Esa chica,
esperaba sin esperar una señal divina. Tal vez la casualidad más grande de su
vida.
Sucedió por azares
del destino, de algún modo no previsto, pero su alegría tomaría un solo
sentido.
Un lunes por la mañana, subía al metro,
como lo acostumbra a hacer solo en el inicio de semana. Leyendo a Vargas Llosa,
en la pagina donde recuerda perfectamente esta línea: “Tuya, tuya, tuya. La
fetichista de los nombres.”Concentrada en su lectura, se le nota su expresión
perdida, hundida en las letras de ese, su libro favorito.
Percibe una mirada en su rostro, de esas
que se clavan, parecía ser devorada por esos ojos oscuros, que se ocultan
debajo de esos grandes arbustos que pretenden ser unas cejas. No recuerda más
que aquella mirada desconcertante que aprisiono su mente, convirtiéndola en una
masa gigante de ideas pensando, ¿qué es lo que tenía ese chico?, que sin
siquiera haberle dicho una palabra, basto su mirada para saber que con él, se
iba a empapar el alma.
Su vida no va a
ningún lado, solo transcurre, viaja, se ahoga, se esfuma, siente que se escapa
como el agua por sus dedos. Es su juventud.
Sus dos décadas la
deprimen, se consume. Permanece estática.
El nombre de aquel pasa por sus oídos por
primera vez, lo escucha, lo ve, lo saborea, lo huele, lo toca. Y se aparecen
frente a sus ojos, la líneas de Marito: “La fetichista de los nombres” pero
solo sería de su nombre que, al pronunciarlo le recorría una culebrita por la
espalda. No era menos que sentir el nombre de dios en su lengua. Claro, si dios
mismo tuviese nombre.
Él es como todo lo que ha aprendido en sus
veinte años: es lo que los Beatles describen en sus canciones, lo que Benedetti
escribe en su poesía, él es como un mambo de Tin-Tan. Es, para ella, los hoyuelos en sus
mejillas que se dibujan con su sonrisa.
Simplemente es el desconocido, que le robo
en un beso, su conciencia.
Por Arai G.