martes, 20 de noviembre de 2012

Encuentro inesperado.


Un señor de ásperas canas y mirada cansada caminó por las calles del centro de su ciudad sin preocupación, silbando  con soltura una canción popular de su tierra árida y canicular. Al vislumbrar la esquina de una calle y seguirse de largo, olvidó, como un infante descuidado, mirar hacia ambos lados antes de cruzarla. Un automóvil rojo y deslumbrante, con un conductor distraído que acababa de salir huyendo de su casa por un pleito épico con su mujer, se agachó por un instante para prender un cigarrillo sin filtro, y arrolló al señor con embestida brutal. El cuerpo de aquél hombre voló por los cielos hasta caer, atraído por la fuerza que ejerce la tierra sobre los objetos, contra la acera grisácea de la calle. Un tumulto de curiosos se acercó espantado al  automóvil asesino por el espectáculo acontecido, sin embargo el señor, que yacía tirado en el suelo, abrió los ojos y al contemplar a toda la gente a su alrededor emitió un gemido y se levantó sorprendido sin rasguño alguno. Los demás seres curiosos lo admiraron asombrados.

            El señor de ásperas canas recogió sus lentes con movimientos sutiles, y al colocarlos en sus ojos, admiró a detalle la figura siniestra de la muerte que lo señalaba con el dedo. “Te he dejado escoger esta ocasión”, dijo la muerte, “de ti depende, quieres seguir viviendo o te llevo conmigo para que le hagas compañía a tus padres”, concluyó con rauda voz. “Quiero seguir viviendo”, dijo el hombre canoso, “no planeo irme todavía. Aún tengo tanto que hacer”, aseveró mientras se limpiaba el polvo y la tierra del pantalón. “Asumirás las consecuencias de quedarte más tiempo del que debes”, respondió la muerte; y tras estas palabras, aquella sombra siniestra desapareció escondiéndose entre la multitud que caminaba absorta por la banqueta, buscando como cazador otra víctima inocente que pretenda huir de sus temibles fauces.

            El hombre regresó a su casa, contento por haber sobrevivido a tal accidente. Abrió la puerta de su apartamento y cuando pretendía darle un beso de buenas noches a su esposa que se encontraba recostada en la cama, los labios se le helaron y exteriorizó una sensación terrible que emanaba de sus entrañas. Su esposa había muerto de un infarto pocas horas antes de su llegada. Una nota terrible se leía sobre una repisa: “asume las consecuencias”, decía el recado. Vaya sorpresa se llevó el señor de ásperas canas y mirada cansada.
 
Alan Santos.

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