hundido él en sus pensares y pesares- no entendía si el posible remitente era aquel anciano o no lo era. Volteó, y el bulto no radicaba allí. “¿Qué diablos?”, se dijo.

-¿Buenas noches? ¿Quién habla? ¿En dónde está usted? -preguntó casi aturdido y sin moverse, Girón-.
-Hablo, soy yo. Estoy, aquí estoy. Mire detrás -respondieron-.

Girón volteó su cuerpo de inmediato.

-No lo miro. ¿Dónde está? ¿A qué juega? Me iré ya...
-Se irá ya, me dice. Cúmplalo y verá.
-¿Veré? ¡Pero si lo que deseo es ver! Déjeme verle, que una vez le vi ya. ¡Por ello le saludé en un inicio! -exclamó Girón, moviendo su cuerpo en direcciones todas-.

Y apareció, mas no era anciano, sino un joven enmascarado.

Girón rió. El aspecto -aún enmascarado, y con más razón por esto- del joven le recordaba a cierto maestro suyo de la infancia. Aquellos años habían sido los más tristes y obscuros de su vida hasta aquella noche, y no deseaba sumarle uno más a ellos de su presente vida.

-¿Es usted...? ¿Es acaso...? No, ¡esto es irreal! ¿Estaré soñando?
-Uno siempre está soñando, mi querido Girón. ¿Acaso es que no has entendido aún la variedad del suceso onírico? -sonrió el maestro- ¿Acaso habré de enseñarte una vez más lo que es el sueño, cual más no es que el propio instinto sabio?
-Pero, ¡vaya! Sí que es usted. Pero ¡imposible, no! ¡Imposible! Se mira idéntico a hace veinte años. ¿Será que el tiempo no se ha ocupado de usted? Me miro incluso yo más viejo ahora. ¿Quién lo diría? ¡Es usted un come-años!
-Comer años es mi más delicioso placer al tacto. Ven, ¿quieres entender mi mayor secreto? ¿Quieres entender aquel secreto que el tiempo no ha podido -y jamás podrá- erradicar?
-Sí, quiero. Enséñeme, y si es necesario enséñeme de nuevo.

Caminaron entonces hacia la gran avenida que se abría al fin de aquella calle. Allí las luces no enternecían, y alumbraban como Dios les ha mandado a hacer por siempre.  Llegaron al cruce, y el maestro aún poco alumbrado sonrió a Girón. Después señaló hacia el suelo próximo, en donde las líneas divisorias del pavimento indicaban. Girón enfocaba su vista tras los lentes gruesos que traía puestos, mas nada miraba de interesante.

-¿Cuál secreto? Aquí no hay nada, maestro.
-Fíjate bien, fíjate mejor -le respondió al tiempo mismo que le ponía la máscara suya a Girón sin éste poder oponerse-.

Y entonces miró. Aquel bulto que había visto anteriormente se encontraba en medio del camino horizontal, en medio del cruce dividido por líneas amarillas. Intentó entonces voltear a mirar los ojos del maestro, mas esto no le fue posible. Algo en su cuello no lo permitió.

-¿Qué sucede? -gritó Girón- ¿Por qué no puedo mirarlo, maestro?
-Porque no soy yo ya a quien miras realmente. Fíjate bien, fíjate mejor. ¿Qué miras? ¡Pero abre los ojos, muchacho! ¿De qué te sirve tener otro rostro ahora si no miras mejor?
-No miro nada. Miro un bulto que no tiene movilidad.
-Muévelo, si quieres.
-¿Cómo?
-Mueve un pie.

Girón rió fuerte. “¿Un pie? Este maestro perdió la cordura ahora. Mejor me largo de aquí”, se dijo. Y, entonces, al mover su pie derecho para retornar aquel bulto cayó encima suyo.

-¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! ¡Quítemelo! -exclamó Girón, desesperado-.
-¡Mueve tu otro pie, Girón!

Y lo movió. El bulto cayó lejos y nuevamente permanecía a mitad del camino dividido por líneas amarillas.

-Ay, Girón. Antes eras un niño bueno que podía mirar, que podía mirar mejor. ¿Qué te ha sucedido? ¿Son esas barbas tuyas? ¿Qué sucede, Girón? ¿Te explico, entonces? Muy bien, a ver -comenzó el maestro- aquel bulto no es más que mi esqueleto. Sí, mi esqueleto. Ay, Girón, escucha. ¿Qué te quite la máscara para que puedas mirarme de nuevo? Espera un momento, Girón, ¡espera y escucha! Entenderás que las bellas promesas son bellas por siempre, ¿no es así? Bien, pues yo hice una. Y mi esqueleto entonces bailó lejos de mi para hacerme juramento. Yo ya no necesitaba de él, pues mi cuerpo era ya insuficiente. Sí, insuficiente. No, Girón, ¡escucha, que no he perdido mi cordura! Mi cuerpo, pues, mi esqueleto bailó por unos días y entonces me devolvió mi máscara -aquella con que siempre me habías mirado-. Mi esqueleto nunca volverá, pues para todos ha de parecer bulto y para mi secreto. Es ese el secreto, pues, Girón. El secreto que el tiempo no podrá erradicar jamás. El precio a pagar por una promesa es el cuerpo mas nunca el alma o el ser, Girón. El tiempo se eleva todo, y no desciende nuevamente aún le ruegues hacerlo. ¿Recuerdas a mi mujer, Girón? Bueno, ella es mi promesa. Yo no estoy vivo aquí, Girón. Estoy con ella. Ella murió cuando aún era maestro tuyo en aquella escuela, mas nunca nadie lo supo en ese entonces. Ella murió y mi bella promesa fue alcanzarle al tiempo en ella. Rescaté sus hermosas sonrisas y me fui con ella. Ahora te toca a ti, querido Girón. Has de sobrellevar la comparación y no dilapidar tu tiempo aquí. Has de hacer una bella promesa, Girón. Entonces tu cuerpo será un bulto, y no más ella.

Girón no podía respirar. “Con que así es la muerte...”, susurró para sí.






Por Lucie Lou           

jueves, 6 de diciembre de 2012

Si enmudeces

Si enmudece
el hocico
trompudo
y tus dientes filudos
y tus narices narigonas.

Si enmudece el aborto
de raíz crespa
y pastosa
y envuelta
en rollos de carne
            muerta.

Si enmudece
tu disfraz
de belleza,

todo será

     eternamente bello.