domingo, 3 de febrero de 2013

La invención de Ugarte.





Pasaban las dos de la mañana, Don Alfredo Ugarte continuaba trabajando con sus múltiples herramientas de precisión sobre su más nuevo invento.  La oscuridad le acompañaba bien; eso y la ventana del comedor muy abierta, para que el viento entrara a su merced y saliera cuando quisiera, pues mantenía un ambiente frío, fresco y en movimiento.  La única luz que alumbraba en esos momentos le daba un aire de seriedad a la situación que Don Alfredo disfrutaba mucho, le hacía sentir como un completo agente secreto.

Súbitamente, nuestro amigo escucha pasos pesados en el ático. Botas que marchaban cual canción fúnebre. ¡Seguro que esta era su última noche en el mundo de los vivos! ¡Habían descubierto su más nueva invención, su precioso artefacto hecho cuidadosamente por sus regordetes dedos!

Don Ugarte comenzó a sudar frío, abrió bien los ojos, por aquello de cualquier sombra que se moviera tras un sillón, silla, piano, puerta, cualquier cosa. Se despeinó del miedo. Guardó el preciado objeto en la bolsa de su pantalón pinzado, decidió subir sigilosamente al ático, sin saber qué podría hallar ahí. El crujir de la escalinata de madera lo ponía más nervioso. Siempre pensó que eran los alaridos de su viejo hogar rogando por un poco de mantenimiento.

Los sonidos no cesaban. Cuando llegó al ático, abrió la puerta raudo y veloz cual ágil saeta y le sorprendió lo que encontró dentro. Nada más y nada menos que un agente del gobierno, enviado probablemente en busca de su objeto conspiracional. El agente buscaba con desesperación entre las cajas misteriosamente llenas de paja algo que, en el mejor de los casos, ni él comprendía. Sintió la presencia de Don Alfredo detrás suyo, y volteó firme, sin temor.

Lo miró con aquellos lentes oscuros bajo el ala de su elegantísimo sombrero negro. Ni una mueca, absolutamente inexpresivo. Intimidando al señor Ugarte como el gato que ha arrinconado a un ratón indefenso, pero astuto.  Le tomó el brazo que tenía más bien la consistencia de un salchichón y dijo con una voz árida y muy grave, abismal: “Usted, señor Ugarte, tendrá el honor de acompañarme” –Pe, pe, pe pero… ¿a dónde vamos?- Tartamudeó Don Alfredo.
La respuesta lo dejó tan sorprendido como los pasos en el ático de su pequeño hogar: “Eso, a usted no le concierne.”

Y así fue como Don Alfredo Ugarte, comenzó un largo viaje con los ojos vendados al país de nunca jamás, porque nunca jamás lo volvieron a ver, ni a escuchar sus chistes, ni nada, desapareció. Inclusive se llegó a pensar que el habitante de aquella casita de madera en mitad de la carretera nunca había existido y había sido una simple alucinación de todo el poblado de San Juan Copala.

Por Sara Monterrubio.


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